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Capítulo Tres

작가: Nao Sol
last update 게시일: 2026-06-04 02:31:09

Todo sigue igual en la casa.

Algunas paredes fueron pintadas recientemente del mismo azul cerúleo que tanto le gusta a mi madre. Hay un par de marcos nuevos en la pared de fotografías, pero no me detengo a mirarlos. Los sofás color crema también son nuevos.

Lucinda nos acompaña hasta mi antigua habitación, donde todo sigue exactamente igual. Tanto, que jadeo cuando entro y mi cerebro me juega una horrible mala pasada, porque me hace percibir el aroma de Daniel.

Han pasado años. Su olor no debería seguir aquí.

Pero todo lo demás sí.

Su balón de fútbol en una esquina, las zapatillas deportivas que dejó aquí la última vez que se quedó a dormir... y todas las fotografías nuestras con las que decoré patéticamente mi habitación porque estaba enamorada.

Oh, Dios. No puedo creer que nadie se haya dado cuenta de todo lo que estaba pasando entre nosotros. 

No sé si lo que siento ahora mismo es dolor, vergüenza o simplemente odio hacia Daniel por haber hecho que toda mi vida girara alrededor de él, pero todas esas emociones están luchando dentro de mí para ver cuál gana.

—Mamá no quiso cambiar nada. Ha estado esperando que regresaras en cualquier momento desde que te fuiste —explica Lucinda. Puedo oler claramente su molestia y frustración hacia mí, igual que ella puede oler mi nostalgia. Mi hermana señala mi escritorio con las cosas de Daniel y nuestras fotografías— Ahora que conozco la pieza que faltaba del rompecabezas, todo este... altar tiene mucho más sentido.

—Ja, ja, ja —finjo una risa sin una pizca de diversión.

Félix camina por la habitación observando todo sin prestar demasiada atención a nuestra conversación porque está estudiando cuidadosamente esta parte de mí de la que nunca le hablé.

—Es una habitación tan de adolescente —bromea mientras se inclina para inspeccionar las fotografías— ¿Quién es este chico?

El Diablo.

—Daniel. Era mi mejor amigo... y ahora es el esposo de Clara. Clara, mi hermana —explico con una sonrisa extremadamente falsa que llevo practicando desde que supe que volvería aquí— Tenía dieciocho años cuando me fui.

Embarazada y confundida.

Triste.

Con el corazón roto.

Engañada, traicionada.

Odiando a mi hermana y al hombre que amaba, mi supuesto mejor amigo.

Mi supuesto compañero destinado.

—Félix, ¿por qué no te pones cómodo mientras hablo con Oli sobre la salud de nuestro padre?

—Sí, claro. Hablen de lo que necesiten hablar —responde mientras se acomoda en mi cama con su mochila— Tengo que enviar algunos correos.

—Está bien, cariño. Regreso enseguida.

Le doy un beso profundo antes de abandonar este pedazo de pasado que apenas me deja respirar.

Camino junto a mi hermana hasta llegar al despacho de mi padre y solo cuando estoy encerrada allí con ella logro liberar todo el aire que tenía atrapado.

—Mierda, Lucinda —me quejo, cubriendo mi cara con mis manos— Esto es muy difícil.

—Lo sé —murmura. Me pone una mano en la espalda mientras intento recomponerme, pero lo único que consigo es empeorar cada vez más mientras todo se derrumba sobre mí.

No estoy aquí solo para sufrir por Daniel y por el desastre que es mi vida.

Estoy aquí porque alguien atacó a mi padre.

—¿Cómo está papá?

—En coma. Mamá está en el hospital con él. Los médicos están haciendo todo lo posible, pero nos dijeron que hay muy pocas probabilidades de que vuelva con nosotros —me informa Lucinda mientras sigue acariciándome la espalda mientras lloro en silencio— ¿Quieres verlo?

—Por favor.

Rosie se queda cuidando de Laurie y le suplico a Félix que me espere en mi habitación y que no salga hasta que regrese.

El hospital es pequeño y está lleno de caras conocidas, pero Lucinda y yo no nos detenemos a hablar con nadie.

Vamos directamente a la habitación de mi padre y cuando la enfermera abre la puerta, mi madre se pone de pie del sofá con una expresión de completa sorpresa, cubriéndose la boca con una mano.

Supongo que Lucinda no le había dicho que venía de camino.

—Mi bebé —susurra incrédula mientras se acerca lentamente a mí. Las lágrimas vuelven a salir— La Madre Naturaleza me escuchó.

Mi pobre madre no debería estar rezando para verme cuando solo vivo a cuatro horas de distancia. Soy una persona horrible.

—Lo siento, mamá —sollozo contra su hombro, abrazándola como si fuera mi salvavidas— Lo siento muchísimo. No sabía qué hacer. Lo arruiné todo y no sabía cómo arreglarlo, así que huí. Lo siento.

Mi madre no dice nada. Simplemente me abraza e intenta calmarme.

Puedo oler su alivio por tenerme aquí y eso me hace sentir aún peor.

—Eso no importa en este momento, Oli. Lo que importa es que estás aquí cuando más te necesitamos —dice con una voz baja y rota mientras se aparta para sostener mi rostro entre sus manos— Tu papi te necesita. Sabrá que estás aquí, aunque no regrese con nosotros.

Asiento y me aparto de ella para acercarme a la camilla donde yace mi padre. Reprimo un sollozo y me dejo caer en la silla junto a él para tomar su mano y apretarla.

Tiene el cuello vendado, así que me aventuro a imaginar que fue atacado por un lobo durante una pelea, directamente en la garganta.

Una herida mortal.

Normalmente alguien se desangraría y moriría en cuestión de minutos, así que el hecho de que siga aquí, luchando por su vida, me da un poco de esperanza.

—Sigue luchando, papá —susurro mientras aprieto su mano— Vas a estar bien y vas a volver. De verdad lo creo. Tienes que volver para poder darme la reprimenda que merezco por ser una hija de m****a.

—Oye —se queja mi madre desde la puerta donde está apoyada, frunciendo el ceño a pesar de las lágrimas— Yo también creo que estará bien. Es un Alfa fuerte, como un roble. Solo necesita que su cuerpo descanse unos días y volverá.

Lucinda asiente, pero baja la mirada y no dice nada porque no comparte nuestros genes de optimismo.

No solo porque sea Alfa, sino porque es la hija mayor y, por lo tanto, la principal aguafiestas, la encargada de arruinar toda nuestra diversión.

Así que no voy a permitir que su negatividad me consuma.

Sinceramente creo que nuestro padre no va a morir.

—¿Cuándo ocurrió esto?

—Ayer por la mañana —responde mi madre. Me giro hacia Lucinda.

—¿Me llamaste tan pronto ocurrió? ¿Cómo conseguiste mi nuevo número tan fácilmente?

—No fue nada fácil. Robbie encontró tus redes sociales hace un año y a partir de ellas encontró tu número —explica. Robbie es su esposo y el mejor especialista en informática del clan— Pero como sabía que no querías que te contactaran, no lo hice hasta que ocurrió esta m****a. Si no hubieras estado aquí y el viejo hubiera muerto, jamás habría podido perdonarte.

—Lucinda, por favor —suplica mi madre— Habrá tiempo de sobra para las quejas, pero no ahora. No soportaría ver a mis hijos peleando mientras pierdo a mi compañero.

—Tienes razón, madre. Lo siento mucho... pero hay algo increíblemente importante que Olivia tiene que decirte —Y entonces me atraviesa con sus malditos ojos de Alfa psicópata— Dile toda la verdad. Tiene que saberlo.

Tartamudeo y niego con la cabeza, pero mi madre entrecierra los ojos y Lucinda cruza los brazos.

—Vamos, Olivia.

—Eh... bueno... mmm...

Respiro hondo y miro alrededor buscando las palabras.

—¿Recuerdas que Daniel y yo fuimos muy cercanos durante mucho tiempo?

—Ajá... —responde mi madre, confundida— en tu etapa de marimacha, cuando actuabas como chico, él era tu mejor amigo.

—Gracias por recordarme eso. Bueno... cuando cumplí dieciocho años y me presenté como omega... Daniel y yo descubrimos que éramos compatibles.

Lucinda cierra los ojos por el estrés. No sabía esa parte. 

Mi madre se aparta de la pared con los ojos abiertos como platos. Está en shock y ni siquiera he empezado realmente la historia.

—Durante meses tuvimos una relación íntima —murmuro entre dientes, sin ninguna gana de hablar de esto con mi madre, pero si voy a explicarme tengo que hacerlo bien.

Mi madre está a punto de explotar.

—Estábamos juntos todos los días, en todos los sentidos de la palabra, y de repente... una mañana despertamos juntos en mi cama y seguimos con nuestra rutina como cualquier otro día. Excepto que ese viernes era el cumpleaños de papá. Hicimos una gran celebración en la capilla, ¿lo recuerdan?

Mi madre y Lucinda saben perfectamente hacia dónde va esto.

Las dos están completamente conmocionadas. Esta es una pieza del rompecabezas que Lucinda todavía no conocía.

—Como seguramente recuerdan, ese día Daniel se arrodilló y le pidió matrimonio a Clara —continúo, sintiendo el maldito cuchillo clavado en la espalda como cada vez que recuerdo la situación.

Las dos mujeres siguen mirándome atónitas.

—En ese momento, mientras todos celebraban, me escabullí dentro de la casa, agarré una mochila con mis cosas y me fui. 

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