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Capítulo cinco

Author: Lord Browny
last update publish date: 2026-07-23 10:34:57

De vuelta en la casa de la manada, el caos reinaba bajo un velo de tenso silencio.

La noticia de que la Luna estaba de parto se había propagado como un incendio.

Cada pasillo estaba lleno de voces apagadas.

Los miembros de la manada permanecían reunidos justo afuera de los aposentos de la Reina, caminando de un lado a otro, susurrando y rezando.

Dentro de la habitación, el aire estaba cargado de dolor, miedo y el olor de la sangre y el incienso.

El Alfa Damon estaba sentado al lado de Bella, sujetando su mano con fuerza.

Ella yacía extendida sobre la cama, con el cuerpo sacudido por los dolores del parto y el rostro cubierto de sudor.

“Todo saldrá bien,” susurró Damon con voz baja y tranquilizadora. “Vas a estar bien.”

Pero sus ojos lo traicionaban.

Estaban llenos de preocupación, marcados por el cansancio y las noches sin dormir.

De repente, las puertas se abrieron de golpe.

Una criada entró apresuradamente, seguida de cerca por la partera.

Damon se puso de pie de inmediato, con la rabia brillando en sus ojos.

“¿Qué demonios te hizo tardar tanto?” espetó.

Su voz resonó por toda la habitación como un látigo.

La partera se estremeció, pero no dejó de moverse.

“Perdóneme, mi Señor. Yo… yo estaba con la señorita Amber. Ella también está de parto.”

Damon se quedó inmóvil.

Algo cruzó fugazmente por su rostro.

Tal vez sorpresa.

Quizá culpa.

Pero desapareció tan rápido como había aparecido.

“No importa,” ladró. “Atiende a mi esposa. Ahora.”

La anciana asintió y corrió junto a Bella, sacando paños limpios y herramientas de su bolso.

Su voz era tranquila, pero firme.

“Solo respire, mi Reina. Lo está haciendo muy bien. Estoy aquí con usted.”

Bella le lanzó una mirada llena de furia mientras jadeaba.

“No necesito tus inútiles palabras. ¡Solo saca a mi bebé!”

La partera ni siquiera se inmutó.

Había visto cosas mucho peores.

“Empuje, mi Reina. Muy bien… despacio y con firmeza. Así mismo.”

Bella hizo fuerza, apretando los dientes y aferrándose a las sábanas con todas sus fuerzas.

Sus gritos resonaban por toda la mansión mientras el dolor desgarraba su cuerpo.

Y entonces, por fin…

Llegó el alivio.

La partera recibió al bebé entre sus brazos, sosteniéndolo con cuidado mientras lo limpiaba delicadamente.

Pero algo estaba mal.

Muy mal.

La habitación, que solo unos instantes antes estaba llena de tensión, de pronto se sintió demasiado silenciosa.

No hubo llanto.

Ningún llanto de recién nacido.

Solo silencio.

El pecho de Bella subía y bajaba rápidamente, con los ojos abiertos de par en par por el pánico.

“¿Por qué… por qué no está llorando?” Su voz se quebró. “¿Qué le pasa a mi bebé?”

La sonrisa de la partera desapareció.

Sus ojos recorrieron al bebé con creciente urgencia.

Se inclinó y comenzó a frotarle el pecho, le limpió la boca y comprobó si respiraba.

Pero seguía sin haber nada.

“No… no, no…” gimió Bella, incorporándose en la cama. “¿Qué está pasando? ¡Dámela!”

Pero la partera se apartó rápidamente, trabajando con manos temblorosas, desesperada por devolverle la vida al pequeño cuerpo.

Comprimió el diminuto pecho.

Susurró antiguas oraciones.

Entonces, tras una larga e insoportable pausa, se volvió.

Su rostro estaba pálido.

Su voz, destrozada.

“Y… yo lo siento mucho, mi Reina,” susurró. “La bebé… la bebé no sobrevivió.”

Por un instante, toda la habitación quedó inmóvil.

Y entonces…

“¡No!”

El grito de Bella desgarró la mansión.

Un sonido desgarrador, lleno de agonía e incredulidad.

“¡No! ¡Estaba bien! ¡Estaba bien! ¡Se estaba moviendo!”

Se lanzó hacia adelante, intentando alcanzar a la bebé, pero en ese mismo instante Damon entró apresuradamente, atraído por sus gritos.

Bastó una sola mirada al rostro de la partera.

Al pequeño cuerpo sin vida entre sus brazos.

Y algo dentro de él se hizo añicos.

“¿Qué pasó?” exigió, con los ojos desorbitados. “¡¿Qué pasó?!”

La partera bajó la cabeza.

“No estaba respirando. Yo… yo hice todo lo que pude, mi Señor.”

Los sollozos de Bella atravesaban la tensión de la habitación.

“¡Dijiste que todo saldría bien! ¡Me lo prometiste, Damon!”

Él permaneció inmóvil, atrapado entre su propio dolor y el de ella, mirando fijamente el cuerpo inmóvil y silencioso de la niña que esperaba que fuera su heredera.

La partera depositó a la bebé con delicadeza sobre la cama, envolviéndola cuidadosamente con una tela suave.

Sus manos temblaban.

Y en algún rincón profundo de la mente de Damon, bajo toda aquella tormenta de emociones, un único y escalofriante pensamiento comenzó a abrirse paso.

Amber.

Amber arrancó una tira de tela de su vestido hecho jirones y se la metió entre los dientes, mordiéndola con fuerza.

Sus manos se aferraban a los fríos barrotes de hierro, con los nudillos blancos y temblorosos mientras el dolor recorría su cuerpo como fuego.

Su grito desgarró el pasillo.

Crudo.

Roto.

Rebotando contra los muros de piedra como un himno agonizante.

El tiempo se volvió borroso.

El sudor empapaba todo su cuerpo.

Su cuerpo temblaba por el esfuerzo.

Hasta que, por fin, el primer llanto rompió el silencio.

Amber jadeó, apenas capaz de incorporarse mientras recibía al recién nacido entre sus brazos.

Una niña.

Su piel estaba cálida.

Sus pulmones eran fuertes, y su llanto llenó toda la celda.

Pero aún no había terminado.

Una segunda oleada de dolor la atravesó.

Más repentina.

Más violenta.

Momentos después, otro bebé vino al mundo.

Pero este permanecía en silencio.

Amber, débil, apenas pudo levantar las manos mientras acercaba al segundo bebé hacia ella.

Un niño.

Pero no lloraba.

Su piel era pálida, con finas líneas verdosas recorriendo su pequeño cuerpo, una marca del veneno que había sido destinado a acabar con ella antes del parto.

Amber abrazó a ambos bebés contra su pecho.

Besó suavemente la frente de cada uno, susurrando una y otra vez una silenciosa oración.

“Están a salvo. Están bien,” murmuró entre lágrimas. “Ya están aquí. Todo va a estar bien. Mamá los va a proteger de ahora en adelante.”

No les puso nombre.

No podía.

No cuando ni siquiera sabía cómo iban a sobrevivir.

Justo entonces, la pesada puerta de hierro se abrió de golpe y Damon irrumpió en la celda con pasos decididos.

La partera lo seguía de cerca, con el rostro pálido e inexpresivo.

Él se detuvo en seco al ver la escena frente a él.

Amber…

Apenas consciente.

Apoyada contra la pared.

Con ambos recién nacidos acunados entre sus brazos.

Su mirada permaneció fija en ella y, por primera vez en mucho tiempo, algo atravesó la fría máscara que llevaba.

Culpa.

Duda.

Incertidumbre.

Durante un breve instante pareció no saber qué hacer.

Entonces bajó la vista hacia los bebés, y sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa.

Gemelos.

No se esperaba aquello.

Su mandíbula se tensó.

Aun así…

No dijo una sola palabra.

Entonces dio un paso hacia adelante y, sin previo aviso, arrancó de los brazos de Amber a la bebé sana.

“¡No!” gritó ella, con la voz desgarrada, mientras las lágrimas escapaban de sus ojos.

Intentó ponerse de pie, pero se desplomó al instante, con los brazos extendidos hacia él.

“Por favor… por favor, Damon… otra vez no… ¡Devuélvemela! ¿Acaso no has hecho ya suficiente?”

Pero Damon no respondió.

Ni siquiera la miró.

Simplemente permaneció allí de pie, sosteniendo entre sus brazos a la niña que no dejaba de llorar.

Entonces, por fin, habló.

“Tu castigo ha sido modificado. No serás ejecutada.”

Amber se quedó inmóvil.

“Seguirás con vida,” continuó Damon. “Pero vivirás el resto de tus días aquí abajo. En esta mazmorra.”

Se dio la vuelta sin decir una palabra más.

La partera lo siguió, inclinando profundamente la cabeza antes de marcharse.

Los gritos de Amber resonaron detrás de ellos, rompiendo una vez más el silencio.

“¡Detente! ¡Damon, detente! ¡No te la lleves… por favor…! ¡Detente!”

Pero él no se detuvo.

Ni siquiera vaciló.

Ni una sola vez miró hacia atrás.

La pesada puerta se cerró de golpe detrás de ellos.

Y Amber quedó sola.

Con el gemelo envenenado respirando débilmente contra su pecho…

Y sin otra compañía que el frío suelo de piedra y el eco de sus propios gritos.

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