MasukTres días después del funeral, el luto seguía adherido a las paredes de Blackmoor Hall. Las cortinas permanecían cerradas y el aire, denso con olor a cera consumida y lluvia de finales de verano, se sentía inmóvil, como si el tiempo no hubiera avanzado.
Aurelia avanzaba por el corredor con paso contenido, como si el mismo suelo le pesara. Cada cuadro, cada moldura, le devolvía fragmentos de una década que prefería olvidar. Aquellas paredes no habían sido escenario de fiestas niTras el funeral del duque de Blackmoor, Adrien regresó a Londres para atender los asuntos legales que acompañaban su reciente título como duque de Westford. Los documentos, contratos y escrituras se amontonaban sobre la gran mesa de caoba en su despacho, cada papel un recordatorio del peso y la responsabilidad que ahora descansaban sobre sus hombros. Su conciencia se hallaba más tranquila. Sabía que los hombres que habían hecho sufrir a su hermana finalmente habían pagado por sus actos. Y en lo más profundo de su corazón sentía, con un leve alivio, que Clarissa finalmente descansaba en paz, liberada de los tormentos que la habían perseguido al final de su vida. Lo que restaba de agosto y todo septiembre transcurrió entre viajes constantes desde Londres a la finca del ducado de Westford, en los alrededores de Winchester, y viceversa. Revisaba el estado de las propiedades, conversaba con los administradores y se aseguraba de que cada aspecto del ducado funcionara
A comienzos de octubre, durante las primeras semanas de otoño, el aire en Dumfries se volvió más fresco y húmedo, mientras las hojas se doraban y caían con lentitud. La hierba, aún verde en algunos parches, se cubría de rocío helado por las mañanas, y los árboles mostraban las primeras hojas ocres que tapizaban los senderos de la finca. El cambio de estación parecía reflejar el ánimo de Aurelia: una quietud melancólica que invitaba al recogimiento y a la introspección. Una mañana, mientras el humo del fuego ascendía en la chimenea de la cocina, la señora MacLaren le entregó a Aurelia un pequeño manojo de cartas atadas con una cinta azul. Entre ellas estaba la carta de Isolda y varias misivas de sus amigas londinenses. Durante un viaje por Escocia, estas últimas se habían enterado de su estancia en Dumfries y querían ofrecerle compañía sin interrumpir su luto. La invitaban a desayunos tranquilos, tardes de té en jardines privados, paseos cortos por los senderos d
Ocho días después de dejar Blackmoor Hall, el carruaje se detuvo frente a la casa de Dumfries cuando la tarde comenzaba a declinar. El aire olía a hierba húmeda y a leña encendida, y la fachada de piedra gris, cubierta en parte por hiedra, parecía respirar una calma antigua, muy distinta a la solemnidad que Aurelia había dejado atrás. En el umbral los esperaba el matrimonio MacLaren. La señora MacLaren, de moño impecable y delantal almidonado, avanzó con una sonrisa que arrugaba dulcemente su rostro. Su esposo, un hombre de espaldas anchas y cabello ya plateado, inclinó la cabeza con la cortesía de un mayordomo, aunque las manos curtidas delataban también su trabajo de jardinero. Tras ellos asomaba una muchacha pecosa, de mirada vivaz, que se apresuró a abrir la puerta. —Bienvenida a Dumfries, Lady Hawthorne —dijo la señora MacLaren con voz cálida—. La casa es suya. Aurelia respondió con un agradecimiento apenas audible. Colin descargó el equipaje, y la
Después del desayuno, cuando la luz del día ya se había afianzado en el cielo, Aurelia descendió por la escalinata principal. El patio estaba perlado de humedad matinal, y el carruaje aguardaba reluciente, con las bridas recién engrasadas y un leve vaho que se alzaba del lomo de los caballos. Isolda, Lydia y Celia la despidieron con abrazos cálidos y el aroma familiar de la lavanda. El calor de aquel hogar parecía acompañarla incluso cuando se separó de ellas y se volvió hacia el carruaje. Un poco más atrás, Nathaniel y Evelina permanecían erguidos y formales, como si la despedida fuera un deber que la cortesía imponía. Sus miradas eran correctas, no frías, pero sí distantes. Aurelia no los culpaba: las heridas que ella misma había abierto en esa familia no se borraban con un simple adiós. Un último intercambio de miradas con Isolda —una promesa muda de cartas y de regreso— acompañó a Aurelia mientras subía al carruaje. Colin, erguido en el pescante, inclinó apen
Tres días después del funeral, el luto seguía adherido a las paredes de Blackmoor Hall. Las cortinas permanecían cerradas y el aire, denso con olor a cera consumida y lluvia de finales de verano, se sentía inmóvil, como si el tiempo no hubiera avanzado. Aurelia avanzaba por el corredor con paso contenido, como si el mismo suelo le pesara. Cada cuadro, cada moldura, le devolvía fragmentos de una década que prefería olvidar. Aquellas paredes no habían sido escenario de fiestas ni de risas, sino de un silencio impuesto: la cárcel privada donde el duque los había mantenido aislados del mundo. Cada habitación guardaba un eco de encierro y de control, una sombra que parecía adherirse a la piel. Al pasar frente a una de las puertas, aminoró el paso. Durante años había cruzado aquellos corredores con la seguridad de quien creía tener un lugar privilegiado en aquella casa. Ahora comprendía que las comodidades, los vestidos y las atenciones de las que había disfr
La tarde siguiente a la conversación con Adrien, llegó la noticia que todos esperaban: el duque de Blackmoor había muerto. Ocho días después del duelo, la herida de bala que había recibido en el costado finalmente lo había vencido. Durante aquellos días, su agonía se prolongó entre dolores cada vez más insoportables y una fiebre que no logró superar. La noticia se extendió rápidamente por los círculos de la nobleza. Durante la noche, el cuerpo fue preparado para las exequias y trasladado a la capilla familiar, donde permaneció en velatorio. Al amanecer, las campanas doblaron por su último adiós. Los carruajes negros se sucedían a la entrada de la propiedad, mientras la niebla veraniega envolvía la alameda como un sudario. El cielo gris, apenas interrumpido por tenues destellos de sol, parecía una premonición. Dentro de la capilla, el féretro de roble, rodeado de coronas de flores blancas y lilas, descansaba bajo el escudo de armas de los Blackmoor. Los







