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ANTOJOS PROHIBIDOS DE MADRUGADA

Author: maarcoosjc04
last update publish date: 2026-01-17 10:40:53

POV Mara

Tengo hambre. Pero no es un hambre normal, de las que se te pasan con un vaso de agua. Es un hambre antigua, rabiosa, que me rasca las paredes del estómago. Son las tres de la mañana.

Salgo de la habitación intentando no hacer ruido, pero en esta casa el silencio es tan denso que hasta el roce de mis pies descalzos suena como una lija. El pasillo parece la pista de aterrizaje de una nave espacial: luces led indirectas en el suelo, paredes grises, aire frío. Hace un frío de morirse. Elías debe tener el termostato puesto en "Morgue".

Llevo tres días aquí y todavía no sé encender la televisión. Tienes que usar una tablet para subir las persianas. Todo es táctil, todo es listo, todo es caro. Me siento como un simio en un laboratorio.

Llego a la cocina. Es una isla de mármol negro inmensa, vacía. Ni un frutero, ni una cafetera, ni un trapo sucio. Nada que indique que aquí vive gente. Abro la nevera. Es de esas de dos puertas, gigantescas, que hacen un suspiro hermético al abrirse.

La luz me golpea la cara. Y ahí está el panorama.

Filas perfectas de táperes de cristal. Todos iguales. Verde. Mucho verde. Zumos prensados en frío. Yogures islandeses de esos que saben a tiza pero cuestan tres euros la unidad. Pechuga de pavo baja en sal. Busco algo con grasa. Algo con azúcar. Algo que cruja. Una maldita galleta. Nada. Es la nevera de un psicópata.

Cojo un bote de pepinillos. Es lo único que parece comida real. Me cuesta abrirlo. Pop. Meto los dedos dentro —sé que si Elías me viera le daría un ictus, meter los dedos en el bote, qué asco— y saco uno. Muerdo. El vinagre me explota en la boca y casi gimo de gusto. El sonido se me escapa, involuntario. Mmm.

—El contrato especifica que debes limitar el sodio.

Casi me atraganto. El pepinillo se me queda atravesado en la garganta y empiezo a toser como una tuberculosa.

Elías está en el umbral de la puerta. No le he oído llegar. Es como un gato, o como un fantasma.

Me giro y el aire se me atasca en el pecho.

Lleva un pijama de seda azul oscuro. Debería parecer ridículo —quién coño duerme con seda, de verdad—, pero no lo parece. La tela cae pesada sobre sus hombros, marcando una anchura que los trajes de chaqueta ocultan. Tiene el pelo revuelto, cayéndole sobre la frente, y eso le quita diez años y toda la rigidez de arquitecto estirado.

Me mira. Pero no me mira a la cara.

Su mirada baja lentamente. Recorre mi camiseta vieja de propaganda de una ferretería. Baja más. Pasa por mis bragas de algodón gris. Baja hasta mis piernas desnudas y mis pies descalzos sobre su suelo radiante.

Siento un calambre de vergüenza... y de algo más. Estoy medio desnuda en la cocina de un desconocido. Debería taparme. Cruzar los brazos. Pero no lo hago. Me quedo quieta, con la mano chorreando vinagre, sosteniéndole la mirada mientras él me escanea.

—Joder, Elías —consigo decir, con la voz un poco más ronca de lo normal—. ¿Me has puesto un cascabel o qué?

Sus ojos suben de golpe a los míos. Veo cómo traga saliva. Su expresión es una mezcla indescifrable entre molestia y... curiosidad.

—He oído la nevera. Tiene alarma si se queda abierta más de treinta segundos.

Se acerca. Entra en mi espacio personal. Demasiado cerca. Huele a jabón caro y a sueño. Ese olor limpio choca violentamente con mi olor a vinagre y sudor nocturno.

—Eso tiene mucha sal —dice, bajando la voz. No mira el bote. Mira mi boca, donde todavía tengo una gota de jugo de pepinillo—. Te hinchará los tobillos.

—Tengo hambre —replico. Cierro el bote, pero no retrocedo. Estamos a medio metro. Siento el calor que irradia su cuerpo—. Y en tu nevera solo hay comida para conejos depresivos. Necesito hidratos. Necesito... yo qué sé, pan.

—El pan inflama.

—El embarazo inflama, Elías. —Doy un paso pequeño hacia él, desafiante—. Eso es lo que inflama. Tener a tu hijo dentro da hambre.

Se queda callado. La mención del niño suele ponerle tenso, pero esta vez no se aleja. Su mirada vuelve a bajar a mis piernas desnudas, como si no pudiera evitarlo.

—Mañana le diré a la asistenta que compre... pan integral —concede. Su voz suena tensa, rasposa.

Se da la vuelta hacia la nevera, rompiendo el momento, y saca una botella de agua de vidrio (Voss, pija a más no poder). La abre y me la tiende.

Al cogerla, mis dedos rozan los suyos. Su piel está caliente. El cristal está helado. El contraste me eriza el vello del brazo. Él retira la mano rápido, como si le hubiera dado un chispazo.

—Bebe —ordena, recuperando su tono de jefe, aunque veo que le tiembla un músculo en la mandíbula—. Y lávate las manos. Hueles a vinagre.

Lo dice con asco, pero se ha quedado lo bastante cerca para olerlo.

Se da la vuelta para irse. Veo cómo la seda se tensa en su espalda.

—Elías —le llamo.

Se detiene en seco. No se gira.

—¿Tú eres feliz aquí? —La pregunta se me escapa. Es una impertinencia. Pero verle ahí parado, tan perfecto y tan solo en esta cocina de museo, me provoca algo parecido a la lástima.

Él tensa los hombros. Veo cómo aprieta el puño a su costado.

—Tápate, Mara —dice, con voz grave, sin contestar a la pregunta—. Vas a coger frío.

Y sale de la cocina dejándome sola con el sabor ácido en la boca y la extraña sensación de que, por un segundo, el hambre en esa habitación no ha sido solo mía.

Me toco la barriga plana. —Menudo padre te ha tocado, chaval —susurro—. Más te vale salir con manual de instrucciones.

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