ログインCapítulo 35AdrianNo he dormido en toda la noche. Tumbado en el sofá del salón de Eva, con los ojos fijos en el techo, pasé horas dando vueltas en mi cabeza a las palabras de mi padre, buscando incoherencias, fisuras, pruebas de su mentira. Pero no encontré nada, nada más que la angustia que me corroe y el miedo que me oprime. Lina, mi hermana. Lina, mi amor. Lina, mi prohibida. Estas palabras danzan en mi cabeza como pesadillas, y cada vez que cierro los ojos, veo su rostro devastado, sus lágrimas, su voz rota que me suplicaba que no la tocara.Al amanecer, hago las llamadas necesarias. Un laboratorio privado, discreto, que debe al grupo Kessler servicios pasados y que no hará preguntas. Un médico que vendrá a hacer las extracciones a domicilio, sin papeleo, sin testigos, sin rastros. Los resultados estarán disponibles en unos días, uno
Capítulo 34AdrianDesde hace tres días, se niega a verme. No responde a mis llamadas, no responde a mis mensajes, no abre la puerta del apartamento de Eva cuando voy a llamar. Su compañera de piso me lanza miradas negras y me cierra la puerta en las narices, diciéndome que Lina no quiere ver a nadie, sobre todo a mí. Sobre todo a mí. Esas palabras son cuchillas que se hunden en mi pecho, y cada hora que pasa sin noticias de ella es una tortura que me consume.Algo ha pasado. Algo grave. La última vez que la vi, en ese callejón, lloraba en mis brazos y me decía que no podía odiarme. Hoy, se niega a hablarme, a verme, a existir en el mismo mundo que yo. Y esta ausencia repentina, este silencio brutal, me llenan de un terror que nunca había sentido. Mi padre. ¿Ha pasado mi padre a la acción? ¿La ha amenazado, herido, secuestra
Capítulo 33LinaLa invitación llega una mañana gris, mientras la lluvia golpea contra los cristales del apartamento de Eva y yo todavía no he encontrado la fuerza para volver a Kessler. Es un cartón blanco, sobrio, grabado en oro fino, que lleva el escudo familiar de los Kessler y estas pocas palabras trazadas con una escritura fina y afilada que empiezo a reconocer: “Señorita Varel, la espero mañana a las tres en el manor. El coche pasará a recogerla. No llegue tarde. — Viktor Kessler.” Ninguna fórmula de cortesía, ninguna explicación, ninguna escapatoria. Solo una orden disfrazada de invitación, como todo lo que los Kessler saben hacer.Eva me suplica que no vaya. Me dice que es una trampa, que ese hombre es peligroso, que debería llamar a Adrian, pedirle ayuda, avisarle al menos. Pero no puedo. Adrian me pidi&
Capítulo 32LinaLos días que siguen a la confesión de Adrian en el callejón son una niebla de dolor y confusión. No he vuelto a Kessler, incapaz de afrontar su mirada glacial después de haber visto al hombre roto que se escondía detrás, incapaz de representar la comedia de la empleada humillada cuando ahora sé que todo eso no es más que una mascarada para protegerme. He llamado a Madame Delcourt para pretextar una baja por enfermedad, y me quedo encerrada en el apartamento de Eva, dando vueltas, rumiando, buscando una solución que no existe.Es entonces cuando recibo una llamada. Un número desconocido, una voz grave y profesional que se presenta como la de un detective privado. Se llama Monsieur Morel, trabaja en un caso antiguo, y tiene informaciones que podrían interesarme. Informaciones relativas a mi madre.
Capítulo 31AdrianLa arrastro lejos del café, lejos de Matteo Lamberti y de su sonrisa de depredador, lejos de las miradas curiosas de los transeúntes que se giran a nuestro paso. Mi mano aprieta su brazo más fuerte de lo que quisiera, y siento su resistencia, su cólera, su confusión. No comprende lo que me ha pasado, no comprende que haya surgido de la nada para sustraerla a ese hombre como un ladrón arranca una joya de las manos de un rival. No comprende, y es mejor así. Si comprendiera, si supiera la verdad, querría quedarse, querría luchar, y ese combate la mataría.—¡Suélteme, Adrian! —dice forcejeando—. ¡Me hace daño!La suelto al instante, como si su piel me hubiera quemado. Estamos en un callejón desierto, apartado del bulevar, y el silencio que nos rodea es opresiv
Capítulo 30MatteoLa vislumbro de lejos, sentada sola en la terraza de un café, con los ojos perdidos en el vacío, las manos apretadas alrededor de una taza que se ha enfriado hace mucho. Lina Varel. La mujer que bailó conmigo en la gala Kessler, la que despertó en mí una curiosidad que no había sentido en años, la que el Director Glacial me arrancó de los brazos con una posesividad que decía mucho de sus sentimientos. Desde esa noche, no he dejado de pensar en ella, en su mirada avellana, en su sonrisa triste, en esa fragilidad que esconde bajo una armadura de determinación. Y hoy, al verla tan sola, tan abatida, siento una cólera subir en mí, una cólera dirigida contra Adrian Kessler, contra ese hombre que no merece a la mujer que tiene ante sus ojos y que se obstina en destruirla.Bajo de mi coche, un Alfa Romeo rojo que desentona con el decorado gris de esta tarde, y cruzo la calle para acercarme a su mesa. No me ve llegar, demasiado absorta en sus pensamientos, y cuando mi sombr







