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Capítulo 6 —Tras los muros

Penulis: Francis Wil
last update Tanggal publikasi: 2026-08-26 00:50:05

Capítulo 6 —Tras los muros

POV Diana

El primer control apareció mucho antes de que pudiera ver la casa.

Dos hombres armados se acercaron al vehículo, comprobaron quiénes viajábamos dentro y hablaron por radio antes de permitirnos continuar. Un portón de hierro se abrió lentamente. Más adelante encontramos otra barrera, cámaras instaladas entre los árboles y guardias que observaban el convoy desde puntos que probablemente yo no alcanzaba a descubrir.

Akim no vivía solo como un hombre rico, vivía como un hombre que esperaba otro ataque en cualquier momento.

—¿Todo esto es siempre así? —pregunté.

—Todos los días.

—Debe de ser agotador llegar a casa.

Él miró por la ventanilla mientras atravesábamos el último control.

—Es más agotador que entren sin permiso.

No tuve una respuesta para eso. Había despertado en una clínica hacía pocos días porque alguien había conseguido acercarse lo suficiente para dejarlo al borde de la muerte. Su seguridad ya no parecía una exhibición exagerada, aunque siguiera resultándome inquietante.

La mansión apareció al final de un camino bordeado de árboles. Era amplia, de piedra clara, con ventanales altos y una fachada demasiado imponente para recibir el nombre sencillo de casa. Varios vehículos se alineaban junto a uno de los laterales y una fuente ocupaba el centro del acceso principal.

La deuda del rancho había representado todo lo que yo podía perder. Mirando aquella propiedad, comprendí que para Akim probablemente había sido una cifra menor. También comprendí que podía pedir el doble de reformas sin conseguir que pestañeara.

Antes de que el vehículo se detuviera, apoyó una mano sobre mi antebrazo.

—Desde que baje, nadie conocerá nuestro acuerdo. Para todos, usted es mi esposa.

—Ya me lo explicó en la clínica.

—Necesito saber que lo comprendió.

Giré hacia él. Había permanecido callado durante buena parte del trayecto, conservando fuerzas, pero su atención ahora era absoluta.

—Comprendí que debo ayudarlo a conseguir el mando. No significa que vaya a convertirme en una mujer diferente apenas cruce la puerta.

—No tiene que representar a otra mujer. Está casada conmigo y ocupará el lugar que le corresponde.

—No sé cuál es ese lugar.

—Lo aprenderá.

La puerta se abrió antes de que pudiera preguntar cuántas reglas pensaba enseñarme sin pedir permiso.

Bajé y encontré dos filas de personas frente a la entrada. A un lado esperaba el personal doméstico, vestido con una sobriedad impecable. Al otro se encontraban los hombres de seguridad. Algunos llevaban traje; otros, ropa oscura menos formal. Todos permanecían inmóviles.

Mikhail se situó unos pasos por delante.

—La señora Diana Karsavin —anunció en ruso y después repitió en español.

Akim avanzó. Cuando comprendí que esperaban que lo acompañara, caminé a su lado por el espacio abierto entre ambas filas.

Las cabezas se inclinaron a nuestro paso.

No fue una reverencia teatral ni una bienvenida amable. Fue un movimiento sobrio, exacto, repetido con un respeto que parecía formar parte de algo mucho más antiguo que aquella mansión.

Una mujer de cabello gris se adelantó al llegar a la entrada.

—Bienvenida a su casa, señora Karsavin. —me saludó en un español muy ensayado.

—Puede llamarme Diana.

La mujer bajó la mirada, incómoda, como si mi propuesta la hubiera colocado frente a una falta que no estaba dispuesta a cometer.

Detrás de mí, Akim soltó aire lentamente.

—No les pida que rompan nuestros códigos para hacerla sentir cómoda.

Me volví hacia él.

—Solo intentaba evitar que me hablaran como si pudiera ordenar una ejecución durante el desayuno.

Nadie sonrió. Ni siquiera Mikhail.

Akim, en cambio, dejó que una sombra de humor le suavizara la boca.

—Con tiempo aprenderán cuándo habla en serio.

Entramos. El interior tenía el mismo lujo de la fachada: techos altos, piedra pulida, madera oscura y obras de arte que no parecían elegidas para llenar paredes vacías. Nada resultaba chillón, pero cada objeto dejaba claro que allí el dinero no tenía límites.

Dos empleados tomaron mi maleta. Intenté detenerlos, pero ambos miraron a Akim antes de reaccionar.

—Puedo llevarla yo.

—Lo sabemos, señora —respondió uno—. Permítanos hacerlo.

La amabilidad seguía acompañada por una distancia infranqueable. No importaba cuánto intentara hablar con naturalidad: todos contestaban con frases breves, ojos bajos y aquel apellido que me convertía en alguien que no reconocía.

Estaba rodeada de personas y, aun así, no encontraba a nadie con quien conversar sin que Akim permaneciera invisible entre nosotros.

—Quiero ver mi habitación —dije—. Necesito dejar mis cosas y revisar asuntos del rancho.

—Suba conmigo.

Akim se dirigió hacia una escalera amplia. Rechazó con una mirada el intento de Mikhail de acercarse. El primer tramo lo subió sin dificultad; a mitad del segundo, su mano se cerró sobre la baranda y el paso perdió velocidad.

No le ofrecí ayuda. Simplemente reduje el ritmo para mantenerme a su lado.

Él lo notó, pero no dijo nada.

Llegamos a un corredor más silencioso. Al final había unas puertas dobles.

Akim abrió una.

—Este es nuestro dormitorio.

Lo miré convencida de haber oído mal.

—¿Nuestro?

Empujó la puerta por completo. Yo permanecí fuera.

—No pienso dormir con usted.

—Entre, Diana.

—Estoy perfectamente bien aquí hasta que aclare esa frase.

Akim apoyó una mano en mi espalda y me hizo avanzar. No fue un empujón violento, pero sí lo bastante firme para vencer mi resistencia sin convertirla en una escena frente al personal. Cerró la puerta detrás de nosotros.

—No vuelva a hacer eso.

—No vuelva a detenerse en una puerta para discutir algo que puede ver adentro.

Estuve a punto de responderle, pero el lugar consiguió distraerme.

Aquello no era un dormitorio. Era una sala privada con sillones, una biblioteca que ocupaba una pared completa y dos escritorios separados junto a los ventanales. Había puertas a ambos lados y otra que conducía a un baño.

Akim señaló uno de los escritorios.

—Aquí puede trabajar. Tendrá conexión segura, una línea para el rancho y todo lo necesario para revisar sus cuentas y las reformas.

Dejé la mano sobre el respaldo de un sillón.

—¿Y dónde se supone que voy a dormir? ¿En el sofá?

Abrió la puerta de la izquierda.

—En esta habitación.

El dormitorio era más grande que la planta baja de mi casa. Una cama ocupaba el centro, frente a una chimenea; al fondo se abrían un vestidor. Mi maleta ya estaba junto a una banqueta, diminuta en medio de tanto espacio.

—No se preocupe —dije, recorriendo el lugar con la mirada—. Supongo que usted puede dormir cómodamente en el salón.

Akim me tomó de la muñeca. Su contacto fue firme, pero no doloroso. Me condujo de regreso al espacio común y abrió la puerta del lado opuesto.

—Yo duermo aquí.

Su habitación era distinta, más oscura y sin objetos personales a la vista, pero también tenía cama y vestidor.

Me solté con un movimiento de la mano.

—Entonces esto no es nuestro dormitorio.

—Es nuestra suite. Desde afuera, es el dormitorio del matrimonio.

—Y desde adentro, dos personas que apenas se conocen pueden cerrar sus puertas.

—Esa es la idea.

La organización era demasiado precisa para haber sido improvisada durante mi estancia en la clínica.

—¿Quién entra aquí?

—Tres personas de confianza se encargan del aseo y la ropa. No hablan de lo que ven, no hacen preguntas y no conversarán con nadie sobre usted.

—¿Ni siquiera conmigo?

—Responderán si necesita algo. Nada más.

Volví al salón y observé los dos escritorios, las dos puertas y la intimidad cuidadosamente dividida. Todo parecía pensado para que un matrimonio pudiera mostrarse unido ante el resto de la casa sin compartir realmente una vida.

—Lo tenía preparado.

—Ya estaba preparado.

—¿Desde que nos casamos?

Akim permaneció junto a la puerta de su habitación.

—Desde antes.

Giré hacia él.

—¿Antes de conocerme?

—Era para mi prometida anterior.

La respuesta cayó entre nosotros con demasiada naturalidad.

—¿Prometida anterior? ¿No fui su primera opción?

—No fue mi primera opción.

No había intención de herirme; simplemente no veía razón para disfrazar la verdad.

—Vine de Rusia con un matrimonio arreglado. Ella iba a facilitar mi residencia y la unión nos convenía a ambos.

—Entonces ya tenía una mujer dispuesta a casarse con usted cuando apareció en mis tierras.

—Ese día íbamos hacia el registro civil. Nos emboscaron en el camino. Después usted me encontró en el rancho.

Las piezas se acomodaron con una precisión desagradable: las heridas, el arma, su negativa a ir a un hospital y la urgencia con la que había necesitado otra esposa.

—¿Qué ocurrió con ella?

Akim sostuvo mi mirada. Por primera vez desde que entramos, algo volvió completamente opaca su expresión.

—La mataron.

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