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Un juego de engaños
Un juego de engaños
Autor: Chelencho

Créditos

Autor: Chelencho
last update Fecha de publicación: 2025-06-20 09:01:03

Dedicatoria

A mi familia: el silencio que le da eco a mis sueños, el abrazo que sostiene mis dudas, la risa que ilumina las páginas en blanco. Sin ustedes, esta historia no tendría raíces.

Y a ustedes, lectores: gracias por prestarle tiempo a estas líneas, los ojos a mis sombras y el corazón a mis luces. Que cada palabra les devuelva algo de la magia que le dieron a este libro con solo abrirlo.

Este libro es tan suyo como mío.

Agradecimiento

A quienes creyeron en mí cuando todo parecía incierto. Sin su apoyo, este libro no existiría.

A quienes me empujaron a seguir adelante con su propio ejemplo.

A la vida, por las lecciones duras y los momentos de luz que terminaron, sin que lo planeara, alimentando estas páginas. Este libro es, en el fondo, un gracias colectivo. Espero que les devuelva algo de lo que me dieron.

Prólogo

Todo empezó con un beso que no era para él.

Un beso robado en el vestíbulo del Hotel Grand Esmeralda, bajo arañas de cristal que derramaban luz como algo demasiado caro para ser real. Un beso que fue mentira desde el primer roce y que, sin embargo, supo a verdad prohibida.

Porque en esta ciudad de apariencias, donde la herencia se mide en anillos robados y el amor en traiciones bien calculadas, nadie llega con las manos limpias. Ni la novia abandonada en el altar. Ni la hermana que se quedó con todo. Ni el desconocido que fingió ser su salvación por una noche y terminó quedándose mucho más tiempo del planeado.

Aquí las sonrisas cortan más que los cuchillos de plata. Aquí un vestido empapado puede hundir una reputación. Aquí un anillo perdido en el fondo de una piscina puede costar un imperio.

Y aquí, entre champán derramado y promesas rotas, cuatro personas mueven sus piezas sin saber que el tablero ya está trucado:

Leonela, que juró no volver a confiar. Enrique, que nunca dice su verdadero apellido. Cassandra, que colecciona traiciones como joyas. Paul, que todavía cree que puede ganar.

Bienvenidos al Grand Esmeralda, donde cada mirada es una apuesta y cada caricia, un arma cargada.

Que empiece el juego. Y que gane el que mejor mienta.

Introducción

Once horas de vuelo y toda una vida practicando no sentir nada al llegar a ningún lado. Eso traía Enrique encima cuando pisó el aeropuerto.

Reconoció el lugar más por costumbre que por memoria. El olor a combustible mezclado con jazmín artificial que algún comité de decisiones —uno del que él nunca formó parte, aunque le pagara el sueldo— había decidido llamar "el aroma corporativo de los hoteles Esmeralda". Lo ponían en el aeropuerto, en los vestíbulos, hasta en los ascensores. Probablemente era el olor más familiar que tenía en el mundo entero, y no le recordaba a ningún hogar en particular.

Ocho años administrando la expansión en Europa. Roma, Milán, una sucesión de departamentos amueblados que dejaba siempre exactamente como los había encontrado, sin una taza fuera de lugar. Le gustaba así: quien no deja huella, no tiene que despedirse de nada.

No siempre quiso ser así. A los once años, cuando el avión de sus padres se estrelló en un vuelo que debía durar cuarenta minutos, su abuela Gerania lo sacó del internado sin avisarle a nadie más que a ella misma. Lo crió con la fiereza de alguien que ya había enterrado a un hijo y no pensaba llorar frente al nieto. Murió cuando él tenía diecinueve. Después de eso solo le quedó Alfonso, su abuelo, y Alfonso llevaba meses con el corazón fallándole de a poco, como una casa que se va apagando cuarto por cuarto.

Enrique no lloraba estas cosas. Las administraba. Era, quizás, lo único que sabía hacer bien de verdad.

—Bienvenido, señor —dijo el chofer, y él respondió apenas lo necesario para que no insistiera en conversación.

No fue directo al hotel. Se cambió en el auto: guardó el traje de vuelo, se puso una camisa blanca sin marca y un pantalón que no decía nada de él. Arnulfo lo esperaba en la entrada de servicio con la cara de quien ya discutió esto mil veces y las perdió todas.

—Sigues aferrado a lo mismo —dijo, y no era pregunta.

—Hago esto con gusto. Mi abuela lo pidió justo antes de morir. Que fuera yo mismo y, de paso, encontrara a alguien que me quisiera sin saber quién soy. Y mi abuelo no se va a ir de este mundo sin verme intentarlo.

—Podrías intentarlo siendo tú mismo.

—Nunca he sido nadie el tiempo suficiente como para saber cómo se hace eso.

Lo dijo sin drama, casi como quien reporta un dato de ocupación hotelera. Arnulfo se quedó callado un momento, porque entendió que ahí no había ninguna queja, solo la cosa más honesta que probablemente Enrique tenía para decir sobre sí mismo. Treinta y dos años y jamás se había quedado el tiempo suficiente en ningún sitio para que alguien lo conociera de verdad. Sus padres apenas alcanzaron a verlo crecer un par de años. Su abuela sí lo conoció —la única, en serio— y también se la llevaron.

Ser mesero, botones o jardinero, no le costaba problema ser uno más en el trabajo dentro del hotel. Llevaba la vida entera siendo invisible en salones llenos de gente que aseguraba conocerlo.

El vestíbulo olía a jazmín y ambición, el mismo aroma corporativo de siempre, mientras los invitados de la fiesta de compromiso de Cassandra Fimbres se acomodaban bajo las lámparas de araña. Enrique tomó su lugar cerca de la entrada, charola en mano, con la calma de quien ya ha hecho esto cien veces.

No esperaba nada de esa noche. Casi nunca esperaba nada de ninguna.

Por eso cuando una mujer de vestido resplandeciente cruzó el salón como si ya hubiera tomado una decisión, lo agarró del brazo y lo besó sin preguntar, lo primero que sintió no fue sorpresa. Fue algo más raro: la sensación de que alguien, por fin, lo estaba mirando a él y no a lo que representaba.

—Sígueme la corriente —le susurró ella contra la boca, sin saber que le estaba pidiendo justo lo único que él sabía hacer bien.

Enrique dejó la charola en la mesa más cercana. Sonrió.

—Perdóname por llegar tarde, amor.

No se dio cuenta, ahí mismo, de que la frase que había usado cien veces para improvisar acababa de convertirse, sin que él la planeara, en la primera verdad que decía esa noche.

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Último capítulo

  • Un juego de engaños   Capítulo 24: Epílogo

    Seis meses después.La luz de la tarde entraba a raudales por los ventanales del despacho principal del Consorcio Eras. Leonela, sentada en el gran sillón de cuero que alguna vez perteneció a su padre, firmó con trazo firme y decidido el último documento. El sonido de la pluma sobre el papel fue casi ceremonial.Presidenta Ejecutiva.Las palabras brillaban en negro sobre el membrete dorado. A su lado, de pie y con una mano apoyada en su hombro, Enrique observaba con orgullo silencioso. Había renunciado a gran parte de sus responsabilidades directas en la cadena de hoteles para estar a su lado en este nuevo capítulo. “Mi imperio puede esperar”, le había dicho semanas atrás. “El tuyo apenas comienza”.Leonela dejó la pluma sobre la mesa y exhaló lentamente. Luego levantó la mirada hacia él, con los ojos brillantes.—Lo logramos —susurró.Enrique se inclinó y besó su sien con ternura.—Tú lo lograste —corrigió suavemente—. Yo solo tuve el privilegio de acompañarte.Esa misma tarde, escapa

  • Un juego de engaños   Capítulo 23: El legado y la elección

    La terraza del Grand Esmeralda estaba envuelta en una atmósfera de ensueño. Luces doradas colgaban como estrellas bajas, el aroma de las gardenias flotaba en el aire nocturno y el murmullo de la fiesta de compromiso falsa se filtraba desde el salón principal. Era todo apariencia: risas calculadas, vestidos caros y copas de champán que escondían puñales.Leonela estaba apoyada en la barandilla de piedra, contemplando los jardines iluminados, cuando una voz que odiaba con cada fibra de su ser rompió la calma.—Sigues estando preciosa —dijo Paul, acercándose con esa sonrisa lenta y arrogante que alguna vez la había hecho sentir especial.Llevaba un traje negro impecable, el cabello perfectamente peinado y esa expresión de quien cree que el mundo le debe algo. Leonela sintió un escalofrío de asco subirle por la espalda.—Vete, Paul —respondió con frialdad, sin siquiera girarse del todo.Pero él no se detuvo. Se acercó más, invadiendo su espacio hasta acorralarla suavemente contra la barand

  • Un juego de engaños   Capítulo 22: La verdad que libera

    La terraza del Grand Esmeralda estaba envuelta en una atmósfera de ensueño. Luces doradas colgaban como estrellas bajas, el aroma de las gardenias flotaba en el aire nocturno y el murmullo de la fiesta de compromiso falsa se filtraba desde el salón principal. Era todo apariencia: risas calculadas, vestidos caros y copas de champán que escondían puñales.Leonela estaba apoyada en la barandilla de piedra, contemplando los jardines iluminados, cuando una voz que odiaba con cada fibra de su ser rompió la calma.—Sigues estando preciosa —dijo Paul, acercándose con esa sonrisa lenta y arrogante que alguna vez la había hecho sentir especial.Llevaba un traje negro impecable, el cabello perfectamente peinado y esa expresión de quien cree que el mundo le debe algo. Leonela sintió un escalofrío de asco subirle por la espalda.—Vete, Paul —respondió con frialdad, sin siquiera girarse del todo.Pero él no se detuvo. Se acercó más, invadiendo su espacio hasta acorralarla suavemente contra la barand

  • Un juego de engaños   Capítulo 21: La verdad que duele

    En el interior del hotel, los pasillos brillaban bajo la luz cálida de los candelabros, y el murmullo del restaurante se desvanecía a la distancia. Enrique, con un traje impecable y una tensión apenas disimulada en los hombros, se acercó a Ignacio, un empleado del hotel cuya discreción era tan confiable como el tictac de un reloj suizo.—Lleva velas y champán a la habitación del penthouse —ordenó Enrique, su voz firme pero baja, como si temiera que las paredes escucharan—. Lo más rápido posible.Ignacio asintió, sus ojos esquivando los de Enrique con una mezcla de respeto y cautela.—Sí, señor —murmuró, y se alejó con pasos rápidos, perdiéndose en el laberinto de pasillos.Enrique exhaló, pasándose una mano por el cabello, pero su alivio duró poco. Una figura emergió de las sombras, su perfume dulzón precediéndola como una advertencia. Samara, con un vestido rojo que parecía arder contra su piel, sostenía dos copas de vino espumoso, las burbujas danzando como promesas rotas.—¿Enrique?

  • Un juego de engaños   Capítulo 20: La traición en el penthouse

    En el interior del hotel, los pasillos brillaban bajo la luz cálida de los candelabros, y el murmullo del restaurante se desvanecía a la distancia. Enrique, con un traje impecable y una tensión apenas disimulada en los hombros, se acercó a Ignacio, un empleado del hotel cuya discreción era tan confiable como el tictac de un reloj suizo.—Lleva velas y champán a la habitación del penthouse —ordenó Enrique, su voz firme pero baja, como si temiera que las paredes escucharan—. Lo más rápido posible.Ignacio asintió, sus ojos esquivando los de Enrique con una mezcla de respeto y cautela.—Sí, señor —murmuró, y se alejó con pasos rápidos, perdiéndose en el laberinto de pasillos.Enrique exhaló, pasándose una mano por el cabello, pero su alivio duró poco. Una figura emergió de las sombras, su perfume dulzón precediéndola como una advertencia. Samara, con un vestido rojo que parecía arder contra su piel, sostenía dos copas de vino espumoso, las burbujas danzando como promesas rotas.—¿Enrique?

  • Un juego de engaños   Capítulo 19: La grieta se profundiza

    Se alejó unos pasos, y Leonela, con el corazón latiendo con fuerza, agudizó el oído. La voz al otro lado del teléfono era clara, aunque distante.—Necesito que tengas una entrevista con Gloria esta noche.Enrique respondió, su tono profesional pero tenso.—Hoy no puedo, se me complica. Sé que quieres una posición en específico, pero estoy seguro de que Arnulfo puede encargarse.Leonela sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies. ¿Posición específica? ¿Arnulfo? Su mente, alimentada por las palabras de Samara, dibujó una conclusión devastadora: Están manejando un negocio sucio. Un trío sexual, un intercambio de parejas… algo ilícito.Enrique colgó, girándose hacia ella, pero Leonela ya estaba retrocediendo, fingiendo leer un folleto del hotel para no ser descubierta. Él se acercó, su expresión cargada de urgencia.—Sé que tenemos que hablar, pero me llamaron por un asunto de última hora. ¿Hablamos luego?Leonela lo miró, sus ojos encendidos de dolor y desconfianza. ¿Por eso no quiso

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