LOGIN“La mansión de Blackmoor en Londres estaba iluminada por candelabros que reflejaban destellos dorados sobre los tapices y los mármoles del salón. Aurelia permanecía cerca del marqués de Greystone y su joven esposa, Lady Clarissa, conversando con cortesía. Mientras hablaban, el duque entró con una bandeja de copas de cristal finamente talladas, cuyos reflejos brillaban en sus ojos oscuros y calculadores.
—Un pequeño aperitivo para las damas —dijo, ofreciendo las bebidas con una sonrisa medida, que ocultaba un filo de malicia. Aurelia tomó la suya, consciente de que no debía beberla, mientras observaba a Lady Clarissa aceptar la copa con un nerviosismo que la hacía titubear levemente. Apenas unos minutos después, el duque se acercó al marqués con una expresión medida, mezclando cortesía y autoridad: —¿Me permite mostrarle a su esposa mi colección de cuadros de Thomas Lawrence? —Por supuesto —respondió el marqués, sin percibir la intención oculta tras la invitación. Mientras guiaba a Lady Clarissa hacia la galería, el duque lanzó a Aurelia una mirada cargada de instrucciones silenciosas: debía quedarse con el marqués. Ella asintió imperceptiblemente. Apenas se perdió de vista junto a su esposa, el marqués la recorrió con mirada lujuriosa. Aurelia, sintiendo el peso de su papel, llamó discretamente a una de las jóvenes invitadas de reputación dudosa, quien captó inmediatamente la atención del hombre, permitiéndole retirarse hacia otra sala. Aurelia caminaba por el pasillo del segundo piso hacia su habitación cuando notó que la puerta de la biblioteca estaba entreabierta. Al acercarse, escuchó murmullos y se asomó con cuidado. Dentro, el duque estaba muy próximo a Lady Clarissa, inclinado hacia ella como si compartiera un secreto íntimo. —Un ser muy querido por ti está en problemas… necesita tu ayuda —susurró con voz grave, apenas audible. Lady Clarissa abrió mucho los ojos, su expresión ingenua y confusa bajo el efecto de la bebida. —¿Adrien está en problemas? —preguntó con tono infantil, casi esperanzado. Blackmoor sostuvo su mirada, calculando cada segundo. —Sí… está en serios problemas. Y la única forma de llegar a él es a caballo. —¿A caballo? —balbuceó ella, frunciendo el ceño—. Pero yo no sé cabalgar… El duque se acomodó en un sillón, erguido y dominante, con una frialdad que parecía envolver toda la sala. —No te preocupes… yo te guiaré en todo momento. Ven. Con delicadeza forzada, la tomó de las manos y la posicionó a horcajadas sobre él, como si realmente fuera una silla de montar. Lady Clarissa obedeció dócilmente, respirando agitadamente, los ojos fijos en él, confiando en cada gesto y palabra. —Así… muy bien… ya estás en el caballo. Ahora debes mantenerte firme —indicó, corrigiendo la postura de sus brazos y la curva de su espalda. Lady Clarissa se movió torpemente y dejó escapar un gemido leve. —Me duele… la silla de montar me hace daño… El duque inclinó la cabeza, sin apartar los ojos de ella. —Debe sentirse así… —dijo con calma cruel—. Pronto te acostumbrarás. Resiste. Aurelia, desde la penumbra del pasillo, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Blackmoor no solo había logrado que Lady Clarissa aceptara el juego, sino que la dirigía con precisión de maestro, cada gesto controlado, cada respiración medida. —Muy bien… empieza despacio… así… —susurró, guiando sus movimientos—. Sí… cada paso te acerca a Adrien… no te detengas… Lady Clarissa obedecía con fervor, convencida de que avanzaba hacia alguien que la necesitaba. Su cabello se desordenaba, sus mejillas se encendían, pero su sonrisa persistía, atrapada en la ilusión que el duque había tejido. Aurelia permaneció un instante más en el umbral, incapaz de apartar la mirada, hasta que un estremecimiento le recorrió el cuerpo. Con un paso silencioso, se retiró de la puerta y continuó su camino hacia su habitación, el corazón latiéndole con fuerza y la mente llena de imágenes que deseaba olvidar. Una vez allí, se refrescó, tomando aire y tratando de recomponerse antes de regresar a la sala principal. Después de unos minutos, decidió volver a la fiesta, intentando aparentar normalidad. Al pasar por el pasillo del segundo piso, la puerta de la biblioteca seguía entreabierta y, por costumbre, se asomó de nuevo. Dentro, el duque estaba sentado, relajado y elegante, mientras Lady Clarissa simulaba cabalgar sobre él. Subidas y bajadas rítmicas, desplazamientos laterales, inclinaciones; cada movimiento obedecía a las instrucciones precisas de Blackmoor. —Muy bien… así… un poco más rápido —susurraba, con su calma gélida habitual. —¿Así? —preguntó Clarissa, jadeando con una sonrisa ingenua, los ojos brillando con expectativa. —Sí… cada paso te acerca… ya casi llegas junto a Adrien. Ella obedecía, completamente absorbida en la ilusión infantil de su mente alterada. —Pero… la silla me duele… —murmuró con un gemido leve. —Resiste el dolor —replicó él—. Es parte del camino. Si quieres llegar, no debes detenerte. Lady Clarissa asintió, acelerando sus movimientos. Su cabello se agitaba con cada gesto, sus mejillas enrojecían, mientras la sonrisa se mantenía, ingenua y febril. —Tú puedes… —la voz del duque era un látigo disfrazado de caricia—. Él te está esperando… Adrien necesita tu ayuda… no lo hagas esperar. —Sí… sí… —respondió ella, absorta en el juego que creía real. Los movimientos se intensificaron. Blackmoor no apartaba la mirada de su rostro, disfrutando con evidente placer del control absoluto que ejercía. Sus labios se entreabrían en un gesto de deleite perverso, cada palabra marcando el ritmo con precisión cruel. —Más rápido… más rápido… sí… así… siiiiiii… —su voz áspera, cargada de satisfacción—. Ya llegaste… Adrien está justo delante de ti. Aurelia retrocedió instintivamente, horrorizada por lo que había presenciado. Mientras se alejaba de la biblioteca, logró escuchar la última palabra de Lady Clarissa antes de caer en la inconsciencia, dicha con voz entrecortada y cargada de alarma, que, a pesar de no comprender su verdadero significado, le heló la sangre. —¡Adrien!”Antes de que el duque de Westford se retirara del estudio, Isolda y Aurelia se apresuraron a entrar en un salón contiguo, cerrando la puerta con mucho cuidado para que nadie notara que habían estado espiando. Una vez allí, Isolda apremió a Aurelia: —Vamos al salón privado, es mejor que nos resguardemos. Ya en la estancia, mientras Aurelia cerraba la puerta tras de sí, Isolda, con admiración evidente, comentó: —Mis respetos para el duque de Westford. Yo no conservé tanta calma cuando encaré a mi esposo. Aurelia, sumida en sus propios pensamientos, alzó la mirada, atónita: —¿Cuándo lo encaraste? Isolda se acomodó en el sillón, como si nada, y respondió con indiferencia: —Cuando me enteré de que te acostabas con él. Impactada, Aurelia se acercó a su hermana y, con voz insegura, preguntó: —¿Cuándo… cómo te enteraste? ¿Te lo dijo él? —No —replicó Isolda, mirando a su hermana con
Adrien permaneció inmóvil, con la mirada fija en el duque de Blackmoor. La sala estaba cargada de un silencio espeso, roto únicamente por la respiración contenida del duque y los leves movimientos del marqués de Greystone, visiblemente incómodo. Cada segundo que pasaba parecía alargar el aire, como si la estancia misma contuviera la respiración. Con la misma calma que había mantenido durante toda la reunión, Adrien habló, señalando sutilmente a Blackmoor: —Ella menciona que fue usted quien la incitó a tener relaciones, escudándose en un juego absurdo y aprovechando su malestar. Blackmoor palideció, tensando los puños sobre el escritorio. Su mandíbula se apretó hasta que los nudillos se blanquearon. —Eso es absurdo… yo jamás le pondría una mano encima a la esposa de mi amigo. Adrien no apartó la mirada ni un instante. Su voz siguió serena, medida: —Y aun así lo hizo. El tiempo pareció detenerse. La habitación quedó
El aire se tensó aún más. El marqués de Greystone se removió incómodo en la butaca, mientras el duque de Blackmoor lo observaba con la fría mirada de quien se sabe retado, pero aún mantiene la ventaja de la posición y el entorno. El duque de Blackmoor permaneció en silencio durante largos segundos, evaluando con frialdad el rostro imperturbable de Adrien. Finalmente, soltó un suspiro y dijo: —Muy bien… entonces, ¿qué quiere saber? Adrien, complacido por aquel primer avance, relajó levemente su postura y, con tono sereno, preguntó: —Greystone me comentó que, en la última semana de la temporada social, él y mi hermana asistieron a una fiesta celebrada en su residencia de Londres, Blackmoor House. ¿Es correcto? El duque se movió en su asiento, intentando mostrar naturalidad, aunque la rigidez de su mandíbula lo traicionaba. —No era una fiesta —replicó—. Sólo una simple reunión de amigos, nad
El carruaje se detuvo frente a la imponente fachada de Blackmoor Hall. Varios mozos acudieron de inmediato para sujetar los caballos y abrir la portezuela. Adrien descendió con serenidad. Vestía una levita oscura sobre un chaleco de seda gris, y sus botas altas, impecablemente lustradas, completaban su elegante atuendo. Con el sombrero de copa en una mano enguantada, se dirigió hacia la entrada, donde el mayordomo lo aguardaba. Tras una breve reverencia, el hombre abrió la puerta y lo condujo al interior. —Vengo a hablar con el duque de Blackmoor —anunció Adrien con voz fría y mesurada, mientras le entregaba el sombrero. El mayordomo asintió y se alejó por el corredor para anunciar su llegada. Adrien aguardó en el recibidor, repasando mentalmente las preguntas que pensaba formular. Debía mantener la calma y medir cada palabra. No podía permitir que la rabia interfiriera en su propósito. Al cabo de unos m
El regreso a Manor fue silencioso, apenas roto por el crujir de los cascos sobre la hierba húmeda. Adrien permanecía inmóvil en la silla de montar, con la mirada fija en el camino frente a él, aunque su mente corría a mil por hora. Cada palabra de Aurelia reverberaba en su cabeza, recordándole con dolor y furia lo ocurrido. Al llegar a la mansión, desmontó y dejó a su caballo al cuidado de un mozo de cuadras en la caballería. Caminó hacia su habitación con paso firme, la respiración controlada, aunque el peso de la rabia y el dolor apretaba su pecho. Cerró la puerta tras de sí y se dejó caer en un sillón, los codos apoyados en las rodillas, la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante. El suave roce de la tela del sillón le recordó lo frágil que era su mundo; debía mantener la compostura. No podía permitirse perder la calma. La muerte de su hermana y la crueldad del duque de Blackmoor exigían que su mente permaneciera fría. Cualquier emoción desbordada, cualqui
Aurelia permaneció inmóvil, la mirada fija en los ojos grises de Adrien, esperando a que él procesara todo lo que le había contado hasta ese momento. El silencio entre ambos parecía pesar más que cualquier palabra, solo roto por el leve murmullo del viento sobre el lago y el chapoteo del agua. Finalmente, habló, con voz serena y firme, aunque cargada de tristeza: —Su hermana estaba drogada, la bebida que les dan a las mujeres en esas fiestas es una mezcla de líquidos que las hacen dóciles, aumentan su libido y las vuelven susceptibles. En este caso, el duque de Blackmoor le dijo a su hermana que un ser querido necesitaba su ayuda, y que la única forma de llegar ante esa persona era cabalgando. De esa forma él logró que su hermana se entregara a él. Ella, en todo momento, pensó que estaba montando a caballo para salvar a un ser querido… para salvarlo a usted. Adrien se quedó atónito ante la revelación. Los ojos se le agrandaron y su respiración se aceleró mientras la realidad del







