LOGINAlmendras.
Cerezas.
Volví a inspirar.
El olor se metió por mi nariz y pareció extenderse directamente bajo la piel.
Me recorrió los brazos.
El pecho.
La barriga.
Hasta las rodillas.
—¿Qué coño es eso?
Clara seguía mirando hacia la escalera.
—¿Qué hueles?
—No lo sé.
Mentira.
Sabía perfectamente qué olía.
Almendras tostadas.
Cerezas maduras.
Y algo más.
Algo caliente.
Oscuro.
No tenía nombre.
Mi boca empezó a llenarse de saliva.
Me pasé la lengua por los labios.
—¿Hay comida?
Max soltó una carcajada.
Bruce no.
—No es comida —dijo Clara.
—Pues mi cuerpo opina otra cosa.
Otro golpe de tambor atravesó la casa.
Las conversaciones bajaron de volumen.
Algunas personas se movieron hacia los lados.
Yo seguía respirando.
Era absurdo.
Cuanto más aire tomaba, más quería.
Cleo se movió dentro de mí.
No como antes.
No fue una palabra.
Fue un tirón.
Una urgencia.
Di un paso.
Clara me agarró de la muñeca.
—Espera.
El contacto me molestó inmediatamente.
La presión dentro de mi pecho se expandió.
Me giré hacia ella.
—Suéltame.
Clara abrió los ojos.
No sé qué vio en mi cara.
Pero soltó mi muñeca en el acto.
Y después bajó la mirada.
Su cabeza se inclinó.
Un lado de su cuello quedó expuesto.
Me quedé congelada.
—¿Qué haces?
Clara levantó lentamente los ojos.
—Nada.
—Acabas de...
—Reflejo.
—¿Reflejo de qué?
—Luego.
—¡Otra vez luego!
Max estaba mirando a Clara.
Bruce me miraba a mí.
—Amber —dijo Bruce—. Tus ojos.
Me llevé una mano a la cara.
—¿Qué les pasa?
Nadie respondió.
Cogí el móvil del bolsillo.
Abrí la cámara frontal.
Mis pupilas parecían demasiado grandes.
Alrededor del iris había un brillo dorado.
—Dios mío.
Parpadeé.
Seguía allí.
Busca.
La voz de Cleo me atravesó con tanta claridad que dejé de mirar la pantalla.
—¿Qué?
Clara frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
—Cleo.
Max sonrió.
—¿Tu loba ya habla contigo?
—No es el momento, Max.
Busca.
Sentí otro tirón.
Giré hacia las escaleras.
—¿Qué quieres?
Bruce dio un paso.
—Amber...
—No hablo contigo.
Max abrió la boca.
Clara levantó una mano.
—Déjala.
Él.
El corazón me dio un golpe brutal.
—¿Él quién?
No sabía si había pensado la pregunta o la había dicho.
Ya me daba igual.
Porque los pasos llegaban.
Primero apareció un chico.
Alto.
Rubio oscuro.
Hombros enormes.
Después otro.
Y otro.
Todos bajaban juntos.
La gente de abajo los conocía.
Se notaba.
Algunas chicas se arreglaron el pelo.
Varios chicos enderezaron la espalda.
Yo no podía prestar atención a ninguno.
El olor se hacía más fuerte.
Mi piel estaba caliente.
Mucho.
Me froté el brazo.
Tenía el vello levantado.
—Clara.
—Estoy aquí.
—Tengo calor.
—Lo sé.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Te huelo.
—Fantástico.
Otro chico bajó.
No.
No era él.
¿Cómo sabía que no era él?
No tenía sentido.
Pero Cleo sí lo sabía.
No.
Seguimos esperando.
Mi respiración empezó a acelerarse.
El vestido me parecía demasiado ajustado.
El tirante me rozaba el hombro.
Podía notar cada milímetro de tela sobre el cuerpo.
—Necesito aire.
Bruce señaló hacia la puerta.
—Vamos fuera.
Cleo rugió dentro de mí.
No fue un sonido real.
Pero sentí la vibración en el pecho.
NO.
Me quedé parada.
Bruce también.
—Vale.
—Perdón.
—No pasa nada.
Sí pasaba.
Estaba perdiendo la cabeza.
Otro par de zapatos apareció en lo alto de la escalera.
Negros.
Pantalones oscuros.
Después unas piernas largas.
Un cuerpo enorme.
La gente empezó a callarse.
Yo levanté la vista.
Y lo vi.
El primer pensamiento fue ridículo.
Eso debería ser ilegal.
Era altísimo.
Cerca de dos metros.
Pelo negro, algo largo, cayéndole desordenado sobre la frente.
Camisa negra.
Mangas remangadas.
Antebrazos fuertes.
Hombros que parecían haber sido diseñados específicamente para ocupar puertas enteras.
No sonreía.
Hablaba con el chico rubio que bajaba a su lado.
Hasta que dejó de hacerlo.
Su cabeza se levantó.
Sus ojos recorrieron el salón.
Buscando.
Cleo se abalanzó dentro de mí.
ÉL.
El aire desapareció de mis pulmones.
El hombre dejó de caminar.
Nos encontramos con la mirada.
Negros.
Sus ojos eran casi negros.
O eso pensé.
Porque un segundo después cambiaron.
Algo oscuro se extendió por sus pupilas.
El chico que iba a su lado dijo algo.
Él no respondió.
Solo me miraba.
Sentí cada latido en la garganta.
Uno.
Dos.
Tres.
La casa entera parecía haberse quedado lejos.
No escuchaba la música.
Ni a Max.
Ni a Clara.
Solo podía oír mi respiración.
Y la suya.
Aunque estaba a varios metros.
Cleo empujó.
Di un paso.
El hombre también.
Una chica intentó decirle algo cuando pasó a su lado.
No la miró.
Bajó otro escalón.
El olor me golpeó con más fuerza.
Almendras.
Cerezas.
Él.
Me llevé una mano al vientre.
El calor había bajado hasta allí.
Pesado.
Incómodo.
Demasiado agradable.
No.
No me gustaba.
No conocía a ese hombre.
Ni siquiera sabía su nombre.
—¿Quién es? —susurré.
Clara apareció a mi lado.
—William Blackthorn.
El nombre no me dijo nada.
—¿Y se supone que eso significa...?
Clara me miró.
—Príncipe.
Giré la cabeza.
—¿Qué?
—Hijo del Rey Alfa.
Volví a mirarlo.
Perfecto.
Claro.
Porque el hombre que estaba haciendo que mi cuerpo olvidara cómo funcionar no podía ser un estudiante cualquiera.
Tenía que ser literalmente un príncipe lobo.
William continuó bajando.
Los estudiantes se apartaban.
Nadie se lo pedía.
Simplemente lo hacían.
Él no parecía verlo.
Seguía mirándome.
Cleo estaba cada vez más inquieta.
Ve.
—No.
Clara me miró.
—¿Qué?
—Nada.
Ve.
—Cállate.
Max se acercó.
—¿Estás hablando con Cleo?
—Sí.
—¿Qué dice?
—Que me vaya hacia él.
Max dejó de sonreír.
Bruce miró a William.
Después a mí.
Clara, en cambio, parecía demasiado entretenida.
—¿Por qué tienes esa cara?
—¿Qué cara?
—La misma que pusiste antes de obligarme a ir a esta fiesta.
—No te obligué.
—Dijiste que era obligatorio.
—Lo es.
—Eso es obligarme con pasos extra.
William llegó al último escalón.
Se detuvo.
La distancia entre nosotros seguía siendo considerable.
No pareció importarle.
Sus fosas nasales se abrieron.
Inspiró.
Mi cuerpo respondió.
Sentí calor en la cara.
Después en el cuello.
Y para mi absoluta humillación, él lo notó.
Lo supe porque sus ojos cambiaron.
No necesitaba entender lenguaje lobo para reconocer aquella mirada.
Había deseo.
Pero también algo mucho más fuerte.
Reconocimiento.
Sus dedos se cerraron junto a su cuerpo.
El chico rubio de antes retrocedió.
—Will.
Él no respondió.
Dio un paso hacia mí.
Cleo prácticamente se volvió loca.
COMPAÑERO.
Mi sangre se heló.
—No.
Clara me oyó.
—Amber...
—No.
—Creo que...
—No termines esa frase.
William seguía acercándose.
Yo quería retroceder.
De verdad.
Mi cerebro gritaba que retrocediera.
Mis pies no obedecían.
Cuando quedó a unos pocos metros, pude distinguir hasta la sombra de la barba sobre su mandíbula.
Un pequeño corte sobre una ceja.
El movimiento de su pecho al respirar.
Y aquel olor.
Dios.
Quería hundir la cara en su cuello.
Me quedé horrorizada por mi propio pensamiento.
Cleo.
Sí.
—No.
William inclinó la cabeza.
Había oído mi susurro.
Una pequeña arruga apareció entre sus cejas.
Siguió caminando.
Todo el salón estaba en silencio.
Yo podía sentir las miradas.
Otra vez.
Como en la playa.
Móviles.
Risas.
Alex.
El miedo apareció.
Mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera evitarlo.
Di un paso hacia atrás.
William se detuvo.
Su expresión cambió.
No parecía enfadado.
Parecía...
preocupado.
Eso me descolocó.
Después su mirada bajó hacia mis manos.
Las tenía cerradas.
Las abrí.
Respiré.
—No sé quién eres —dije.
Él me miró como si acabara de decir algo increíble.
El chico rubio detrás de él soltó una risa.
William ni siquiera giró.
Volvió a inspirar.
Esta vez profundamente.
Sus ojos se cerraron durante un segundo.
Cuando los abrió ya no quedaba ninguna duda.
Un sonido salió de su pecho.
Un gruñido.
Grave.
Tan profundo que sentí la vibración bajo las costillas.
Varias personas inclinaron la cabeza.
Clara también.
Yo no.
No porque fuera valiente.
Porque estaba demasiado ocupada intentando entender por qué una parte de mí quería correr hacia él mientras la otra quería salir por la puerta.
William dio el último paso.
Ya estaba delante de mí.
Demasiado cerca.
El calor de su cuerpo atravesaba el pequeño espacio entre nosotros.
Tuve que levantar la barbilla para mirarlo.
Muchísimo.
Sus ojos descendieron hasta mi boca.
Después volvieron a los míos.
Cleo empujó con tanta fuerza que las rodillas me temblaron.
William inspiró junto a mi pelo.
Su respiración caliente rozó mi sien.
La piel se me erizó desde la nuca hasta los brazos.
Y entonces habló.
Una sola palabra.
—MÍA.
La mirada de Will cambió.No perdió la ternura ni se convirtió en el Alfa dominante que tantas veces utilizaba su cuerpo para encerrarme contra una pared. Lo que apareció en sus ojos fue algo mucho más profundo: una necesidad contenida durante tanto tiempo que verlo dejar de luchar contra ella hizo que todos mis músculos se tensaran.—Necesito que estés segura —dijo.Su voz sonó grave, pero no había una orden en ella.Acaricié su nuca y sentí la humedad de su cabello entre los dedos.—Llevo semanas deseándote. He intentado culpar a Cleo, al vínculo y a cualquier cosa que me permitiera fingir que esto no era decisión mía. Pero lo es. Quiero estar contigo y no quiero que vuelvas a detenerte porque creas que me estás protegiendo de lo que siento.Will cerró los ojos. Su frente quedó apoyada contra la mía mientras tomaba aire.—Si algo te duele o cambias de opinión, me lo dices. No tienes que soportar nada para demostrarme que me deseas.—Te lo diré.—Prométemelo, Amber.La preocupación q
Nuestra casa.Dos palabras.Amber las había pronunciado con naturalidad, quizá sin comprender que acababa de colocar en mis manos todo lo que llevaba meses temiendo desear.Mi lobo golpeó contra mi pecho, impaciente por reclamar aquel lugar, a la mujer que continuaba abrazada a nosotros y cada segundo de su futuro. Tuve que recordarle que no nos pertenecía ninguno de ellos.Ella había elegido quedarse esa noche.Eso era suficiente.—Voy a buscar leña para la chimenea del dormitorio —dije, porque necesitaba unos minutos para recuperar el control.Amber se separó de mí. La camiseta negra que le había prestado se había desplazado hacia un lado y dejaba descubierto uno de sus hombros. El impulso de inclinarme y recorrer aquella piel con la boca fue tan intenso que tuve que cerrar las manos.—¿No hay leña arriba?—La terminé la última vez que vine.Sus ojos se estrecharon.—¿Sueles traer chicas aquí?La pregunta llevaba humor, pero su olor cambió. Una nota amarga se mezcló con su deseo.Ce
La palabra se quedó suspendida entre nosotros.Nuestra.Will no la había pronunciado como una promesa que yo debiera cumplir ni como una decisión tomada sin consultarme. La había dejado allí, sobre su palma abierta, con el mismo cuidado con el que me ofrecía su mano cada vez que recordaba que acompañarme no significaba arrastrarme.Aun así, el corazón me latía con tanta fuerza que sentía cada golpe en la base de la garganta.—¿Qué significa exactamente «nuestra»? —pregunté—. Porque en tu familia esa palabra podría significar desde una casa para pasar los fines de semana hasta una residencia real con cincuenta guardias escondidos entre los árboles.Will inclinó la cabeza hacia la ventana.—Cole está fuera, pero no creo que cuente como cincuenta.—Depende de lo pesado que se ponga.La sonrisa que apareció en sus labios desapareció enseguida. Seguía mirándome como si mi siguiente frase pudiera derribar las paredes.Me acerqué al fuego y extendí las manos hacia el calor. La camiseta que m
Will mantuvo la mano extendida al otro lado de la verja, esperando sin intentar convencerme.La luz que se filtraba entre los árboles no parecía proceder del palacio. Era demasiado cálida y discreta, una claridad dorada que aparecía y desaparecía cuando las ramas se movían con el viento. Desde donde estaba solo distinguía un sendero de piedra cubierto parcialmente por los helechos.—¿Cuánto falta? —pregunté, consciente de la ropa mojada pegada a mis piernas.—Dos minutos, quizá tres. Aunque podemos volver si estás cansada.Su tono era tranquilo, pero había algo extraño en su olor. No era miedo como el que había sentido cuando apareció la plata en mi dormitorio. Tampoco deseo, aunque este continuaba presente bajo el aroma de las almendras y las cerezas. Era una mezcla de nervios e ilusión tan poco habitual en él que me hizo olvidar durante un instante el frío.El futuro Rey Alfa estaba nervioso.Y yo necesitaba saber por qué.Puse la mano sobre la suya y crucé la verja.—Después de met
Will me hizo cambiar el vestido por unos pantalones cómodos y una sudadera suya.No pregunté por qué. Cualquier plan que incluyera abandonar los zapatos incómodos de princesa contaba con mi apoyo.Salimos por una puerta lateral cuando el cielo empezaba a teñirse de violeta. Cole nos esperaba junto a los jardines, vestido de negro y con la expresión resignada de un hombre que había recibido órdenes contradictorias.—Treinta metros —le dijo Will.—Veinte.—Veinticinco.Cole me miró.—Treinta y no se lo cuento a su padre.—Hecho —respondí.Will negó con la cabeza.—Mi guardaespaldas acaba de negociar mi seguridad con mi compañera.—Tu guardaespaldas es listo.—Su compañera da miedo, Alteza —dijo Cole.—También es lista —añadí.Dejamos atrás los jardines y entramos en el bosque. Olía a tierra húmeda, musgo y hojas machacadas bajo nuestras botas. Después de las salas enormes del palacio, aquel espacio parecía respirar conmigo.Will caminaba delante, separando las ramas más bajas. No intent
Miré mi mano como si el contacto de Adrián hubiera dejado una marca visible.—Ya me ha tocado.Mi madre aspiró con fuerza.Adrián se levantó.—Elena.Su voz cruzó el despacho y llegó hasta el teléfono.El silencio de mamá cambió. Pude sentirlo aunque nos separaran miles de kilómetros: ya no era sorpresa, sino un dolor tan conocido que probablemente llevaba dieciocho años viviendo con él.—No vuelvas a pronunciar mi nombre —dijo.Adrián cerró los ojos.—No sabía que Amber existía.—Mamá, necesito que me digas la verdad. Ahora.—No por teléfono.La frase me encendió por dentro.—Claro. Tiene que ser en el lugar adecuado, con la persona adecuada y cuando todos decidáis que puedo soportarlo.—No es eso.—Entonces dime si él es mi padre.Lucas dejó de respirar a mi lado. Will me apretó la mano.—Amber...—Una palabra, mamá. Sí o no.—No puedo darte esa respuesta sin pruebas.No era un no.La certeza me cayó en el estómago, fría y pesada.—¿Por qué huiste de él?—Porque quedarme habría perm







