INICIAR SESIÓNCansado de que su familia lo presionara con lo mismo, empujándolo a contraer matrimonio con su exnovia, con quien no se quiere casar, Alejandro decide buscar la esposa menos indicada y es cuando se topa con Ariel, una joven que recoge de un basurero y le ofrece ser su esposa, sin que ésta pueda negarse, pintándole una vida de ensueños que se ve empañada por los maltratos de la familia de Alejandro. Ella intenta escapar repetidas veces, pero él siempre termina encontrándola, hasta que la hace su esposa. Un matrimonio que empieza a la fuerza, una unión marcada por el dolor y la tragedia, un corazón destrozado y un hombre que hará lo que sea para reconquistar a su novia inesperada. Pero el camino es doloroso y el amor debe ser valiente, resistirlo todo. ¿Podrán soportar las turbulencias?
Ver másAriel estaba en la cocina, terminando de preparar unas palomitas y cortando gajos de manzana bañados en caramelo. Era su primer Halloween en casa con Ulysses, al menos el primero que él recordaría, porque con los anteriores estaba muy pequeño, y estaba decidida a hacerlo especial, aunque prefería que la noche fuera tranquila y sin demasiados sobresaltos.Pero Alejandro y Ulysses tenían otros planes.Siempre tenían sus planes, eran como dos conspiradores que siempre planeaban algo.Mientras ella se ocupaba en la cocina, Alejandro y Ulysses se escondían en la sala, ultimando los detalles de una pequeña broma que habían planeado. Alejandro colocó un espejo grande en la esquina más oscura de la sala, ajustando una pequeña linterna detrás del marco para que proyectara un leve resplandor, justo lo suficiente como para crear una atmósfera inquietante. Ulysses, emocionado, estaba disfrazado de fantasmita, con una sábana blanca que le quedaba adorablemente grande, y unos ojitos asomando por do
El avión privado surcaba el cielo.En el interior, Ariel dormitaba en uno de los asientos, una manta ligera sobre sus piernas y una expresión de paz en su rostro. Alejandro sonrió mientras miraba a su esposa; las pastillas para el mareo habían hecho su efecto, y eso significaba que él tendría la misión de cuidar de Ulysses durante el vuelo.—Papá, ¿ya llegamos? —preguntó una voz menuda y curiosa a su lado.Alejandro se volvió hacia su hijo, un pequeño de cabellos rubios que caían en suaves ondas sobre su frente y con unos ojos verdes brillantes, idénticos a los de su padre. El niño lo miraba con impaciencia, moviendo sus piernitas con energía y una sonrisa encantadora que ya sabía usar para salir de apuros.—Aún no, campeón —le respondió Alejandro con una sonrisa paciente mientras acariciaba la cabecita de su hijo—. Nos falta un poquito más para llegar a Italia.Ulysses frunció el ceño, mirando por la ventana, como si eso pudiera acelerar el viaje. Luego, sin previo aviso, soltó un su
Era una mañana tranquila. Ariel estaba sentada frente a un gran desayuno, y Alejandro la observaba desde el otro lado de la mesa con una mirada llena de amor y atención que se le escapaba a través de la sonrisa que apenas intentaba disimular. Todo parecía normal, hasta que ella, de repente, se llevó una mano al vientre y frunció el ceño.—¿Todo bien?— preguntó Alejandro, levantando las cejas, alerta.Ariel asintió, con una sonrisa leve mientras le hacía un gesto despreocupado.—Sí, solo… una contracción, pero es muy leve— respondió mientras tomaba otro bocado de su pan tostado.Alejandro dejó la taza de café en la mesa, entrecerrando los ojos mientras la observaba con una gran cantidad de inquietud y emoción. Ese era el día, lo sentía. Habían pasado semanas esperando el momento, y aunque Ariel parecía tranquila, él estaba seguro de que el parto estaba a punto de empezar. Se levantó y empezó a recoger las cosas de la mesa con una eficiencia exagerada.—Voy a preparar el coche— dijo, mi
Alessia se encontró frente a la tumba de su hermana Annie. Las lágrimas ya habían comenzado a formarse en sus ojos incluso antes de llegar, su corazón latiendo con un dolor que no conocía respiro ni olvido.El cementerio estaba tranquilo, las lápidas alineadas en silenciosa solemnidad bajo un cielo que lloraba una fina llovizna, como si el mismo cielo compartiera su duelo. Caminó lentamente hacia la tumba, sus pasos resonando en el sendero húmedo, cada uno más pesado que el último.Al llegar, se arrodilló lentamente frente a la lápida, el frío del mármol impregnando sus rodillas a través del delgado tejido de su vestido. Colocó un ramo de flores blancas, las favoritas de Annie, junto a la piedra, sus dedos temblorosos acariciando las letras grabadas en la superficie.Con un sollozo que se rompió en el aire, Alessia comenzó a hablar, su voz un susurro roto entre lágrimas.—Annie, mi pequeña... lo siento tanto. He venido a decirte que... que te perdono, aunque nunca debí haber necesitad












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