ログインSeis meses después. Villa Moretti, Costa Amalfitana, Italia.El poder absoluto, cuando se ejerce sin restricciones, tiene la extraña capacidad de silenciar el mundo a tu alrededor.Hacía medio año que el Océano de Ónice y los doce líderes del Cónclave habían desaparecido bajo las heladas y oscuras aguas del Mediterráneo. En los meses que siguieron, el mundo civilizado experimentó lo que los noticieros llamaron "una corrección financiera global inexplicable". Bancos colapsaron, políticos de alto rango renunciaron misteriosamente por "motivos de salud" y corporaciones multinacionales cambiaron de dueños en la oscuridad de la noche.El público creía que era una crisis económica. El inframundo sabía la verdad: el Fantasma de Roma y la Agente V estaban limpiando la casa.Esa noche, la brisa del mar Tirreno acariciaba los inmensos ventanales de la sala de banquetes de la Villa Moretti. La habitación había sido remodelada; ya no era solo la biblioteca de un jefe de la mafia, sino el epicentr
El Océano de Ónice soltó un quejido agónico que hizo vibrar los huesos de todos los que aún seguían a bordo. El sonido del acero balístico doblándose bajo la inmensa presión del mar Mediterráneo era ensordecedor.El Gran Salón se inclinó repentinamente quince grados hacia babor. Las mesas de caoba, los sofás de cuero blanco y los cadáveres de los líderes del Cónclave se deslizaron violentamente hacia los inmensos ventanales panorámicos, estrellándose contra el cristal reforzado. El agua oscura y helada ya había superado el nivel de la cubierta exterior y comenzaba a filtrarse a borbotones por las juntas del vidrio.Dante y Valeria mantuvieron el equilibrio por puro instinto, flexionando las rodillas y bajando su centro de gravedad.—El capitán no estaba bromeando con la autodestrucción —dijo Dante, mirando cómo la lámpara de araña de diamantes se balanceaba peligrosamente sobre sus cabezas—. Las escotillas de sentina deben estar abiertas de par en par. Tenemos menos de cuatro minutos
Mar Mediterráneo, a cincuenta millas náuticas de la costa de Mónaco. 02:15 a.m.El Océano de Ónice no era un simple yate; era una fortaleza flotante de doscientos metros de eslora forjada en acero balístico y cristal a prueba de explosiones. Navegaba cortando las oscuras aguas del Mediterráneo como un leviatán de obsidiana. En su interior, albergaba piscinas de borde infinito, helipuertos, un casino privado y un blindaje capaz de resistir el impacto directo de un torpedo.En el Gran Salón del nivel principal, bajo una lámpara de araña hecha con miles de diamantes en bruto, los doce miembros restantes de la cúpula del Cónclave estaban reunidos. Ya no había máscaras de oro ni valses vieneses. Había pánico, sudor frío y gritos. Los magnates de los medios, los fabricantes de armas y los exdirectores de inteligencia discutían a gritos, bebiendo whisky directamente de botellas que costaban más que una casa.—¡Perdimos la base de la Selva Negra! ¡Arthur Sterling está muerto! —gritaba un olig
00:80.Las luces estroboscópicas rojas giraban frenéticamente, tiñendo el centro de mando de un color sangre intermitente. La voz automatizada del sistema de emergencia repetía una cuenta regresiva en alemán frío y metálico, superponiéndose al aullido ensordecedor de las sirenas.Bajo sus botas tácticas, el suelo de titanio vibraba con una frecuencia que sacudía los empastes dentales. En los niveles inferiores, los núcleos de los reactores habían superado su punto crítico de contención. El líquido refrigerante se estaba evaporando y el calor comenzó a subir por las rejillas de ventilación como el aliento de un dragón despertando de su letargo.Dante y Valeria no miraron atrás. El cadáver de Arthur Sterling y su estúpida ambición de gobernar el mundo a solas se quedarían allí, enterrados bajo toneladas de acero fundido.00:70.Atravesaron la sala de servidores cuánticos a un sprint que desafiaba los límites humanos. A su alrededor, las inmensas torres de cristal y silicio comenzaron a
El zumbido mecánico del montacargas industrial era el único sonido en el pozo. Descendían a cuarenta metros bajo la superficie de la Selva Negra, bañados por la luz roja e intermitente de las lámparas de emergencia. Con cada metro que bajaban, el frío húmedo del bosque bávaro era reemplazado por un aire seco, reciclado y cargado de estática.Dante comprobó el cargador de su MP7 por tercera vez, no por nerviosismo, sino por pura concentración depredadora. A su lado, Valeria se recogió un mechón rebelde de cabello húmedo detrás de la oreja y desenfundó su Karambit con la mano izquierda, manteniendo el subfusil en la derecha.«Chicos, el ascensor está a diez metros del nivel principal», la voz de Volker sonó tensa en sus auriculares, ahogada por la interferencia electromagnética de la roca sólida. «Tienen un comité de bienvenida. La sala de embarque frente a las puertas está llena. Cuento doce firmas térmicas. Posiciones defensivas, escudos balísticos y fuego pesado».—¿Querían guerra? —
Selva Negra, Alemania. 03:00 a.m.El esmoquin de terciopelo azul y el vestido de seda roja carmesí habían quedado a más de seiscientos kilómetros de distancia, reemplazados por el peso reconfortante del kevlar, la lona balística y el acero frío.La Selva Negra hacía honor a su nombre con una fidelidad aterradora. Los inmensos y antiguos pinos se alzaban como gigantes silenciosos en medio de una niebla tan espesa que parecía tener textura, devorando la luz de la luna por completo. La lluvia caía en una llovizna helada y constante, golpeando las hojas muertas y ahogando cualquier sonido en el espeso manto del bosque bávaro. Era el tipo de oscuridad que volvía locos a los hombres débiles.Pero Dante y Valeria no eran hombres débiles; eran los monstruos que acechaban en esa misma oscuridad.Avanzaban entre la maleza húmeda como dos sombras letales, en perfecta sincronía. Llevaban trajes de asalto negros impermeables, visores de visión nocturna panorámica de cuatro tubos que teñían el mundo







