LOGINVictoria se detuvo frente al agua. Se cruzó de brazos con esa postura que tenía cuando algo le resultaba simultáneamente irritante y divertido y que no sabía exactamente en cuál de las dos quedarse. —¿Crees que no me di cuenta? Daniel mantuvo los ojos cerrados durante un segundo más. —No sé de qué hablas. —Estabas celoso. Una pequeña risa escapó de ella, breve y completamente genuina, con esa ligereza específica que aparecía cuando el alcohol había aflojado suficiente como para que las capas habituales cedieran un poco. Daniel la escuchó con esa atención de quien está procesando algo que no pidió procesar esta noche. —Deberías dejar el alcohol, Rivera. Victoria arqueó una ceja. Dejó la toalla sobre una silla con ese movimiento completamente deliberado. Y entró al agua. Avanzó hasta quedar a unos pasos de él, con esa calma de quien no tiene ninguna prisa pero que tampoco tiene ninguna intención de quedarse donde estaba. —Y tú deberías tener un poco de decencia
Mateo salió primero de la piscina con esa naturalidad de quien ha decidido que ya tuvo suficiente del agua y del sol y de la tarde en general. Tomó la toalla que había dejado sobre una de las sillas y se la pasó por el cabello con ese gesto distraído de quien ya está pensando en otra cosa antes de haber terminado con lo que está haciendo. Miró hacia Isabel. —Yo me voy a cambiar. Isabel asintió. Después giró la vista hacia Julián con esa postura de quien está haciendo algo completamente ordinario y que no tiene ningún peso adicional detrás. —Julián. Él volvió la cabeza. —¿Sí, señorita Isabel? —Dile a Dani que lo buscaré más tarde. Julián apenas alcanzó a asentir antes de que Isabel tomara su bolso y siguiera a Mateo por el sendero con esa cadencia tranquila de quien ya tiene el siguiente movimiento completamente planeado aunque no lo haya pronunciado en voz alta todavía. Cuando ambos desaparecieron entre la vegetación, Julián caminó hacia Daniel, quien acababa de recibir su
El vapor de las piscinas de hidromasaje se elevaba despacio bajo la luz de esa tarde, con esa suavidad específica del vapor sobre el agua que hace que todo parezca ligeramente más tranquilo de lo que es. Daniel e Isabel ocupaban uno de los jacuzzis del extremo, con ese silencio entre los dos que se había vuelto la textura habitual de su convivencia en los últimos días. Isabel hablaba ocasionalmente. Daniel respondía lo necesario. El agua caliente hacía lo que hace el agua caliente, que no es exactamente nada útil cuando lo que uno lleva encima no tiene ninguna solución termal disponible. En la piscina contigua, Victoria estaba sumergida hasta los hombros con esa calma de quien está ocupando un espacio físico mientras la mente está en otro lugar completamente, manteniendo entre ella y Mateo una distancia que no era hostil pero que era completamente deliberada. Julián había aparecido junto a la zona de descanso con la carpeta de itinerarios en la mano y esa puntualidad que nunca requ
La tarde había avanzado con esa calma de los días en alta mar que no tienen ningún itinerario urgente y que permiten que las personas encuentren el ritmo que naturalmente les corresponde cuando nadie les pide nada en particular. Mateo estaba instalado en uno de los sillones de la terraza junto a la zona de piscinas con esa comodidad de quien ha encontrado exactamente el lugar correcto para pasar las siguientes horas. Tenía un vaso en la mano y esa expresión tranquila de quien no tiene ningún peso particular sobre los hombros esta tarde. Le dio un trago al Shirley Temple justo cuando escuchó pasos acercándose por el sendero. —Mateo. Aquí estás. Levantó la mirada. Isabel se detuvo frente a él con esa postura de quien lleva un rato buscando a alguien y que no estaba completamente segura de encontrarlo en ese punto específico. —Sí. —Volvió a beber. —Estoy esperando a Victoria. Pensé que hoy tenías planes con Meléndez. Isabel se cruzó de brazos. —¿No te has dado cuenta? M
El desayuno avanzaba con esa normalidad que no es exactamente normal sino la versión cuidadosamente construida de ella que existe cuando varias personas alrededor de una misma mesa han decidido, por razones distintas, que esta mañana no va a ser el momento de ninguna conversación que importe. Daniel tenía la mirada fija en su taza de café. No la había levantado desde que se había sentado. Ni cuando Eduardo había hecho algún comentario sobre el itinerario del día. Ni cuando Victoria había tomado asiento al otro lado de la mesa con esa calma suya que no revelaba nada desde fuera aunque por dentro estuviera procesando algo que todavía no tenía ninguna forma clara. Isabel, en cambio, había tomado la decisión de que la noche anterior simplemente no había ocurrido. Hablaba con Daniel con esa familiaridad deliberada de quien está demostrando algo sin decirlo en voz alta. Sonreía cuando él respondía con los monosílabos que era lo único que había estado ofreciendo desde que habían llegado
La suite de Julián. La luz que entraba solo desde la ventana dando al océano de noche. El vestido metálico deslizándose. El aroma a mar mezclado con el perfume de Victoria y esa manera suya de existir en cualquier espacio que hacía que todo lo demás quedara completamente en segundo plano. La memoria llegó completa y con una nitidez que no pedía ningún permiso para instalarse, y Daniel se dejó llevar por ella con esa desesperación silenciosa de quien está intentando sobrevivir a un momento que no tiene ninguna salida limpia disponible. Soltó el aire. Se giró. Tomó a la mujer frente a él por la nuca y la besó con una intensidad que no correspondía a ninguna de las noches anteriores de ese matrimonio, alimentada únicamente por el recuerdo de lo que había existido en ese otro camarote, de esa otra piel, de esa otra persona que estaba a unos metros de distancia en ese mismo barco dormida o despierta o pensando en él o no pensando en él. Durante unos segundos la ilusión funcionó.







