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Capítulo 2. Reencuentro del pasado.

Author: Isabella
last update publish date: 2025-04-17 10:43:16

Capítulo 2.

Retazos del Pasado.

Gildris observa el maletín de cuero oscuro sobre el mostrador de madera carcomida de la floristería. El dinero, ordenado en fajos asépticos, parece emitir un calor radiactivo que la quema por dentro. Por un segundo, su mente proyecta una imagen de libertad: las facturas pagadas, el tratamiento de diálisis iniciado, el peso de la casa esfumándose. Pero la realidad la golpea de inmediato con la fuerza de un naufragio. Es una locura, una trampa vestida de seda.

—Lo siento, pero no puedo —dice Gildris, su voz apenas un susurro firme mientras empuja el maletín de vuelta hacia su prima—. Esto no es una solución, Brittney. Es un delito. Si nos descubren, no solo perderé el dinero, sino que terminaré en prisión, y mi madre… mi madre morirá sola porque no estaré para cuidarla.

Brittney enarca una ceja con una elegancia gélida, su rostro es una máscara de incredulidad y desprecio.

—¿Es broma? Tienes la llave de tu salvación frente a ti, Gildris. Puedes resolver en un par de semanas lo que te tomaría décadas de esclavitud en este pueblo polvoriento, ¿y te atreves a rechazarlo por un escrúpulo moral? —Brittney suelta una risa seca, desprovista de humor—. El mundo real no premia la honestidad, premia la audacia.

—Prefiero intentar resolver las cosas por mi cuenta, sin mentiras de por medio —insiste Gildris, aunque sus manos tiemblan ligeramente bajo el mostrador.

—Eso no pasará —sentencia Brittney, ajustándose los guantes—. Tengo poder ahora, contactos, recursos. Te aseguro que es la mejor oportunidad que tendrás en tu miserable vida. ¿O es que acaso prefieres ver morir a mi tía por puro orgullo?

—Si tanto te importa tu tía, ¿por qué no la ayudas sin pedir nada a cambio? —estalla Gildris con una frialdad que sorprende incluso a Brittney.

La mujer se queda en silencio un segundo, sus ojos miel destellando con una chispa de irritación.

—Lo hago, pero tú te niegas a cooperar. ¿Sabes qué? Piénsalo. —Brittney saca una pequeña libreta, arranca una hoja tras garabatear un número y la deja sobre el mostrador—. Te daré hasta mañana. Llámame si dejas de ser tan terca y decides salvar a tu madre.

Sin esperar respuesta, Brittney se coloca sus gafas de sol oscuras, ocultando su mirada calculadora. Sale de la tienda con paso firme, sube a su lujoso auto negro que brilla bajo el sol pálido de Minnesota y se marcha sin mirar atrás. Gildris se queda sola, rodeada del olor a flores marchitas y un mal presentimiento que se le enrosca en el estómago como una serpiente. Conoce a su prima. Brittney siempre consigue lo que quiere; si no fue por las buenas, encontrará la manera de mover las piezas del tablero hasta que Gildris no tenga más opción que claudicar.

Las Sombras del Ayer

El parecido entre ambas no era una casualidad, sino un capricho genético. Hace veinticinco años, dos hermanas gemelas planificaron sus embarazos para dar a luz casi al unísono. Brittney nació apenas dos semanas antes que Gildris, y desde el primer llanto, fueron el reflejo exacto la una de la otra.

A sus veinticinco años actuales, las diferencias seguían siendo mínimas para el ojo desprevenido. Brittney, con sus 1.70 metros de estatura, poseía una tez canela impecable y esos ojos color miel heredados de su estirpe. Su cabello negro, liso como la seda, siempre caía con una perfección artificial. Gildris, por su parte, medía 1.69 metros —un centímetro de diferencia que desaparecía con cualquier calzado—, compartía la misma piel tostada, los mismos ojos cálidos y la misma nariz respingada. Sin embargo, su cabello era de un castaño oscuro y ondulado, una melena rebelde que reflejaba su espíritu más indómito pero hogareño.

Durante su juventud, esas similitudes fueron la herramienta favorita de Brittney. Ella era la que necesitaba ayuda para sobresalir, la que prefería el libertinaje y las fiestas mientras Gildris estudiaba. Brittney obligaba a su prima a intercambiarse en los exámenes de la secundaria y la universidad, siguiendo la misma carrera solo para que Gildris pudiera cubrir sus huellas. Mientras una vivía para la responsabilidad, la otra vivía para la apariencia.

Tras la muerte de los padres de Brittney y el abandono del padre de Gildris, Carlota —la madre de Gildris— las crió a ambas como hermanas. Crecieron juntas en una simbiosis extraña, hasta que una oferta de empleo en Los Ángeles golpeó a su puerta. Era el sueño de Gildris: una posición administrativa en una gran corporación. Pero la salud de Carlota empezaba a flaquear, y Gildris, incapaz de abandonar a la mujer que lo había dado todo por ella, rechazó la oportunidad.

Brittney no tuvo tales dudas. Con una sed de poder que rozaba la ambición patológica, tomó los documentos, la identidad y el impulso de su prima y se marchó a California. Allí, bajo el cielo de Los Ángeles, ascendió rápidamente como asistente de un magnate, un CEO que cayó rendido ante su supuesta inteligencia y dulzura —atributos que Brittney había copiado de Gildris—. Se casó con él, se convirtió en una mujer de la alta sociedad y borró su pasado de un plumazo, convenciendo a su nuevo entorno de que era una huérfana solitaria sin lazos en el mundo. Pero para Brittney, la opulencia nunca era suficiente. Siempre quería más.

El Peso de la Realidad

Al caer la tarde, Gildris regresa a casa. El ambiente es pesado, cargado con el olor a humedad y enfermedad. Una vecina se retira al verla llegar, dejando a Gildris a solas con su madre, quien yace en la cama, pálida y frágil.

—Gil… —la voz de Carlota es apenas un susurro quebrado.

—Ya estoy aquí, mamá. Traje un poco de sopa de pollo que me dio la señora Carmen; esto te dará fuerzas —dice Gildris, forzando una nota de optimismo mientras ayuda a su madre a incorporarse.

Carlota sufre cada movimiento. Diagnosticada con una osteoporosis agresiva, sus huesos parecen de cristal. A eso se le suma una insuficiencia cardíaca y una retención de líquidos que hincha sus tobillos, recordándole constantemente que su cuerpo le está fallando.

—¿Cómo te fue en la floristería, hija? —pregunta Carlota, mientras Gildris le acerca la cuchara a los labios.

—Muy bien, mamá. No te preocupes. Tengo pedidos para San Valentín y la señora Rita me dará trabajo extra de costura. Saldremos adelante, lo prometo. Come un poco más.

Gildris miente con la destreza de quien ama demasiado. No menciona el embargo, ni el diagnóstico del hospital, ni la visita de la prima que las olvidó hace años. Sin embargo, tras alimentar a su madre y ayudarla a tomar un baño tibio en la tina, Carlota suelta la bomba que ha estado reteniendo.

—Brittney estuvo aquí hoy —dice Carlota. Gildris siente que el aire se escapa de sus pulmones, pero mantiene el rostro impasible mientras sostiene la toalla.

—¿Vino a verte? Qué detalle —responde con ironía.

—Me habló de una oportunidad de trabajo para ti, Gildris. En la empresa de su esposo en Los Ángeles. Dijo que es una vacante temporal, que pagan una fortuna y que solo serían unas semanas.

Gildris aprieta la toalla entre sus manos, sus nudillos tornándose blancos.

—Era de esperarse que viniera a buscarte para convencerme. Todo este tiempo nos ignoró, mamá. No nos invitó a su boda, no conocemos a su marido, y estoy segura de que ese hombre ni siquiera sabe que existimos. ¿Cómo voy a aceptar algo de ella? ¿Quién cuidará de ti? ¿Quién verá la floristería?

—Ella prometió un bono adelantado, Gildris —insiste Carlota, sus ojos brillando con una mezcla de esperanza y culpa—. Dijo que pagaría a una enfermera privada de tiempo completo para que se quede conmigo. Hija, ya dejaste escapar una oportunidad una vez por mi culpa. Mira a Brittney, ella es millonaria ahora. Quizás esta es la forma en que el destino te devuelve lo que perdiste.

—No voy a dejarte sola, mamá —dice Gildris tajante, ayudándola a salir de la bañera—. Puedo mantenerme con la costura. Ya repartí mi currículum en otras empresas de la zona. Los Ángeles es un mundo que no me pertenece.

Carlota se queda en silencio mientras su hija la viste, pero su corazón está roto. Se siente como una cadena de hierro alrededor del cuello de su hija, asfixiando su futuro. El remordimiento la consume; siente que si Gildris no se hubiera quedado a su lado, hoy sería ella quien brillaría en las portadas de las revistas y no Brittney. Ese dolor moral, sumado a sus dolencias físicas, se convierte en una presión insoportable en su pecho.

—¡Ah! —un grito de agonía escapa de los labios de Carlota. Se lleva las manos al centro del pecho, su rostro se contrae en una mueca de puro horror.

—¿Mamá? ¿Qué pasa? —Gildris se lanza hacia ella, sujetándola por los hombros.

—Estoy bi… ¡Ah! —Carlota no termina la frase. Sus ojos se ponen en blanco y su cuerpo se desploma, convirtiéndose en un peso muerto en los brazos de su hija.

—¡Mamá! ¡Mamá, despierta! —grita Gildris, el pánico estallando en su pecho como una granada.

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Comments (8)
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Paula Almonacid
obvio Brittany iría donde la tía así manipular a su prima y q no se niegue
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hebracor
hijole!! Le dió un soponcio a carlota, espero q no sea grave, xq sino de nada sirve q se haga pasar x la prima.
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hebracor
que desgraciada es brit, manipuladora desde siempre, mentirosa, desleal, y todo lo malo del mundo!! jejejeje
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