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Capítulo cuatro

ผู้เขียน: Lord Browny
last update วันที่เผยแพร่: 2026-07-23 03:35:59

Tres meses se arrastraron lentamente en la mazmorra.

Tres largos y agonizantes meses de silencio, frío y del constante deterioro de la mente de Amber.

Ya no reconocía el sonido de su propia voz. Hacía semanas que no hablaba con nadie… realmente hablaba. Solo los bajos murmullos que a veces se sorprendía pronunciando, solo para recordarse a sí misma que seguía siendo real.

Que seguía viva.

Su celda era una tumba: húmeda, completamente oscura, excepto por una estrecha rendija cerca del techo por donde, de vez en cuando, se colaba un hilo de luz.

El suelo de piedra se clavaba en sus rodillas cada vez que permanecía demasiado tiempo arrodillada.

Las cadenas ya no estaban. Se habían dado cuenta de que ya no las necesitaban.

No tenía adónde ir.

No le quedaban fuerzas para huir.

Su cuerpo se había consumido.

Su cabello colgaba en mechones grasientos alrededor de su rostro demacrado.

Sus ojos, que antes estaban llenos de fuego, ahora estaban hundidos y apagados, rodeados por profundas ojeras y desesperanza.

La única visitante que tenía era la criada, joven, silenciosa y siempre evitando la mirada de Amber. Venía dos veces al día, deslizaba un plato oxidado y un cuenco por el suelo y se marchaba sin decir una sola palabra.

Pan duro.

Tan duro que tenía que remojarlo en la papilla para poder darle un mordisco.

No era comida.

Solo un medio para sobrevivir.

Aun así, fue gracias a ella, gracias a los murmullos que alcanzaba a escuchar y a los susurros apresurados, que Amber conoció la verdad.

El Alfa Kyle había sido enterrado.

Había sido despedido con una ceremonia y cantos.

Bella era la Luna ahora.

Y estaba embarazada.

Del hijo de Damon.

Eso la destrozó más que la propia traición de Damon.

Damon no había ido a verla.

Ni una sola vez.

Ninguna explicación.

Ninguna compasión.

No sabía si él la había olvidado…

o si simplemente había decidido no recordarla.

Y luego, otros tres meses transcurrieron lentamente.

Los cambios en su cuerpo ya eran imposibles de ignorar.

Su vientre crecía, pesado bajo sus harapos.

Le dolía la espalda.

Los tobillos le latían de dolor.

Conocía las señales.

Estaba llevando al hijo de Damon.

Y todos lo sabían.

Pero a nadie le importaba.

Una noche permaneció acurrucada en el suelo, acariciándose el vientre mientras susurraba cosas que esperaba que el bebé nunca pudiera escuchar.

Que no era su culpa.

Que ella lo amaría.

Que, de alguna manera, sobrevivirían.

Entonces escuchó un sonido…

Pasos.

Pero no eran los de la criada.

Estos eran más firmes.

Más lentos.

Deliberados.

El cerrojo se deslizó hacia atrás con un chirrido y la puerta se abrió lentamente.

Amber entrecerró los ojos ante la repentina luz.

La respiración se le quedó atrapada en la garganta.

Bella.

Radiante.

Vestida de seda.

Su vientre redondeado sobresalía bajo un vestido de terciopelo.

Permanecía de pie junto a la puerta como una reina, con los ojos brillando de cruel satisfacción.

“Bueno,” dijo Bella, con una voz tan dulce como la miel, pero impregnada de veneno. “Mírate. Sigues viva… y ya estás reproduciéndote como la perra que eres.”

Amber no respondió.

No podía.

No con lo débil que se había vuelto.

Simplemente apretó con más fuerza la desgastada tela alrededor de su vientre, mientras su corazón latía con fuerza.

Bella dio un paso más cerca y se agachó lo suficiente para mirarla directamente a los ojos.

“¿De verdad pensaste que él vendría a buscarte?” susurró con una sonrisa. “Ahora es mío. Soy todo lo que tú jamás serás. La Luna. La madre del próximo heredero. Amada.”

Luego bajó la mirada hacia el vientre hinchado de Amber y soltó una risa de desprecio.

“Sea lo que sea eso, no importa. Nadie llegará a saber jamás que existió. Te lo prometo.”

Después se dio la vuelta, y el sonido de sus tacones resonó con fuerza sobre el frío suelo de piedra mientras desaparecía en la oscuridad.

Amber permaneció mirando fijamente la puerta, con una mano sobre su vientre, mientras las lágrimas caían por su rostro como una fuente.

No solo estaba encarcelada.

Había sido olvidada.

Abandonada para pudrirse en aquella celda.

Las últimas palabras de Bella quedaron grabadas en lo más profundo de su mente.

“Nadie llegará a saber jamás que existió. Te lo prometo.”

Amber sintió cómo el miedo se apoderaba de ella al recordar aquellas palabras.

¿Qué había querido decir con eso?, pensó, acariciándose el vientre de forma protectora mientras las lágrimas escapaban de sus ojos.

Otros tres meses transcurrieron.

Los días se desdibujaban entre el silencio, el dolor y el creciente peso bajo sus costillas.

El vientre de Amber era ahora redondo y pesado, tenso bajo sus harapos desgarrados.

Cada respiración se volvía más difícil.

Cada movimiento, más lento.

Sus tobillos estaban hinchados y su espalda le dolía constantemente.

Pero aun así, nadie iba a verla.

Y entonces, una mañana, la criada apareció como de costumbre.

Pero esta vez no deslizó un plato de pan duro y un cuenco de papilla tibia.

En su lugar, el aroma de algo abundante y caliente llenó la celda.

Un filete.

Langosta.

Y una humeante taza de café recién hecho.

Amber parpadeó al ver la comida, confundida.

Sus labios agrietados se entreabrieron.

“¿P… por qué? ¿Por qué me traes esto?”

La criada vaciló, apretando nerviosamente los dedos sobre su delantal.

“Yo… yo lo robé. De la cocina. Solo… quería que al menos pudieras comer algo decente.”

La voz de Amber era ronca, pero amable.

“Gracias.”

Por un instante, los ojos de la criada se suavizaron.

Algo cruzó por su rostro.

Culpa, quizá.

Pero tan rápido como apareció, desapareció.

“No es nada,” murmuró mientras comenzaba a retroceder.

“Yo… debo irme.”

Y salió apresuradamente antes de que Amber pudiera decir algo más.

Una vez sola de nuevo, Amber contempló la bandeja.

La comida parecía extravagante.

Lujosa.

El tipo de comida que no había probado en meses.

La tomó con manos temblorosas, saboreando cada bocado, aunque había algo extraño en el sabor.

La carne tenía un gusto raro…

Ligeramente agrio.

Con una textura aceitosa y grasienta.

Pero aun así se la obligó a comer.

No sabía cuándo volvería a comer algo así…

o si alguna vez volvería a hacerlo.

Una hora después, comenzó el dolor.

Empezó como un retorcijón en la parte baja del vientre.

Luego llegaron las náuseas.

El calor.

El sudor.

Se dobló hacia adelante, jadeando.

“¡Ayuda!” gritó.

“¡Que alguien me ayude! ¡Mi bebé!”

Su visión comenzó a nublarse.

El dolor en su vientre era insoportable, como si un fuego estuviera ardiendo dentro de ella.

Rodeó su vientre con los brazos, intentando calmarlo.

Intentando proteger la vida que llevaba dentro.

Entonces rompió aguas.

El suelo de la celda se empapó bajo ella.

El pánico inundó sus venas.

“Ya viene,” jadeó.

“¡Diosa… ya es hora! ¡Mi bebé va a nacer!”

Un estruendo de pasos resonó por el pasillo.

La criada regresó, sin aliento, con los ojos abiertos por el miedo mientras se arrodillaba junto a Amber.

“¿Qué ocurre, mi señora?” preguntó, con la voz temblorosa.

Amber le sujetó la mano con la poca fuerza que aún le quedaba.

“¡Mi bebé! ¡Ya viene! ¡Por favor, trae a una partera! ¡Date prisa!”

La joven salió corriendo.

Momentos después regresó acompañada de una anciana, con el cabello recogido y unos ojos agudos que reflejaban años de experiencia.

La mujer se arrodilló junto a Amber, comprobándole el pulso, las pupilas y el temblor de sus manos.

Entonces se quedó inmóvil.

Su rostro palideció.

“Has sido envenenada,” susurró.

Amber dejó escapar un grito entrecortado mientras se sujetaba el vientre.

“Por favor… solo salve a mi bebé. Por favor.”

La anciana asintió con gravedad y comenzó a trabajar, sacando paños de su bolsa y preparando sus instrumentos.

Pero antes de que pudiera empezar, otra criada irrumpió en la celda, jadeando y con urgencia.

“El Alfa Damon la ha mandado llamar. La Luna… está de parto. Dice que vaya inmediatamente.”

Los ojos de la partera se abrieron de par en par.

Sus manos quedaron suspendidas en el aire, dudando.

La voz de Amber se quebró.

“No… no, por favor. ¡No me abandone!”

Pero la mirada de la anciana ya estaba cambiando.

Las órdenes del Alfa no podían desobedecerse.

Ni siquiera por esto.

Recogió sus cosas en silencio.

Le dirigió una última mirada a Amber.

Un último destello de compasión.

Y luego se marchó.

Amber gritó detrás de ella,

con la voz ronca y quebrándose.

“¡Por favor! ¡Vuelva! ¡No me abandone!”

Pero la pesada puerta se cerró de golpe detrás de ella, dejando a Amber sola sobre el frío suelo de piedra, temblando y llorando.

Sola.

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