LOGINPov AlinnaEntré al cuarto con la bandeja en las manos. Él ya estaba sentado en el borde de la cama, la camisa a medio abrir, mirándome. Cerré la puerta con el pie.—Feliz cumpleaños —dije.Dejé la bandeja en la mesita.Me quité el vestido despacio, delante de él. Debajo no llevaba nada. Solo piel.Me acerqué, tomé el chocolate derretido con los dedos y me lo pasé por los pechos, lento, cubriéndome los pezones, dejando que goteara entre ellos. Después bajé la mano. Me abrí un poco las piernas y me lo unté en el coño, despacio, el calor del chocolate mezclándose con el mío.Lo miré. Los labios entreabiertos. Los ojos oscuros.—Aquí está tu postre —susurré—. Ven.Él no habló. Se levantó. Me empujó contra la cama y se arrodilló entre mis piernas.Empezó por los pechos.La lengua caliente recogiendo el chocolate, chupándome los pezones con fuerza, mordiendo suave, lamiendo cada rastro hasta dejarme la piel limpia y sensible. Gemí. Le agarré el pelo.Bajó. Sin prisa. Me abrió más.Y cuando
Pov AlinnaMetí la mano en el escote de mi vestido, entre la tela ajustada y mi piel, y saqué un pequeño frasco de vidrio ámbar. Lo sostuve frente a la reja, dejándolo a la vista en la penumbra.—Esto es ricino —le dije sin un ápice de compasión en la mirada—. Si te lo tomas, mueres. Pero esa ya sería tu decisión.Mi padre se quedó mirando el frasco con los ojos abiertos de par en par. Con un movimiento desesperado, se estiró entre los barrotes, me lo arrancó de las manos con los dedos destrozados y soltó una risa ronca, rota por el llanto.—¿Ya sabías que pediría la muerte...? —balbuceó, con el pecho agitado.Lo miré desde arriba, sintiendo cómo cada gramo de afecto que alguna vez le tuve se evaporaba en ese calabozo húmedo.—Te conozco, papá —le solté con sequedad—. Cuando vi tus fotos en el archivo, supe que la muerte iba a ser la única salvación para un hombre como tú. Prefieres el final antes que seguir arrastrándote aquí.Él apretó el frasco contra su pecho, con las lágrimas abr
Pov AlinnaEl sábado 29 de enero la luz del alba apenas comenzaba a filtrarse por las cortinas de terciopelo cuando abrí los ojos. Nikolaj seguía profundamente dormido a mi lado, respirando con esa pesadez tranquila de los hombres que creen que lo tienen todo bajo control.Me deslicé con sumo cuidado entre las sábanas para no despertarlo, me puse una bata ligera y bajé a la cocina. Preparé una bandeja con café negro, tostadas y fruta, asegurándome de tardar el tiempo justo para que el vapor siguiera subiendo cuando regresara al dormitorio.Al entrar de nuevo a la habitación, él ya se había girado, frotándose los ojos con pesadez. Me acerqué despacio y le coloqué la bandeja sobre las piernas, regalándole una sonrisa suave, milimétrica, perfectamente ensayada.—Feliz cumpleaños, Nikolaj —le susurré, inclinándome para dejarle un beso lento y complaciente en los labios.Nikolaj soltó una exhalación ronca, con esa media sonrisa de suficiencia que tanto lo caracterizaba, y antes de que pudi
Pov AlinnaLa semana transcurrió bajo una normalidad que rozaba lo escalofriante. Volví a la rutina sin un ápice de rebeldía. En la oficina cumplía con mis tareas con precisión milimétrica. En la cama, le respondía con un fuego mecánico y distante que él, cegado por su propia arrogancia, interpretaba como una rendición. Se sentía seguro.Creía que me había domesticado.Por dentro, mi mente era un engranaje frío. Cada segundo a su lado era una actuación medida para no despertar sospechas.A mitad de semana, Nikolaj se encerró en el despacho para atender una llamada urgente. Aproveché el momento para buscar a María en la cocina.Ella secaba unos vasos de cristal con calma. Me acerqué a la barra, apoyé los codos con aparente despreocupación y jugué con el dobladillo de mi suéter.—Oye, María... una duda tonta que me vino el otro día recorriendo los pasillos —solté con tono casual, casi distraído—. Con lo inmensa que es esta casa, uno se pierde. ¿Tiene sótano? Digo, por curiosidad.María
Pov AlinnaMe levanté en cuanto dejé de oír sus pasos. Estaba en su cuarto. Me vestí rápido y empecé a buscar ahí mismo.Abrí las gavetas de su cómoda. Ropa doblada. Relojes. Nada más. Revisé el buró de ambos lados. El armario. Metí la mano entre sus trajes, en las cajas de zapatos, detrás de los cinturones. Encontré un arma en un estuche. Papeles de la empresa. Nada sobre Ivannia. Nada del acuerdo.Bajé al estudio. Los guardias me vieron acercarme.—Tengo que hacer unas tareas de la universidad —dije—. El señor me deja entrar.No me cuestionaron. Entré y cerré. Revisé el escritorio, los cajones, los estantes. Documentos de cargas. Listas. Contratos de armas. Números. Puertos. Nada que hablara de ella. Nada que pudiera usar contra él.Cerré todo. Me quedé quieta un momento, con las manos sobre la madera.Había buscado en su cuarto y en su estudio. Y todavía no tenía nada.Iba a cerrar el último cajón cuando miré al frente.Dentro del librero, casi escondido entre los lomos de los libr
Pov AlinnaDos días después oí el motor antes de ver la camioneta.Me había puesto ropa simple. Nada que llamara la atención. Cuando la puerta se abrió, yo estaba en la cocina con una taza entre las manos, como si no hubiera pasado las últimas horas contando los minutos.—Llegaste —dije, sin moverme del todo.Él se quedó en el umbral un segundo. Me recorrió con la mirada, buscando algo que no encontró.—Te dije que venía —contestó.Asentí. Dejé la taza y me acerqué. Le rocé el brazo, justo por encima de donde sabía que estaba la venda, y le sostuve la mirada.—¿Cómo sigue?—Bien —dijo. Su mano se quedó un momento en mi cintura—. ¿Lista para volver?—Lista.No le pregunté por nadie. No mencioné nombres. Dejé que el silencio se sintiera como tregua.En el carro él condujo con una mano en el volante y la otra en mi muslo, el pulgar moviéndose despacio, como si el gesto ya no necesitara permiso. Yo miré por la ventana. Cuando la reja de la finca se abrió, el peso de siempre me cayó en el







