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Capítulo 4

Author: Paz Maré
last update publish date: 2026-10-29 07:23:57

Adrien Beaumont, duque de Westford, había madrugado. El sueño le había sido esquivo una vez más, atormentado por los recuerdos de la persona más importante de su vida: su hermana menor, Lady Clarissa.

Recordó su risa clara, la vivacidad que parecía iluminar cualquier estancia, su ingenio inquieto que siempre lo mantenía alerta. La recordó de niña y luego de joven, cómo se emocionaba por cada novedad, cómo su alegría era contagiosa, cómo su espíritu rebelde parecía desbordar las restricciones impuestas por un mundo rígido y cruel.

Y luego, el recuerdo que lo había marcado para siempre: su matrimonio con el marqués de Greystone. Adrien aún podía sentir la impotencia de aquel momento, estando lejos en Francia cuando supo que su padre la había entregado a un hombre sin moral ni compasión. La injusticia lo había consumido. Nunca pudo protegerla de las ambiciones de su padre, un hombre déspota cuya autoridad había definido y truncado la vida de su hermana.

El golpe final vino meses después, cuando la noticia de la muerte de Clarissa alcanzó la finca del ducado de Westford, en los alrededores de Winchester, mientras revisaba los asuntos del patrimonio recién heredado tras la muerte de su padre. La carta que anunciaba la tragedia lo dejó sin aliento. La alegría, la risa y la luz de su hermana se habían extinguido para siempre.

El día de su funeral, una sirvienta le entregó el diario de su hermana. Las páginas aún parecían pesarle en las manos, aunque ya las conocía de memoria: cada palabra escrita con trazo tembloroso, cada confesión velada, cada rastro de sufrimiento soportado en silencio durante meses. El marqués de Greystone, su cuñado, quedaba retratado con crudeza; pero entre las líneas había otro nombre que regresaba una y otra vez, como una herida abierta: Blackmoor.

Adrien apretó la mandíbula mientras cabalgaba sobre su corcel negro. El aire fresco de la mañana apenas rozaba la tensión que lo recorría. Montar era lo único que le permitía contener la furia y darle forma al torbellino de pensamientos que lo acosaban. En unos días, el propio Blackmoor llegaría a la mansión, y entonces habría de enfrentarlo. Pero no todavía. No sin antes tener todas las piezas.

Necesitaba movimiento. Necesitaba silencio. El galope firme del caballo era la única manera de no dejarse arrastrar por la urgencia de actuar antes de tiempo.

El animal redujo el paso al percibir una figura a lo lejos. Adrien levantó la vista y distinguió a una mujer caminando sola por los terrenos de la mansión. La cabeza gacha, los pasos arrastrados, como si llevara un peso invisible. Cuando se acercó, pudo verla con mayor detalle.

El cabello recogido con rigidez dejaba al descubierto un rostro delicado, marcado por el cansancio. La piel pálida mostraba las huellas de noches en vela; los ojos, aunque hermosos, estaban hinchados, apagados, sin el brillo que alguna vez debieron tener. El vestido oscuro y sencillo reforzaba la impresión de derrota, como si la vida le hubiera arrebatado demasiado en muy poco tiempo.

Y, pese a todo, había en ella una belleza inesperada. No la ostentosa de los salones londinenses, sino una fragilidad digna, melancólica, que lo sorprendió.

Entonces, la memoria lo alcanzó. No era una desconocida. La había visto apenas dos días atrás, en Blackmoor Hall. Estaba junto a la duquesa cuando él fue recibido en el salón: erguida, elegante, con un aire de altivez contenido que la hacía parecer dueña de sí misma, sombra fiel a su señora.

Adrien la observó ahora, desconcertado por la transformación. La altivez había desaparecido, sustituida por una expresión de derrota que apenas lograba ocultar el agotamiento. Era la misma mujer, pero parecía otra. Una contradicción viviente: antes orgullosa y elegante, ahora rota y marchita… y, sin embargo, imposible de ignorar.

Adrien tiró de las riendas y desmontó con un movimiento ágil, la bota hundiéndose en la hierba húmeda. Avanzó hacia la joven con paso firme, el caballo lo seguía dócilmente.

—No hemos tenido el placer de ser presentados —dijo con cortesía medida, inclinando apenas la cabeza—. Soy Adrien Beaumont, duque de Westford.

Aurelia bajó la mirada, conteniendo la respiración. El corazón le latía desbocado mientras hacía una ligera reverencia, su voz apenas un murmullo:

—Lady Aurelia Hawthorne… hermana de la duquesa de Blackmoor.

El nombre golpeó la mente de Adrien como un disparo. Lo había leído una y otra vez en las páginas del diario de Clarissa, siempre vinculado al de Blackmoor. Su expresión se endureció; la voz, hasta entonces cortés, adquirió un filo cortante.

—¿Aurelia? —repitió, avanzando un paso—. ¿La Aurelia que acompañaba al duque de Blackmoor en la última temporada social?

El rostro de Aurelia palideció de inmediato. No respondió. No podía.

Adrien lo entendió en su silencio. Dio un paso más, invadiendo su espacio, su mirada fija como una amenaza.

—Necesito hablar con usted sobre las fiestas que organizaba el duque de Blackmoor en Blackmoor House —dijo, cada palabra marcada con dureza—, durante la reciente temporada.

Aurelia retrocedió instintivamente, un paso pequeño pero cargado de miedo.

—No sé de qué fiestas me habla… —balbuceó, intentando sonar firme, pero su voz quebrada la traicionó.

Adrien frunció el ceño. La paciencia se le agotaba. Avanzó de nuevo, cada vez más cerca.

—Usted sabe muy bien de qué hablo.

—De verdad… —la voz de Aurelia temblaba mientras intentaba alejarse—. No sé de lo que me habla.

La furia lo consumió. Adrien la sujetó con fuerza del brazo, inclinándose hasta que su rostro quedó a escasos centímetros del de ella. Sus ojos grises la atravesaron con un resplandor de ira contenida.

—Le hablo —escupió con voz baja y amenazante— de esa fiesta en la que el duque de Blackmoor le hizo daño a mi hermana.

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