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Capítulo 7 — Lo que no tenía relevancia

Autor: Francis Wil
last update Data de publicação: 2026-09-03 03:27:39

Capítulo 7 — Lo que no tenía relevancia

POV Diana

—La mataron.

Durante unos segundos no pude apartar la mirada de Akim.

No había vacilado antes de responder. Tampoco había modificado el tono. Había pronunciado aquellas dos palabras con la misma serenidad con la que podría haberme informado que la mujer se había marchado o que el compromiso había sido cancelado.

Pero no se había marchado.

Alguien la había matado.

—¿Cómo que la mataron? —pregunté, todavía junto a la puerta de la habitación que originalmente había sido preparada para ella.

Akim permaneció del otro lado de la sala privada. Su rostro había recuperado algo de color durante el viaje, aunque la rigidez de sus movimientos seguía recordándome que apenas unos días antes había estado al borde de la muerte.

—Murió durante el atentado —explicó—. Íbamos hacia el registro civil cuando atacaron el vehículo.

La respuesta me devolvió inmediatamente a la mañana de tres años atrás. A la sangre sobre la ropa de un desconocido, a su cuerpo desplomado en mis tierras y a la urgencia con la que había aparecido en mi vida. Durante todo ese tiempo había creído que Akim viajaba solo cuando intentaron matarlo.

—Fue el mismo atentado después del cual lo encontré en el rancho.

—Fue ese mismo —confirmó, sin intentar quitarle importancia a la relación entre ambos hechos.

Miré nuevamente la habitación. La cama, el vestidor, el baño, el espacio pensado para una mujer que nunca había llegado a utilizarlo. Hasta unos minutos antes, todo aquello me había parecido simplemente excesivo. Ahora se sentía diferente.

—¿Y no pensó en contármelo?

Akim frunció ligeramente el ceño, como si necesitara determinar a qué momento me refería.

—¿Cuándo esperaba que se lo contara?

—Cuando me pidió que me casara con usted, por ejemplo. Habría sido un momento bastante apropiado para mencionar que iba a ocupar el lugar de otra mujer, una terminó asesinada unos días antes.

Él sostuvo mi mirada. No se mostró molesto por el reproche, aunque su expresión adquirió esa quietud con la que solía encerrarse cada vez que una conversación entraba en un terreno que no deseaba recorrer.

—No tenía relevancia para nuestro acuerdo.

La frialdad de la respuesta me dejó observándolo.

—¿Comprende lo que acaba de decirme? —pregunté, intentando descubrir si realmente consideraba innecesario semejante detalle—. Una mujer murió cuando iba a casarse con usted y, quince días mas tarde, me propuso que ocupara su lugar.

—No le propuse que ocupara su lugar —corrigió Akim—. Necesitaba resolver una situación y usted necesitaba salvar el rancho. Lo que había ocurrido antes no modificaba ninguna de esas dos cosas.

Su razonamiento era brutal, pero tenía una lógica difícil de discutir. Aun así, aquella capacidad para separar una muerte de todo lo que había sucedido después me resultaba inquietante.

—Para ser un casi viudo, se lo toma con bastante ligereza.

Algo cambió en sus ojos. No fue dolor, pero tampoco indiferencia. Pareció medir la respuesta antes de entregármela.

—No me lo tomo a la ligera. Simplemente no voy a fingir un duelo que no sentí.

La sinceridad consiguió detener la siguiente acusación antes de que saliera de mi boca.

—¿No la quería?

—No la conocía lo suficiente para sentir afecto. —Akim se apartó de la puerta de su dormitorio y caminó hasta uno de los sillones—. La había visto dos veces antes de aquel día. Tampoco tenía motivos para querer su muerte.

Lo seguí con la mirada mientras se sentaba con cuidado. El esfuerzo le tensó el rostro durante un instante. No se quejó, pero apoyó una mano cerca del costado hasta que el dolor pareció disminuir.

—¿Iba a casarse con una mujer a la que había visto dos veces?

—Usted aceptó casarse conmigo después de conocerme herido y armado en sus tierras —señaló, sin ironía—. No creo que ninguno de los dos esté en posición de juzgar los métodos del otro.

No pude discutirlo. Nosotros tampoco habíamos compartido cenas, conversaciones interminables ni promesas. Habíamos hablado de dinero, residencia, condiciones y firmas.

—Yo sabía por qué lo hacía —respondí—. Quería conservar mi rancho.

—Ella también sabía lo que quería.

Me aparté del marco y avancé unos pasos hacia él.

—¿Pertenecía a su mafia?

Akim negó despacio. El movimiento no fue impaciente, sino definitivo.

—No tenía ninguna relación con la mafia. Era una mujer común y su familia tampoco formaba parte de nuestra organización.

—Entonces, ¿cómo terminó comprometida con usted?

—Por medio de personas que podían facilitar el acuerdo. Todo se organizó desde Rusia más de un año antes de que viajara. Yo necesitaba una esposa para obtener la residencia y ella quería una vida que no podía conseguir por sus propios medios.

No habló de la mujer con desprecio. Tampoco intentó presentarla como una oportunista. Se limitó a explicar el trato con la misma claridad con la que tres años atrás me había explicado el nuestro.

—¿Qué debía darle a cambio?

—Todo lo que ella había pedido —contestó—. Propiedades, joyas, viajes y dinero suficiente para vivir como deseaba. Yo asumiría todos sus gastos y ella se presentaría como mi esposa durante el tiempo necesario.

La similitud resultaba demasiado evidente para ignorarla.

—Entonces no soy la primera mujer con la que hizo un negocio.

Akim descansó la espalda contra el sillón. Su atención permaneció fija en mí, como si hubiera sabido que terminaría llegando a aquella conclusión.

—No es la primera.

La respuesta me produjo una incomodidad que no tenía derecho a sentir. Nunca había pensado que nuestro matrimonio fuera algo especial. Yo misma había establecido que se trataba de una transacción y había aceptado sus condiciones porque no encontraba otra forma de conservar mis tierras.

Sin embargo, descubrir que había sido la sustituta inmediata de otra mujer convertía la historia en algo más desagradable.

—Solo soy la primera que sobrevivió para cobrar.

La mandíbula de Akim se endureció. El cambio fue mínimo, pero suficiente para demostrar que la frase había encontrado un punto vulnerable.

—Usted no se parece a ella.

—No podría saberlo. Solo la vio dos veces.

Akim bajó la mirada durante un momento. Sus dedos se cerraron sobre el brazo del sillón antes de relajarse.

—Sé lo que cada una pidió —dijo finalmente—. Eso resulta suficiente para comprender la diferencia.

No encontré una respuesta inmediata. Yo había pedido salvar el rancho. Incluso en el nuevo acuerdo, cuando Akim me ofreció cualquier cantidad de dinero, había solicitado viviendas dignas para los empleados, agua, electricidad, caminos y reparaciones. Nada destinado exclusivamente a mí.

Aquello no me convertía en una mujer mejor que la anterior. Solo significaba que deseábamos cosas diferentes.

Entré en mi habitación y abrí las puertas del vestidor. Necesitaba apartarme de una conversación que comenzaba a incomodarme por motivos que no estaba dispuesta a examinar.

El espacio era enorme. Había armarios de suelo a techo, cajones, estantes iluminados y una zona completa destinada a zapatos. Mi ropa ocupaba una parte insignificante. Las pocas prendas que había llevado parecían abandonadas en medio de un lugar diseñado para contener varias vidas.

Akim se detuvo detrás de mí.

—Mañana iremos a comprar.

Me volví hacia él. Había avanzado sin que lo escuchara, aunque su mano permanecía apoyada sobre el marco.

—No es necesario. Tengo ropa suficiente.

Sus ojos recorrieron las prendas colgadas.

—Tiene tres pantalones, algunas camisas y demasiadas botas.

—Vivo en un rancho. Las botas no son una extravagancia, sino una herramienta de supervivencia.

Una sombra de diversión pasó por su rostro, pero no llegó a convertirse en sonrisa.

—Aquí necesitará otras cosas.

—Voy a permanecer un año, no a instalarme para siempre.

—Durante ese año habrá cenas, galas, reuniones y visitas de personas importantes. Tendrá que acompañarme y no puede presentarse con la misma ropa que utiliza para entrar en un establo.

Miré mis botas. Estaban limpias, aunque conservaban pequeñas marcas imposibles de eliminar después de tanto uso.

—Podría sorprenderse. Algunas personas mejorarían mucho después de pasar una noche en un establo.

—No dudo de su capacidad para educarlas —respondió Akim con absoluta seriedad—, pero no pienso convertir cada gala en un experimento.

La naturalidad de la respuesta me hizo contener una sonrisa. No quería concederle la satisfacción de saber que su humor empezaba a resultarme menos irritante.

—Puedo comprar lo que necesite sin gastar fortunas.

—No se trata solamente de comprar un vestido. Necesita ropa para distintas ocasiones, zapatos, abrigos y todo lo que considere necesario.

—No quiero que intente convertirme en otra mujer.

Akim dejó de observar el vestidor y concentró toda su atención en mí.

—No necesito cambiarla, Diana. Necesito que tenga opciones.

La respuesta no sonó como un cumplido ni como una orden. Fue una explicación sencilla y, precisamente por eso, resultó difícil rechazarla.

—Yo elegiré lo que voy a ponerme —advertí—. No aceptaré que decida el largo de mis vestidos ni el color de mis zapatos como si estuviera vistiendo una figura para exhibirla.

—Puede elegir lo que quiera. —Su expresión no cambió, pero su voz se volvió más firme—. Siempre que sea adecuado para los lugares a los que iremos.

—Eso parece una condición escondida.

—Es sentido común. Confío en que posee suficiente.

Lo miré con los ojos entrecerrados. Akim permaneció inmóvil, esperando mi reacción. No había burla en su rostro, aunque sospechaba que comenzaba a conocerme lo bastante para saber qué frases conseguirían provocarme.

—Necesitaré algo más que sentido común para sobrevivir un año a su lado.

Esta vez no pude evitar que una sonrisa breve me traicionara. Akim la observó, y algo se suavizó en sus facciones antes de que ambos recuperáramos la seriedad.

Volví a mirar el vestidor vacío. No me entusiasmaba la idea de permitir que llenara aquel espacio con cosas que no necesitaba, pero las galas y las reuniones formaban parte del acuerdo. Negarme únicamente para demostrar independencia habría sido tan absurdo como permitir que eligiera por mí.

—Está bien —acepté—. Compraremos lo imprescindible.

Akim inclinó ligeramente la cabeza.

—Compraremos todo lo que quiera.

—Es posible que nuestra definición de “todo” sea bastante diferente.

—Mañana lo averiguaremos.

Cerré una de las puertas del armario y me volví hacia él.

—¿A qué hora abre el centro comercial?

—Mañana no abrirá.

Tardé un instante en comprender la respuesta.

—¿Está cerrado?

Akim sostuvo mi mirada con una tranquilidad que ya empezaba a parecerme peligrosa.

—Para los demás.

Francis Wil

pequeño detalle, el hombre era "casi viudo"

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Comentários (2)
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Sandra Castañeda
Me encanta esta pareja cada cuando sube capítulo ?
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Ingriz Fajardo
RESULTO MUY INTERESANTE AKIM...Y ESO DE COMPRAR TODO ..TODO ..ME ENCANTA
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