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Diez años. Ese es el tiempo exacto que llevo ocupando espacio en este planeta, y si hay algo que he aprendido en las últimas veinticuatro horas es que el destino no solo tiene un sentido del humor macabro — le gusta ensañarse. Estoy, en este preciso instante, apretujada en el asiento trasero de un Fiat cayéndose a pedazos que huele a una mezcla tóxica de moho, gasolina con aditivos y el perfume barato de lavanda de mi tía Clotilde. ¿El destino? Un pueblecito perdido en las montañas del interior de Sicilia, un lugar tan olvidado por el mapa que el concepto de civilización parece haber sido abolido en la Edad Media. Hasta la semana pasada, mi vida era perfectamente predecible. Tenía una habitación con papel pintado de colores, panqueques con jarabe de arce los domingos y padres que me querían más que a nada en el mundo. ¿Ahora? Cero. Mis padres desaparecieron del mapa. Literalmente. Mis tíos decidieron adoptar la táctica más cobarde de la pedagogía moderna: el silencio absoluto. Actúan como si el tema "mis padres" fuera una enfermedad contagiosa. Mis únicos recuerdos de aquel día son un borrón digno de una película de suspense psicológico con presupuesto desbordado. Recuerdo la lluvia cayendo en capas gruesas contra el parabrisas, rostros desconocidos retorciéndose en un llanto silencioso en las aceras y camiones rojos inmensos rasgando la noche. Las sirenas no parecían sonidos de emergencia; sonaban como heridas abiertas en el aire, aullando que mi mundo tal como lo conocía se había acabado. Nadie me dice nada, pero el aire carga ese peso denso y asfixiante de cuando algo se rompió en mil pedazos y no existe pegamento en el mundo capaz de arreglarlo. Cuando el coche finalmente reduce la velocidad frente a mi nueva "residencia", trago saliva. La construcción de piedra envejecida y musgo parece un castillo de película de terror gótico-cutre. Las ventanas son tan estrechas y oscuras que parecen ojos desconfiados mirándome fijamente, juzgando mi presencia allí antes incluso de que ponga los pies fuera del vehículo. — Llegamos — anuncia la tía Clotilde, sin molestarse en girar el cuello para mirarme por el retrovisor. Su voz tiene la agradable textura de una lija gruesa frotada contra madera seca. — Sin dramas, Sofia. No tengo paciencia para berrinches de niña mimada. Aquí se trabaja. Ayudas en la casa, mantienes la boca cerrada y le das gracias a Dios todas las noches por no haber ido a parar a un orfanato público. Sigo a la pareja hacia el interior de la casa, arrastrando los pies. Mi "nueva habitación" es, en realidad, un trastero de herramientas gourmetizado. El espacio es tan ridículamente reducido que, si estornudo un poco más fuerte, corro el riesgo real de golpearme la frente contra la pared opuesta. Solo cabe una cama de hierro oxidado — cuyo colchón tiene la densidad de un bloque de hormigón — y un baúl antiguo en la esquina, cubierto por una capa de polvo de la época del Imperio Romano. Acomodo mis únicas pertenencias sobre esa madera carcomida: dos mudas de ropa desgastadas, un peine de plástico rosa con la mitad de los dientes rotos y mi muñeca de trapo. La muñeca que mi padre me regaló en mi octavo cumpleaños. Ella es, oficialmente, mi único escudo contra la bancarrota emocional completa. — ¡Sofia! ¡La mesa! ¡Ahora! — el grito de mi tía atraviesa el pasillo de piedra como un latigazo bien dado. Corro a la cocina, dispuesta a ser la huésped modelo para evitar cualquier pretexto para ser enviada al primer reformatorio de Europa. Cojo la pila de platos de cerámica pesada sobre la encimera, pero mis manos deciden convertirse en gelatina. El pánico y el cansancio son pésimos asistentes para la coordinación motora. En un segundo de pura física cruel, la gravedad gana la disputa. El sonido de la vajilla estrellándose contra el suelo de cerámica suena como una orquesta de desastres. Fragmentos blancos vuelan hacia todos lados. Maldita gravedad. Mil veces maldita. Antes de que pueda formular una disculpa, siento el impacto seco en mi mejilla izquierda. Un chasquido estruendoso. Mi cabeza gira hacia un lado y mi piel entra en combustión instantánea. El dolor late como un motor desbocado. — ¡Desquiciada! ¡Incompetente! — la tía Clotilde vocifera, a centímetros de mi rostro. Sus ojos están inflamados de pura furia y las venas de su cuello saltan como cuerdas tensadas. — Si quieres vivir bajo mi techo, lo mínimo que haces es fingir que no existes. No voy a tolerar desastres e incompetencia bajo mi responsabilidad. Si te sales de la raya otra vez, te aseguro que encontrarás un destino mucho más desagradable que la pérdida de tus padres. Mi mejilla arde. Mis padres nunca, en diez años, levantaron la mano contra mí. Cuando rompía algo en casa, mi padre inventaba un chiste ridículo para hacerme reír y mi madre me ayudaba a recoger los fragmentos sin dramas. ¿Aquí? Aparentemente, romper la vajilla es un delito castigado con pena capital. Limpio una lágrima rebelde antes de que tenga la audacia de deslizarse y me siento en la mesa, tragándome el nudo del tamaño de una granada en la garganta.Dominic: La Virgen Y El Multimillonario CEO Obcessivo A los 22 años, Stella Blake solo quería una oportunidad. Con su madre enferma, las cuentas acumulándose y un currículum que nadie quería mirar, acepta cualquier trabajo que aparezca. Incluso un puesto humilde de asistente en una gigante de tecnología. Lo que no esperaba era entrar en la sala equivocada, en el momento equivocado… y salir de allí comprometida con el hombre más odiado y deseado del país. Dominic Scott es todo lo que Stella debería odiar: heredero arrogante, CEO de una fortuna construida sobre la sangre de sus padres, y famoso por cambiar de mujer como quien cambia de camisa. Desde el accidente que mató a sus padres, se enterró en contratos, whisky caro y cuerpos vacíos, convencido de que el amor es una debilidad que ya no puede permitirse tener. Pero la abuela de Dominic está a punto de quitarle todo. Lo obliga a casarse en seis meses, o perderá el control de la empresa. Desesperado, le hace una propuesta absur
Dominic: La Virgen Y El Multimillonario CEO Obcessivo A los 22 años, Stella Blake solo quería una oportunidad. Con su madre enferma, las cuentas acumulándose y un currículum que nadie quería mirar, acepta cualquier trabajo que aparezca. Incluso un puesto humilde de asistente en una gigante de tecnología. Lo que no esperaba era entrar en la sala equivocada, en el momento equivocado… y salir de allí comprometida con el hombre más odiado y deseado del país. Dominic Scott es todo lo que Stella debería odiar: heredero arrogante, CEO de una fortuna construida sobre la sangre de sus padres, y famoso por cambiar de mujer como quien cambia de camisa. Desde el accidente que mató a sus padres, se enterró en contratos, whisky caro y cuerpos vacíos, convencido de que el amor es una debilidad que ya no puede permitirse tener. Pero la abuela de Dominic está a punto de quitarle todo. Lo obliga a casarse en seis meses, o perderá el control de la empresa. Desesperado, le hace una propuesta absur
Dominic: La Virgen Y El Multimillonario CEO Obcessivo A los 22 años, Stella Blake solo quería una oportunidad. Con su madre enferma, las cuentas acumulándose y un currículum que nadie quería mirar, acepta cualquier trabajo que aparezca. Incluso un puesto humilde de asistente en una gigante de tecnología. Lo que no esperaba era entrar en la sala equivocada, en el momento equivocado… y salir de allí comprometida con el hombre más odiado y deseado del país. Dominic Scott es todo lo que Stella debería odiar: heredero arrogante, CEO de una fortuna construida sobre la sangre de sus padres, y famoso por cambiar de mujer como quien cambia de camisa. Desde el accidente que mató a sus padres, se enterró en contratos, whisky caro y cuerpos vacíos, convencido de que el amor es una debilidad que ya no puede permitirse tener. Pero la abuela de Dominic está a punto de quitarle todo. Lo obliga a casarse en seis meses, o perderá el control de la empresa. Desesperado, le hace una propuesta absur
Dominic: La Virgen Y El Multimillonario CEO Obcessivo A los 22 años, Stella Blake solo quería una oportunidad. Con su madre enferma, las cuentas acumulándose y un currículum que nadie quería mirar, acepta cualquier trabajo que aparezca. Incluso un puesto humilde de asistente en una gigante de tecnología. Lo que no esperaba era entrar en la sala equivocada, en el momento equivocado… y salir de allí comprometida con el hombre más odiado y deseado del país. Dominic Scott es todo lo que Stella debería odiar: heredero arrogante, CEO de una fortuna construida sobre la sangre de sus padres, y famoso por cambiar de mujer como quien cambia de camisa. Desde el accidente que mató a sus padres, se enterró en contratos, whisky caro y cuerpos vacíos, convencido de que el amor es una debilidad que ya no puede permitirse tener. Pero la abuela de Dominic está a punto de quitarle todo. Lo obliga a casarse en seis meses, o perderá el control de la empresa. Desesperado, le hace una propuesta absur
Dominic: La Virgen Y El Multimillonario CEO Obcessivo A los 22 años, Stella Blake solo quería una oportunidad. Con su madre enferma, las cuentas acumulándose y un currículum que nadie quería mirar, acepta cualquier trabajo que aparezca. Incluso un puesto humilde de asistente en una gigante de tecnología. Lo que no esperaba era entrar en la sala equivocada, en el momento equivocado… y salir de allí comprometida con el hombre más odiado y deseado del país. Dominic Scott es todo lo que Stella debería odiar: heredero arrogante, CEO de una fortuna construida sobre la sangre de sus padres, y famoso por cambiar de mujer como quien cambia de camisa. Desde el accidente que mató a sus padres, se enterró en contratos, whisky caro y cuerpos vacíos, convencido de que el amor es una debilidad que ya no puede permitirse tener. Pero la abuela de Dominic está a punto de quitarle todo. Lo obliga a casarse en seis meses, o perderá el control de la empresa. Desesperado, le hace una propuesta absur
Sujeto su rostro, apoyo mi boca en la de ella y beso sus labios dulces, calmo, demorado, mientras ella se cuelga de mí, apoyándose en la punta de los pies para alcanzar mi cuello. De repente, siento dos manos pesadas golpear en mi espalda.— ¡Oye, peón, suelta a la mujer un poco! —Dmitri aparece de la nada, riendo, empujándome con ese modo de él.Él va hasta Annalise, toma a la niña en brazos y gira en el aire, mientras ella gargalja, pareciendo una muñequita de porcelana. Me quedo mirando aquella escena, medio quieto, medio pensativo...— Sabes que... —mi mano aprieta más la cintura de mi golondrina— yo quería tener una niñita también... para hacer marcación cerrada, no iba a dejar que ningún macho se acercara a ella.Sofia sujeta mi mano, aprieta con cariño, y sonríe mirando en mis ojos.— Solo no te olvides del pañal, ¿eh...?— Eita... —arqueo la ceja, conteniendo una risa—. ¿Por qué? ¿Estás queriendo decir qué, mujer?Ella da un paso atrás, riendo, y cuando percibo... su mano va d







