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Capítulo Dos

Author: Nao Sol
last update publish date: 2026-06-04 02:30:37

Después de pedir una licencia temporal en el trabajo y prometerle a Diana que seguiré ayudándola con el alquiler, me dirijo a Fallonmore con mi hijo... y mi prometido. 

Félix todavía no conoce la verdad sobre quién soy. Sobre la verdadera yo. Y no tiene idea de que lo estoy llevando a territorio privado. A un clan de hombres lobo.

Sé que tendré que decírselo en algún momento, pero todavía no. No puedo arriesgarme a que se asuste y decida dejarme sola para enfrentar a mi familia y a mis malas decisiones.

No podría soportarlo.

Además, una vez que vea que los hombres lobo son más civilizados que la mayoría de los humanos, quizá decida que no somos tan aterradores como Hollywood nos pinta.

—Tengo otra pregunta —dice Félix, apretando la mano que tiene sobre mi pierna mientras conduzco— ¿El padre de Laurie estará allí?

Uf.

Sí, estará.

—Mmm, no lo sé —murmuro, rascándome la cabeza— Dios, tengo muchísima hambre... ¿Tú tienes hambre, cariño?

—Un poco —responde, sin notar mi patético intento de cambiar de tema— ¿Cuánto falta para llegar?

—Unos cuarenta minutos. Hay una hamburguesería justo al entrar al pueblo, deberíamos ir. Te va a encantar.

—Claro. Lo que tú quieras.

Pasamos el resto del trayecto escuchando música y conversando. Y en cuanto llegamos a Fallonmore, el aroma del hogar y de la familia me envuelve con una sensación cálida.

Aquí es donde pertenezco.

Miro hacia el asiento trasero y veo a Laurie observándolo todo y olfateando el aire con su pequeña nariz respingona. Bajo un poco las ventanas para que mi hijo pueda oler a su verdadero hogar por primera vez.

Hay guardias en la entrada del clan, pero no dicen nada cuando paso frente a ellos. Solo toman nota del coche y de las pegatinas del clan que todavía conservo.

—Joder. Me imaginaba algo viejo y abandonado, pero esto es realmente bonito. Muy, muy bonito —comenta Félix unos minutos después, cuando finalmente llegamos a la calle principal donde comienza el pueblo de mi clan— Quiero decir, siendo un lugar tan escondido y alejado de todo. 

—Sip. A esta gente le gusta la tranquilidad. Nunca quisieron expandirse ni unirse a la ciudad.

—Ahora lo entiendo. A los ricos les encanta su privacidad... Oye, ¿ese es el lugar del que hablabas?

Señala el restaurante de la señora Webster.

Asiento y aparco.

Para mi increíble suerte, todavía no hay nadie aquí. Apenas son las ocho de la mañana de un lunes. La mayoría de la gente está trabajando o durmiendo.

Bajo del coche con las piernas temblorosas, y no dejan de temblar ni cuando saco a Laurie de su asiento ni cuando entro al restaurante.

En el instante en que mi trasero toca la silla, la señora Webster aparece desde la cocina con una enorme sonrisa.

—¿Olivia? ¿Eres tú?

Tengo que ponerme de pie para abrazarla.

—¿Dónde demonios te habías metido, pequeña Taffy?

—Conseguí trabajo fuera de aquí y tuve que mudarme —miento, aunque sé perfectamente que puede oler la mentira encima de mí. Solo espero que sea lo bastante educada para no señalarlo— Este es mi prometido, Félix. Y mi... mi hijo.

—¿Oh? ¿Tuviste un hijo? —pregunta emocionada. Y sé que dentro de poco todo el pueblo lo sabrá.

La señora Webster se lo contará a sus hijas. Ellas se lo contarán a sus amigas. Sus amigas se lo contarán a sus familias.

Y en menos tiempo del que me gustaría, todos estarán enterados.

Sin embargo, el hecho de que haya presentado a Félix como mi prometido evita que pregunte quién es el padre.

—No puedo creer que tu mamá no me haya contado sobre este precioso cachorrito —dice y se acerca a él—¿Cómo te llamas?

—Laurie —responde mi hijo.

—Laurie —ella repite con una dulce sonrisa— ¿Y qué te gusta comer, Laurie? A tu mamá le encantaban los nuggets cuando venía aquí con tus abuelos.

Mi hijo frunce el ceño confundido al escuchar la palabra abuelos.

—A mí también me gustan los nuggets.

—Y un par de hamburguesas para nosotros, por favor —agrego. La señora Webster asiente y vuelve a la cocina— Uf.

—¿Tengo abuelos? —pregunta Laurie en cuanto nos quedamos solos. Félix también me observa, esperando la respuesta.

—Sí —contesto— Los conocerás hoy. También tienes cuatro tías y quizá algunos primos.

O incluso medios-hermanos.

Pero definitivamente no quiero pensar en Daniel teniendo hijos con Clara.

No.

Tampoco menciono que Laurie tiene abuelos por parte de Daniel. Dos tíos. Y quién sabe cuánta más familia a estas alturas.

Mucho más rápido de lo que esperaba, terminamos de comer y tenemos que ir a mi vieja casa.

No estoy preparada en absoluto, pero no tengo más remedio que seguir adelante.

Conduzco despacio por el clan, absorbiendo todo lo que ha cambiado y, sobre todo, todo lo que sigue igual.

La nostalgia me golpea con una fuerza que jamás había sentido. Los ojos se me llenan de lágrimas en un momento, pero me niego a dejarlas caer.

—Todo es tan condenadamente lujoso —murmura Félix mientras observa las casas y los jardines impecables— Y esas casas son mansiones. Joder, Oli, nunca mencionaste que eras rica.

—Mi padre es el alcalde, en realidad. Así que mi familia tiene mucho dinero... pero yo no, obviamente —comento. 

Y adaptarme a vivir de sueldo en sueldo también fue increíblemente difícil para mí. Ni siquiera sabía lo consentida que era hasta que perdí todo mi dinero y tuve que enfrentarme a la cruel vida humana, donde nadie te ayuda y tienes que ver por ti mismo. Siempre. 

Félix me mira durante un segundo, como si estuviera empezando a darse cuenta de que algo no está bien entre mi familia y yo.

Y sé que esa conversación tiene que ocurrir muy pronto.

—Esa casa huele como nosotros —dice Laurie desde atrás cuando aparco frente a mi hogar.

Aunque Félix parece confundido por el comentario, yo me emociono.

Por un instante olvido mis nervios. Abro la puerta y ayudo a mi hijo a salir, cargándolo en mis brazos. 

—Esa es nuestra casa, Laurie. Mírate. Eres un niño grande con una nariz de niño grande.

Le acaricio la naricita y él se ríe.

Pero el momento tierno dura muy poco porque escucho la puerta abrirse y después una avalancha de pasos acercándose hacia nosotros.

Han pasado casi cuatro años, pero sigo reconociendo esas voces.

—Miren quién finalmente decidió regresar —Esa es la perra estúpida de Clara.

—¿Y a ti quién te invitó? —Carolina.

—Ya era hora de que mostraras tu estúpida cara por aquí —Lucinda.

—¡Oli Rolli!

Y esa es Rosie, la menor y la más dulce de mis hermanas, corriendo para alcanzarme.

Pero en cuanto me giro hacia ellas con un niño en brazos, las cuatro se detienen en seco y se quedan calladas.

La primera en reaccionar es Lucinda, que ya conocía la noticia. Da unos pasos hacia nosotros con toda su atención puesta en Laurie y extiende los brazos para cargarlo.

—Estas son tus tías, Laurie —le explico a mi hijo al percibir su inquietud— Ella es Lucinda.

—Huelen como nosotros —comenta.

Lucinda sonríe, lo toma de mis brazos y hunde la nariz en su cuello para impregnarlo con su olor.

—¿Qué está pasando? —pregunta Rosie sin moverse del sitio— ¿Es tuyo? ¿Cómo?

—Olivia, explícanos esto —suplica Carolina. Y entonces Clara se acerca con su estúpida cara llena de lágrimas, luciendo emocionada.

Tengo unas ganas enormes de golpearla.

—Oli, ¿puedes decirnos qué está pasando?

—Este es Laurie, mi hijo. Y este es Félix, mi prometido —los presento cuando siento a Félix colocarse a mi lado. También levanto una mano para que puedan ver mi anillo. 

De repente, todas las miradas se mueven de mi dedo a él. Y solo necesitan olfatear un poco para darse cuenta de que...

—Por favor, tengan cuidado con lo que dicen.

—Él no es... el padre, ¿verdad? No puede ser.

—No, no soy el padre —responde Félix con una pequeña risa, sonando amable y adorable mientras da un paso hacia ellas con una mano extendida.

Mis hermanas le dedican unos saludos sin emoción y vuelven a mirarme con los ojos llenos de intensidad y preguntas.

—¿Podemos cargar a nuestro sobrino? —pregunta Rosie, sonando impaciente pero respetuosa. Lucinda es la única Alfa entre nosotras y puede hacer lo que quiera. Como apropiarse de mi hijo— Por favor.

—Está bien, pero... —la voz de Lucinda de repente se carga de autoridad. Tanta que somete a las cuatro omegas presentes y nos obliga a escucharla.

—Olivia no necesita que le llenen los oídos de preguntas. Laurie es su hijo y eso es todo lo que necesitamos saber. No se aceptarán preguntas sobre el padre.

Mis hermanas se llenan inmediatamente de curiosidad morbosa, pero aceptan las palabras de Lucinda y comienzan a turnarse para cargar a Laurie y olfatearlo.

Mi estómago se contrae por la mezcla de odio y culpa cuando Clara lo toma en brazos.

No tengo ninguna razón para odiarla. Y precisamente eso es lo que me hace sentir culpable.

Clara es mi hermana. Es cinco años mayor que yo, pero siempre fuimos muy cercanas… hasta aquella noche.

Cuando Clara huele a Laurie, se queda inmóvil por un segundo. Y mi corazón hace exactamente lo mismo.

Porque sé que puede oler a su esposo en él.

Pero si no tiene motivos para pensar que mi hijo debería oler como su marido, entonces no creo que haga la conexión.

Y efectivamente, un segundo después aparta ese pensamiento y le sonríe a su sobrino...

Que también es su hijastro, supongo.

Qué asco.

—Vamos adentro, chicos —nos invita Lucinda mientras Félix saca las maletas del maletero y nosotros subimos las escaleras para entrar a mi casa.

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