เข้าสู่ระบบAntes de que pueda esquivarla, sus manos se enganchan en mi pelo y me tiran hacia abajo con furia. Mi cuero cabelludo parece que va a desgarrarse por completo. Pierdo el equilibrio y caigo de rodillas sobre el suelo repleto de fragmentos de vidrio y cerámica.
— ¡Desgraciada! — vocifera, montándose sobre mi vientre y usando su propio peso para inmovilizarme contra el suelo. Empieza a propinarme bofetadas furiosas y desordenadas contra mi rostro y mis hombros. Intento defenderme, levantando los brazos, pero su posición es superior. Cada bofetada y cada tirón de pelo me hacen soltar pequeños gemidos de dolor ahogados. — ¡No tienes derecho a abrir la boca para hablar de mi matrimonio! — grita, propinándome una bofetada tan violenta en la oreja derecha que mi cabeza zumba como una colmena. — ¡No eres nada! ¡Eres una parásita! ¡Una puta insignificante que vive a mi costa! Intento forcejear, intento empujarla, pero el cansancio acumulado de años y el shock de la agresión paralizan mis músculos. En un último tirón violento, Clotilde rasga el tirante izquierdo de mi vestido florido, exponiendo mi hombro y parte de mi seno derecho al aire frío de la sala. Se detiene un segundo, jadeando pesadamente sobre mí, mirándome con los ojos rebosantes de desprecio. — Si te atreves a contarle a Enrique que he puesto la mano sobre ti, o si intentas dar otro de tus numeritos de víctima para él... te juro por Dios que acabo con tu raza, Sofia. Te pongo en la calle de la amargura sin un céntimo y con la cara rota. ¿¡Entendido?! Se levanta de encima de mí con un empujón final, arreglándose la ropa con la elegancia asombrosa de quien acaba de tomar una taza de té. No me mira más. Simplemente da la vuelta a los fragmentos esparcidos por la sala y camina hacia el baño. — Ve a ducharte para quitar ese olor a suciedad del cuerpo. Y limpia este desastre antes de que vuelva — ordena desde el pasillo, la voz de nuevo plana, gélida e indiferente. La puerta del baño se cierra y el sonido de la ducha encendiéndose resuena por la casa. Me quedo tumbada de lado en el suelo frío de cerámica, los brazos cruzados sobre el pecho para cubrir el vestido rasgado. Las lágrimas finalmente caen sin control, calientes, amargas y pesadas, derramándose sobre los fragmentos rotos a mi alrededor. Estoy destruida. Todo mi cuerpo duele. Mi mejilla late, mi rodilla está cortada por un fragmento de vidrio y mi cuero cabelludo arde. Pero el dolor físico no es nada comparado con el abismo en mi pecho. Mamá... papá... por favor... sáquenme de aquí. El pensamiento llega como una plegaria desesperada e infantil hacia la nada. Siento una nostalgia tan abrumadora por mis padres que la sensación es de estar asfixiándome en aire enrarecido. Recuerdo el olor del perfume de vainilla de mi madre, los chistes tontos de mi padre en la mesa del desayuno, la sensación de estar absolutamente segura entre dos brazos que me querían. ¿Aquí? Solo soy una presa. Un blanco de agresión. Una sombra que molesta. Tardo unos diez minutos en conseguir arrastrarme del suelo. Reúno los últimos pedazos de mi orgullo hecho jirones y me levanto despacio. Hago un nudo improvisado en el tirante rasgado del vestido para cubrir mi cuerpo y me miro en el pequeño espejo colgado en el pasillo. El reflejo me devuelve la imagen de una chica con los ojos rojos, el labio cortado y una marca morada emergiendo en la mejilla izquierda. Pero, bajo la capa de dolor y pavor, veo algo nuevo surgiendo en el fondo de mis iris. Una chispa oscura. Mañana cumplo diecinueve años. Ya no soy la niña de diez años que lloraba en el rincón del trastero mientras ellos gritaban. Mañana, mi vida empieza a cambiar. Aunque tenga que prender fuego a esta casa con los dos dentro.— Tu nariz. ¿De dónde que yo quiero tiempo? Amorcito, solo la muerte para cortar nuestro lazo.— Ya que estamos conversados y aprovechando la oportunidad: Davi Montenegro, yo perdoné todo. Todo mismo. Quedó todo en el pasado, y ahora va a ser una nueva vida. Si yo agarro, si yo sueño con alguna traición de tu parte, puedes olvidarme, yo me voy con mis hijos y no vuelvo más.— Sí, señora. A propósito, tú sabes que Bruninho se queda conmigo siempre.— No, él es mi hijo. ¿Tienes coraje de quitármelo?Ajá, ajá, Alice... Tú nunca vas a liberarte de mi dominio, nunca vas a ser libre. Yo voy a dejarla a gusto, ver cómo se comporta. Bruninho es mi arma ahora, necesito hacerle la cabecita a mi favor. Siempre la tengo en mis manos. Ella me mira seria, yo doy una sonrisa y paso la mano en su rostro lindo.— Mi amor, ustedes tres son lo que yo tengo de más sagrado. Y no me quedo sin ninguno. Tú no vas a quedarte sin Bruninho, porque yo no voy a quedarme sin ti, ni sin mi Moranguito. Ustedes son
Sujeto su rostro, apoyo mi boca en la de ella y beso sus labios dulces, calmo, demorado, mientras ella se cuelga de mí, apoyándose en la punta de los pies para alcanzar mi cuello. De repente, siento dos manos pesadas golpear en mi espalda.— ¡Oye, peón, suelta a la mujer un poco! —Dmitri aparece de la nada, riendo, empujándome con ese modo de él.Él va hasta Annalise, toma a la niña en brazos y gira en el aire, mientras ella gargalja, pareciendo una muñequita de porcelana. Me quedo mirando aquella escena, medio quieto, medio pensativo...— Sabes que... —mi mano aprieta más la cintura de mi golondrina— yo quería tener una niñita también... para hacer marcación cerrada, no iba a dejar que ningún macho se acercara a ella.Sofia sujeta mi mano, aprieta con cariño, y sonríe mirando en mis ojos.— Solo no te olvides del pañal, ¿eh...?— Eita... —arqueo la ceja, conteniendo una risa—. ¿Por qué? ¿Estás queriendo decir qué, mujer?Ella da un paso atrás, riendo, y cuando percibo... su mano va d
Preparo derechito, ajusto la silla, reviso todo unas tres veces. Después, levanto a Arthuro y lo pongo encima del caballo.— ¿Estás seguro ahí? —pregunto, sujetando firme la cincha de él.— ¡Estoy, padre! ¡Anda luego! —él balancea las piernitas, emocionado.Jalo las riendas y comienzo a andar bien despacio, guiando al caballo con calma. El niño está riendo, mirando todo con esa mirada curiosa, como si fuera la primera vez que ve el mundo. Camino por la hacienda hasta llegar debajo de un árbol grande, rodeado de flores coloridas.— Padre... —él me llama, con esa vocecita dulce— quiero llevar unas flores a mamá.— Entonces toma, pues... —sonrío, agachándome y jalando algunas para él—. A mujer le gustan esas cosas... Y ella va a amar saber que fuiste tú quien las tomó.Lo bajo de encima del caballo con cuidado, sujetando firme para que no resbale. Apenas sus piececitos tocan el suelo, él ya sale apresurado, agachándose, tomando flor de aquí, otra de allá, y cuando percibo... está con los
— Tiene sentido... pero hasta me parece bonito él todo sucio de tierra, es raíz, es de crianza.Annalise alza la cabeza, acomoda su tiarrilla y habla, toda metida, con ese acentito lindo que no sacó de Isabella:— A mí no me gusta el caballo, el caballo apesta.Arthuro se gira hacia ella con la cara más indignada del mundo.— ¡No apesta, no! ¡Apesta más tu muñeca vieja que se queda tirada en el rincón! —cruza los brazos, bufando—. ¡Y tú tienes miedo, eso sí!— ¡No tengo no! —ella replica, golpeando el piececito.— ¡Tienes sí! —él responde—. ¡Tú eres miedosa, y yo soy granjero igual que mi padre!— ¡Yo soy una señorita de clase! —Annalise empina la nariz, acomoda la falda y cruza los brazos—. ¡Y no un niño sucio de barro!— ¡Y yo soy un hombre de verdad, pues! —Arthuro replica, golpeando la mano en el pecho—. ¡Y hombre de verdad no tiene remilgos, pisa en el lodo, sube al caballo y enfrenta hasta buey bravo si hace falta!— ¡Qué asco! —ella pone los ojos en blanco, tirando los cabellos
Cumple el protocolo derechito, igual que aprendió conmigo.— Estás grandote, ¿eh, muchachito...? —Diogo habla, apretando la mano de él con esa sonrisota—. Eita que es la cara de tu padre, misericordia. Ahora... ¿será que el genio es el mismo también?Doy una risa, acomodando mi sombrero.— Si no es peor, ya estoy en la ganancia. —niego con la cabeza, cruzando los brazos—. Pero te digo... creo que es peor, ¿eh.— Padre... —Arthuro me codea, frunciendo la frente—. Dijiste que me ibas a dejar andar a caballo.Lo miro conteniendo la risa.— Y dije correcto... solo que tienes que pedirle a tu madre. Ve allá, mi peoncito, corre.Él pone los ojos en blanco, cruza los brazos por un segundo, pero enseguida dispara corriendo hecho un cabritillo desgobernado, en dirección al caserón. Solo percibo que estoy sonriendo cuando siento la mejilla repujar. Respiro hondo, acomodo de nuevo el sombrero y vuelvo a encarar a Diogo. La vida cambió, cambió mucho... pero estar aquí, en este olor de pasto, de m
Cruz credo... hasta había olvidado que el olor aquí era tan fuerte así. Olor de heno mojado, de estiércol, de caballo... de hacienda, pues. Y pensar que yo viví mi vida entera en ese olor y ahora hasta me extraña. Siete años... siete años sin vivir esto aquí de verdad.— Padre... —la voz del pequeño viene bajita, mirando a los caballos allá al fondo—. ¿Puedo andar a caballo?— Por mí puedes. —respondo, acomodando el sombrero en la cabeza—. Pero tienes que pedirle a tu madre, ¿eh? Ella te arregló todo para venir aquí, limpiecito, bonito. Si ella te ve todo sucio, quien recibe soy yo.Él cruzó los brazos, emburrado, frunciendo esa frente igualita a la mía.— Ya dije que ella está ocupada... —bufa—. Está allá escribiendo, tomando café con la tía Isabella y con Annalise, aquella metida.Alzo la ceja, conteniendo la risa.— ¿Y ella no te está dando atención, es eso?— Estaba... —responde, pateando unas pajas en el suelo—. Pero del modo equivocado. No quiero quedarme allá dentro tomando lec







