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Un corazón en español
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Author: Furukawa

1. Desastre valenciano

Author: Furukawa
last update Petsa ng paglalathala: 2026-03-10 08:19:35

Ana estaba sentada en un banco de mármol en la plaza de la Virgen, tenía la mirada fija en las altas torres de la catedral de Valencia, aunque realmente no estaba prestándole atención. La brisa marina, que debería ser refrescante, sólo le erizaba la piel en señal de frustración.

—¡¿Qué?! ¡¿Tres días?! —el eco metálico de la voz de su padre resonó en el auricular, amplificando su malestar.

Ana apretó el celular contra su oreja, sintiendo la piel enrojecer, incluso lo hizo vibrar por el enojo. ―Así es, tres días más, papá. Teníamos todo planeado para dos, ¿y ahora qué voy a hacer?

La notaría, por medio de una mujer con el cabello completamente recogido y con una sonrisa apretada que evidenciaba la vergüenza, había sido el detonante de su molestia. Un error en las fechas y un malentendido con los pagos era la serie de inconvenientes que se resumían en una sola palabra: retraso.

—¡¿Cómo es posible? ¡¿Qué clase de notaría es esa?! ―las preguntas sonaron como un trueno en el pequeño altavoz.

Ana apretó los dientes, intentando mantener la calma. Ya había transcurrido una hora desde que se había enterado y sentía que la sangre continuaba hirviéndole.

—Ya lo sé, papá. Una señora García me atendió, dice que necesitan tres días más para completar el proceso y, ¡yo tengo un vuelo de regreso mañana por la tarde! ―explotó frotándose las sienes

—¡Esto es un desastre! —rugió su padre desde el otro lado del Atlántico.

Ana no tenía la menor idea de qué debía hacer. Había trazado un plan cuidadosamente: llegar, firmar los papeles y regresar a casa; no obstante, el itinerario se había desmoronado como un castillo de arena en la playa.

—Voy a hablar con la notaría otra vez, a ver si pueden agilizar el proceso; pero no prometo nada ―un profundo suspiro se escuchó del otro lado del auricular.

―Bueno, tranquilicémonos. Ya sabemos cómo son estas cosas, a veces se escapan de las manos ―el tono en la voz de su padre cambió drásticamente, como si en el anterior suspiro hubiera exhalado toda la frustración y el enojo.

Aunque intentaba sonar tranquilizador, Ana podía intuir la mueca de fastidio en su rostro, porque conocía a su padre, la paciencia no era precisamente su virtud.

―¿Tranquila? Papá, tengo un montón de cosas que hacer en México. Tengo que revisar los presupuestos, coordinar la capacitación del personal, ¡y ahora esto! ―enumeró sus responsabilidades con angustia, elevando su voz en cada palabra.

―Ya, ya, lo entiendo; pero no te preocupes, todo se solucionará. Aprovecha para descansar, conocer la ciudad. Valencia es preciosa ―su padre trató desesperadamente de cambiar el rumbo de la conversación.

Estaba acostumbrada a la sobreprotección familiar, y la actitud de su padre lo único que causó fue un nudo en su garganta. ―¿Descansar con todo esto en la cabeza? No, papá, no puedo. Necesito que esto se resuelva rápido ―suspiró frotándose la frente con la mano libre.

―Lo sé, María; pero no puedes hacer nada ahora. La notaría ya te explicó, ¿no? Hasta el viernes no se puede firmar, así que no te desesperes ―insistió. ―Intenta relajarte. Después de todo, esto es por el bien de la empresa ―Ana sintió un escalofrío.

"El bien de la empresa". Esa frase la había escuchado toda su vida. La familia de su padre era dueña de una exitosa cadena hotelera en México, y específicamente sus padres habían volcado todas sus expectativas en ella, su única hija. Estudiar hotelería y turismo, viajar por el mundo y cerrar negocios, todo era por el bien de la empresa; y aunque amaba su trabajo, a veces sentía que su vida era un guión escrito por otros.

—Sí, papá, ya lo sé. Haré lo que pueda.

En ese momento, una suave, pero firme voz, interrumpió la conversación. Era su madre, Elsa, que había estado escuchando todo al lado de su padre.

―Fernando, deja de presionar a la niña. María, cariño, ya verás que todo se soluciona; y no te preocupes por Félix, ya le dirás. Él entenderá ―Ana cerró los ojos, especialmente porque sabía que sus padres no podían verla.

―¿Félix? ―la pregunta se escapó de sus labios, y enseguida se arrepintió.

Félix era su novio, un joven ingeniero con el que llevaba dos años. Un buen chico, educado, con un futuro prometedor y, sobre todo, aprobado por sus padres.

―Claro que sí, hija, él es tu novio, se preocupará por ti, querrá saber qué pasa. Además, ya sabes que le gusta mucho Valencia, seguro le encantará saber que estás allí ―respondió su madre con un tono que dejaba claro que no había lugar para la discusión, y eso sólo aumentó la sensación de resignación de Ana.

―Mamá, por favor ―suplicó, con la esperanza de que su madre cediera.

―Ya es muy tarde en México, son casi las once de la noche, así que, déjalo para mañana, eso también te servirá para tranquilizarte; pero no olvides llamarlo, ¿eh? ―Ana puso los ojos en blanco, sabía que era inútil discutir con su madre, ella siempre tenía la última palabra, sobretodo cuando se trataba de Félix.

―Está bien, mamá. Lo llamaré mañana ―respondió resignada.

―¡Perfecto! Ahora, relájate y disfruta un poco de Valencia. Ya verás que todo sale bien ―la voz de su madre se suavizó por completo.

—Bueno, cuídate mucho, hija; y no te metas en problemas ―intervino su padre.

—Adiós, papá ―y colgó el teléfono con un suspiro.

Miró el reloj: tres de la tarde en Valencia, y con eso confirmó que eran las once de la noche en México.

Sintió una mezcla de irritación y cansancio. La conversación con sus padres había sido un torbellino de emociones, pero el problema principal seguía sin resolverse: tres días más en Valencia, sin nada que hacer y con un montón de trabajo pendiente.

―¿Y ahora qué? ―murmuró para sí misma mirando el teléfono con desgana.

Un leve sonido la sacó de sus pensamientos. Era su móvil que acababa de vibrar con unos mensajes de su madre:

“No olvides llamar a Félix mañana.

Y avísale que te quedas más tiempo.

Él estará encantado.

Besos.”

Ana exhaló el aire con fuerza, sintiendo la presión de las expectativas familiares sobre sus hombros. Félix era estable, era apropiado y eso, al parecer, era lo más importante. Sacudió la cabeza tratando de despejarla. Se prometió a sí misma que, al menos, intentaría disfrutar de esos días extra para desahogarse.

Permaneció unos instantes contemplando la plaza, aunque realmente continuaba sumida en sus pensamientos, los cuales prolongaron el sentimiento de frustración.

Tres días más en Valencia.

Tres días de trabajo remoto.

Tres días sin su vida normal.

Caminó de regreso al hotel viendo al sol despidiéndose del Mediterráneo con un beso anaranjado y que, no lograba calentarle el corazón. Al llegar al vestíbulo, una recepción moderna, pulcra y vacía la recibió.

—¿Buenas tardes? —se asomó con la esperanza de que alguien la atendiera rápidamente.

De repente, una joven mujer, con una sonrisa radiante, apareció tras la puerta de servicio. —¡Buenas tardes! ¿En qué puedo ayudarla?

Ana se acercó al mostrador.

—Buenas tardes. Estoy hospedada en la habitación 307, son Ana María Valle y me gustaría saber si puedo extender mi estadía en el hotel ―la recepcionista le sonrió, e inmediatamente comenzó a teclear algo en el ordenador.

—Un momento, por favor —dijo después de algunos segundos, con una sonrisa que ya no parecía sincera. Luego, su expresión cambió a vergüenza. —Lo siento mucho, señorita Valle, parece que tenemos un problema.

Ana frunció el ceño. ¿Otro problema? ¿Qué más podía salir mal?

—¿Qué sucede? ―se apresuró a cuestionarla.

La recepcionista suspiró. —Desafortunadamente estamos completamente llenos. Es la semana de San Juan y tenemos una reserva tras otra.

Ana sintió el pánico apoderarse de ella. ¿Estaría en la calle? ¿Sola?

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Mimis
Que oh no pobre de Ana !
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