Me casé con el hombre que debía odiar

Me casé con el hombre que debía odiar

last updateTerakhir Diperbarui : 2026-09-01
Oleh:  Isabella RossiBaru saja diperbarui
Bahasa: Spanish
goodnovel12goodnovel
Belum ada penilaian
6Bab
8Dibaca
Baca
Tambahkan

Share:  

Lapor
Ringkasan
Katalog
Pindai kode untuk membaca di Aplikasi

«Él se casó conmigo para vengarse de mi padre. El problema fue que se enamoró de mí antes de descubrir que estaba destruyendo a la familia equivocada». La noche en que Victoria Hale descubre a su prometido acostándose con su hermana, no llora, no hace una escena y tampoco cancela inmediatamente la boda. Hace algo mucho peor. Sale del hotel todavía vestida para su cena de compromiso, entra al primer bar que encuentra y acepta una copa del desconocido sentado a su lado. Solo necesita olvidar durante unas horas que acaba de perder al hombre con quien llevaba siete años y a la hermana en quien había confiado toda su vida. El desconocido se llama Damian Blackwood. Victoria no lo sabe todavía, pero es el hombre que está a punto de destruir a su padre. Damian lleva doce años preparando su venganza contra Richard Hale, el empresario al que culpa de haber arruinado a su familia y provocado la muerte de su padre. Su plan está prácticamente terminado cuando descubre que la mujer abandonada en aquel bar es precisamente la hija de su enemigo. Y entonces encuentra una oportunidad demasiado perfecta para desperdiciarla. —Cásate conmigo. Victoria se ríe. Damian no. Le ofrece un matrimonio de un año, una suma de dinero imposible de rechazar y algo todavía más tentador: los medios para recuperar la empresa que su padre está a punto de perder. Victoria acepta por una única razón. Quiere demostrar que ya nadie volverá a utilizarla. Pero ninguno de los dos conoce toda la verdad. Porque Richard Hale no destruyó a la familia Blackwood. Y la persona que lo hizo lleva doce años asegurándose de que Damian crea que sí.

Lihat lebih banyak

Bab 1

CAPITULO 1

Victoria

Hay momentos en los que una mujer sabe, con absoluta certeza, que está a punto de cometer un error.

Yo lo supe cuando decidí subir al piso veintisiete.

También lo supe cuando rechacé la sugerencia del recepcionista de anunciar mi llegada, y volví a saberlo cuando introduje la tarjeta magnética en la cerradura de la suite y la pequeña luz cambió de rojo a verde.

Tres advertencias, e ignoré las tres porque estaba enamorada o porque era una idiota y a esas alturas todavía no sabía cuál de las dos opciones resultaba más humillante.

La puerta se abrió con un clic discreto y entré sosteniendo una botella de champán en una mano y una pequeña caja de terciopelo azul en la otra.

Sonreía.

Eso es lo peor que recuerdo.

Que sonreía.

Había pasado cuarenta minutos cruzando Manhattan para darle una sorpresa al hombre con quien llevaba siete años. Al día siguiente anunciaríamos oficialmente nuestro compromiso durante una cena organizada por nuestros padres. Habría fotógrafos, empresarios, amigos, demasiadas flores blancas y una cantidad obscena de champán francés.

Todo estaba preparado.

Incluso mi vestido; un Valentino color marfil que mi madre habría considerado demasiado sencillo y que yo había comprado precisamente por esa razón.

A las ocho de la noche del día siguiente, Ethan Montgomery y yo dejaríamos de ser simplemente Victoria Hale y Ethan Montgomery.

Seríamos los futuros señores Montgomery.

Una unión perfecta.

Dos familias perfectas.

Dos empresas destinadas a convertirse en una sola.

Al menos eso decían todos, y yo, estúpidamente, había creído que además nos amábamos.

—¿Ethan?

No obtuve respuesta y cerré la puerta detrás de mí.

La suite estaba casi completamente a oscuras. Solo las luces de la ciudad penetraban a través de los ventanales.

Dejé la botella sobre una mesa y entonces escuché una risa de mujer.

Me quedé quieta. No porque inmediatamente pensara lo peor, porque la mente es mucho más cruel que eso.

Primero busca explicaciones, como una televisión encendida, una llamada telefónica, alguna asistente… cualquier cosa que permita conservar intacta la realidad durante unos segundos más.

Entonces escuché su voz.

—Baja la voz.

Era Ethan, y entonces mi sonrisa desapareció.

Después habló ella.

—¿Por qué? Victoria no vendrá.

El aire abandonó mis pulmones porque conocía esa voz.

La había escuchado toda mi vida cantando horriblemente en el automóvil, quejándose porque yo tomaba prestados sus zapatos, llorando después de su primer desengaño amoroso y riéndose conmigo a las tres de la mañana.

Era mi hermana, Natalie.

No recuerdo haber caminado hasta el dormitorio. Solo recuerdo encontrar la puerta entreabierta y empujarla.

Ethan estaba sentado al borde de la cama, sin camisa.

Natalie estaba detrás de él y vestía la camisa de Ethan.

Solamente su camisa.

Durante unos segundos ninguno habló y la escena tenía algo grotescamente absurdo.

Los tres nos miramos. Yo con mi vestido negro, mis tacones y una caja de terciopelo en la mano, mi prometido medio desnudo y mi hermana prácticamente desnuda.

Podría haber sido una comedia si no hubiese sentido que alguien acababa de introducirme una mano en el pecho y arrancarme algo.

—Victoria...

Ethan se puso de pie.

Levanté una mano.

—No.

Una palabra fue todo lo que conseguí decir.

Natalie palideció.

—Vicky, puedo explicarlo.

La miré.

—No me llames así.

—Por favor.

—No. Me. Llames. Así.

Ethan recogió su camisa del suelo y me pareció particularmente ofensivo que intentara vestirse.

—Victoria, escucha...

Solté una carcajada que no tenía nada de divertido.

—¿Escuchar qué?

—Esto no es lo que parece.

Lo miré. Después miré la cama y luego a mi hermana.

—Ethan, a menos que Natalie haya desarrollado una alergia repentina a los pantalones, creo que es exactamente lo que parece.

Natalie cerró los ojos, mientras Ethan pasó una mano por su cabello, y lo conocía lo suficiente para reconocer el gesto.

Estaba nervioso.

Siete años. Siete años aprendiendo cada pequeño movimiento de ese hombre y de pronto todo aquel conocimiento me pareció inútil.

—Fue un error —dijo.

Miré a Natalie.

—¿Un error?

Ella bajó la mirada.

—Sí.

—¿De cuánto tiempo?

Nadie respondió y sentí un escalofrío.

—¿De cuánto tiempo? —repetí la pregunta.

—Victoria...

—¡¿DE CUÁNTO TIEMPO?!

Natalie dio un pequeño salto y Ethan apretó la mandíbula.

—Cuatro meses.

Algo dentro de mí se rompió. No metafóricamente, porque sentí un dolor seco en mitad del pecho.

Cuatro meses.

Navidad.

El cumpleaños de mi padre.

Nuestra escapada a Aspen.

La cena en casa de Natalie.

Cuatro meses durante los cuales mi hermana había sonreído frente a mí mientras se acostaba con mi prometido.

Me giré hacia ella.

—Estuviste conmigo cuando elegí mi vestido.

Natalie empezó a llorar y eso me enfureció más.

—No llores.

—Lo siento.

—¡No llores!

—Victoria...

—¡Tú estabas conmigo!

La voz se me quebró, odié que ocurriera y odié que pudieran ver cuánto me dolía.

Natalie dio un paso hacia mí, pero retrocedí.

—No me toques.

Se detuvo.

—Yo no quería que pasara.

—¿Durante cuatro meses? Debió ser un accidente muy persistente.

Ethan intervino.

—No la culpes solamente a ella.

Lo miré lentamente.

—¡Qué caballero!

—Yo también soy responsable.

—¿También? —Mi voz salió extrañamente tranquila—. Ethan, eres el hombre que iba a casarse conmigo. Diría que tu participación en este pequeño desastre es bastante relevante.

Se acercó y dijo:

—Podemos solucionarlo.

Y entonces comprendí algo: Él esperaba que lo perdonara, realmente lo esperaba.

Quizás porque durante siete años yo había sido la mujer razonable, la que negociaba, la que comprendía y la que evitaba escenas.

Victoria Hale nunca perdía el control.

Victoria Hale solucionaba problemas.

Ethan extendió una mano.

—Mañana tenemos el anuncio.

Lo miré fijamente.

—¿Eso es lo que te preocupa?

—No dije eso.

—Es lo primero que mencionaste.

—Nuestras familias...

—Que se jodan nuestras familias.

Su expresión cambió, y yo casi sonreí porque nunca me había escuchado hablar así.

—Victoria.

—No habrá anuncio.

—No puedes decidir eso ahora.

Lo miré.

—Acabo de encontrarte acostándote con mi hermana y ¿crees que necesito una reunión de directorio para cancelar nuestra boda?

—Las cosas son más complicadas.

—No. En realidad, acaban de volverse maravillosamente simples.

Me quité el anillo y Ethan palideció.

Era ridículamente hermoso; tres quilates de diamante antiguo y había pertenecido a su abuela.

Durante meses había tenido miedo de perderlo y ahora me quemaba la mano.

Lo dejé sobre la cómoda.

No lo lancé.

No grité.

No rompí nada, y más tarde lamentaría un poco no haberle arrojado la botella de champán a la cabeza.

—Victoria —dijo Natalie.

La miré por última vez.

—Mañana tendrás que explicarle esto a papá.

Se quedó blanca.

Bien. Al menos algo de justicia existía en el universo.

Tomé mi bolso, pero Ethan me siguió.

—Espera… —Continué caminando—. Victoria, maldita sea.

Me sujetó del brazo y me giré.

—Suéltame.

—Tenemos que hablar.

—Ya hablamos.

—Siete años no pueden terminar así.

Lo observé, aquello dolió porque tenía razón.

Siete años no deberían terminar así, pero habían terminado.

—No fui yo quien decidió cómo terminaban.

Se quedó inmóvil, retiré el brazo, y salí.

***

No lloré en el ascensor, ni atravesando el vestíbulo. Tampoco lloré cuando el portero me preguntó si necesitaba un automóvil.

Llegué a la acera, respiré y descubrí que no tenía absolutamente ninguna idea de adónde ir.

No quería volver a casa, ni llamar a mi padre y mucho menos a mi madre. No quería escuchar la voz de ninguna amiga preguntándome qué había ocurrido.

Quería desaparecer durante una hora o quizás dos.

Caminé cinco calles. Mis tacones comenzaron a dolerme, la rabia también y entonces vi un pequeño bar en la esquina.

No era elegante, tampoco miserable. Era simplemente oscuro y perfecto.

Así que entré.

Había poca gente, y elegí un taburete en el extremo de la barra.

—Whisky —pedí.

El camarero arqueó una ceja.

—¿Cuál?

—El que haga olvidar hombres.

—Ese cuesta más.

—Puedo pagarlo.

—No existe. —Una voz masculina habló a mi derecha.

Giré la cabeza y lo vi. Estaba sentado dos lugares más allá, vestía traje negro, camisa blanca sin corbata.

Tenía el cabello oscuro, una mandíbula que parecía diseñada específicamente para intimidar personas y unos ojos grises que me observaban con una calma irritante.

Era atractivo.

No. Atractivo era una palabra insuficiente.

Aquel hombre tenía esa clase de rostro que hacía que una mujer prudente recordara inmediatamente todas las decisiones estúpidas que había jurado no tomar.

—¿Perdón?

Levantó ligeramente su vaso.

—El whisky que hace olvidar hombres no existe.

—¿Experiencia personal?

Una esquina de su boca se elevó.

—No suelo intentar olvidar hombres.

—Qué alivio.

El camarero dejó mi bebida y la tomé.

—Pero conozco bastante bien el whisky —añadió.

—Felicitaciones.

Bebí y ardió.

Perfecto.

El desconocido volvió a mirar su vaso y agradecí que no intentara continuar la conversación.

Dos minutos después fui yo quien habló.

—¿Qué toma?

Me mostró la botella.

—Macallan.

—¿Es bueno?

—Depende de cuánto quieras olvidar.

Lo miré.

Él me miró.

—Mucho.

Hizo una señal al camarero.

—Entonces no le sirvas otro de ese.

Fruncí el ceño.

—¿Disculpe?

—Dale agua.

—No quiero agua.

—Mañana sí.

—¿Siempre da órdenes a desconocidas?

—Solo cuando parecen estar a tres tragos de tomar una decisión que lamentarán.

Me reí de verdad.

Fue una risa pequeña y amarga, pero real.

—Llegó aproximadamente siete años tarde.

Sus ojos se detuvieron en mi mano izquierda, donde la marca pálida donde había estado el anillo seguía visible.

—Ah.

—Sí. Ah.

El camarero colocó agua frente a mí y miré al desconocido.

—Lo odio.

—Al camarero no parece importarle.

—A usted.

—Eso es más razonable.

Bebí el agua principalmente para demostrar que lo hacía porque quería.

—¿Tiene nombre?

—Damian.

Esperé.

—¿Solamente Damian?

—Por esta noche.

—Qué misterioso.

—Tú tampoco me dijiste el tuyo.

—Victoria.

Algo cambió en su mirada por tan poco tiempo que pensé haberlo imaginado.

—Victoria —repitió.

Mi nombre sonó diferente en su voz, más grave, más lento.

—¿Y qué hizo?

Miré mi vaso.

—¿Quién?

—El hombre que quieres olvidar.

—Se acostó con mi hermana.

Damian no reaccionó inmediatamente.

—Eso es poco original.

Lo miré, indignada. Él permaneció completamente serio.

—¿Poco original?

—Si vas a destruir una relación de siete años, al menos podrías esforzarte por hacerlo de una manera creativa.

Una carcajada escapó de mi boca y me cubrí la cara.

—Dios.

—¿Qué?

—No debería estar riéndome.

—No veo ninguna regla que lo prohíba.

—Mañana íbamos a anunciar nuestro compromiso.

Damian dejó el vaso.

—Entonces eligió una noche particularmente eficiente para demostrarte que era un imbécil.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Insensible.

—Yo me jactaría de ser práctico.

—Es prácticamente lo mismo.

—No. —Negó con la cabeza.

Lo estudié porque había algo extraño en él.

No intentaba seducirme, ni me hacía preguntas invasivas. Tampoco fingía compasión y precisamente por eso me resultaba fácil hablar.

—Mi hermana estuvo conmigo cuando compré el vestido.

Su expresión se endureció.

—Eso sí es imperdonable.

—¿El vestido?

—La hermana.

Bajé la mirada.

—Cuatro meses.

—¿Lo sabías?

—Lo descubrí hace cuarenta y siete minutos.

Damian miró su reloj.

—Cuarenta y nueve.

—¿Estás contando?

—Tú empezaste.

Sonreí involuntariamente, pero después sentí ganas de llorar.

Me mordí el labio y Damian lo vio.

No dijo nada, y esa fue, posiblemente, la cosa más amable que alguien había hecho por mí aquella noche.

***

Dos horas después seguíamos hablando.

No sé cómo ocurrió.

Le conté cosas insignificantes como que odiaba las aceitunas, que había estudiado Finanzas porque mi padre esperaba que algún día trabajara con él, que tenía la costumbre horrible de leer el final de las novelas antes de comenzarlas.

No le dije mi apellido y no mencioné Hale Enterprises, porque quería olvidar que era Victoria Hale.

Por una noche quería ser solamente Victoria.

Él habló mucho menos.

Supe que tenía treinta y cinco años, que trabajaba en inversiones, que había vivido en Londres y que no creía demasiado en el matrimonio.

—Conveniente —dije—, considerando mi situación.

—¿Tú sí?

—Hasta hace aproximadamente tres horas.

—¿Y ahora?

Miré mi vaso.

—Ahora creo que dos personas deberían firmar un contrato antes de enamorarse.

Damian sonrió.

—¿Un contrato?

—Claro. Condiciones específicas.

—Te escucho.

Levanté un dedo.

—Cláusula uno: prohibido acostarse con familiares directos.

—Sensata.

—Cláusula dos: si quieres dejar la relación, lo dices.

—Demasiado revolucionaria.

—Cláusula tres... —Me quedé pensando—. Nada de mentiras.

Su sonrisa desapareció, pero fue apenas perceptible.

—Esa sería difícil de cumplir.

—¿Para ti?

—Para cualquiera.

Lo miré.

—Eso sonó sospechoso.

—Soy un hombre sospechoso.

—Al menos eres sincero.

Algo oscuro atravesó sus ojos.

—No estés tan segura.

No supe entonces que aquella había sido la primera advertencia.

Tampilkan Lebih Banyak
Bab Selanjutnya
Unduh

Bab terbaru

Bab Lainnya

To Readers

Bienvenido a Goodnovel mundo de ficción. Si te gusta esta novela, o eres un idealista con la esperanza de explorar un mundo perfecto y convertirte en un autor de novelas originales en online para aumentar los ingresos, puedes unirte a nuestra familia para leer o crear varios tipos de libros, como la novela romántica, la novela épica, la novela de hombres lobo, la novela de fantasía, la novela de historia , etc. Si eres un lector, puedes selecionar las novelas de alta calidad aquí. Si eres un autor, puedes insipirarte para crear obras más brillantes, además, tus obras en nuestra plataforma llamarán más la atención y ganarán más los lectores.


Tidak ada komentar
6 Bab
Jelajahi dan baca novel bagus secara gratis
Akses gratis ke berbagai novel bagus di aplikasi GoodNovel. Unduh buku yang kamu suka dan baca di mana saja & kapan saja.
Baca buku gratis di Aplikasi
Pindai kode untuk membaca di Aplikasi
DMCA.com Protection Status