LOGINEn una pequeña villa, lejos del lujo al que estuvo acostumbrada durante gran parte de su vida, un viejo departamento con olor a humedad se convirtió en el refugio de Antonia Prieto. Las paredes desgastadas, los muebles antiguos y las cortinas descoloridas contrastaban con los recuerdos de la mansión donde alguna vez creyó tenerlo todo bajo control. Sentada frente a un televisor pequeño, contemplaba la ceremonia literaria que transmitían desde París. En la pantalla apareció Adelaide Valdés, elegante, sonriente y rodeada de admiradores, sosteniendo el prestigioso premio que reconocía su talento como escritora. Antonia apretó los labios al escuchar los aplausos del público y observó con una mezcla de resentimiento y desconcierto a la mujer que su hijo nunca consiguió olvidar. Adelaide parecía pertenecer a un mundo completamente distinto, uno al que Antonia ya no tenía acceso. Su vestido impecable, la seguridad de sus movimientos y la manera en que hablaba ante cientos de personas le reco
Un año después…En París, las noticias sobre una de las escritoras más famosas del momento ocupaban las portadas de revistas culturales, los programas de televisión y las principales tendencias de las redes sociales. Adelaide Valdés, reconocida internacionalmente bajo el seudónimo de Alas de Hadas, se preparaba para recibir uno de los galardones más prestigiosos del mundo literario: el Premio Internacional de Literatura, un reconocimiento otorgado a escritores cuya obra consigue trascender fronteras y conquistar a millones de lectores. Su nombre despertaba admiración entre quienes seguían su carrera, y cada nueva publicación se convertía en un acontecimiento. Sin embargo, detrás de aquel éxito existía una mujer muy distinta de la que abandonó Italia un año atrás. La Adelaide que llegó a París buscando distancia de sus heridas ya no era aquella mujer que esperaba una explicación, una disculpa o una muestra de amor capaz de devolverle la seguridad que perdió. Durante esos meses aprendió
Marco sonrió levemente cuando escuchó pasos al otro lado de la puerta. Acomodó el arreglo de flores entre sus manos y respiró hondo, preparándose para encontrarse con Adelaide. Sin embargo, cuando la puerta se abrió, la sonrisa desapareció de su rostro. Frente a él apareció una mujer desconocida, acompañada por un hombre que llevaba una caja entre los brazos. Marco miró hacia el interior del departamento, confundido, antes de dirigirles la palabra.—Disculpen, ¿Adelaide Valdés vive aquí? —preguntó, intentando disimular la inquietud que comenzaba a apoderarse de él.La mujer negó con la cabeza y se acomodó el cabello detrás de la oreja.—No, señor. Nosotros alquilamos el departamento hace unos días. Cuando llegamos, ya estaba vacío.Marco sintió que algo se le cerraba en el pecho. Bajó la mirada hacia las flores y después volvió a observar a la mujer, como si esperara que agregara alguna explicación capaz de tranquilizarlo.—¿Está segura? ¿No les dejó alguna dirección o un número de co
Por su parte, Adelaide no se encontraba en Italia. Desde hacía varios días recorría las calles de París, disfrutando del bono que la editorial que le concedió como reconocimiento por convertirse en la escritora más leída. Lo que debía ser una breve escapada para descansar de los últimos acontecimientos terminó transformándose en una experiencia que despertó en ella el deseo de quedarse. La ciudad la cautivó con sus avenidas, sus cafeterías, sus librerías y aquella belleza que parecía esconderse hasta en los rincones más sencillos. Poco a poco, comenzó a imaginar una vida allí, lejos de los recuerdos que durante tanto tiempo la mantuvieron atada a un pasado doloroso. Cerrar definitivamente su historia con Marco todavía le provocaba cierta nostalgia, pero ya no sentía aquella angustia que antes le apretaba el pecho al pensar en él. Comprendió que esperar demasiado de los demás podía convertirse en un desgaste emocional interminable, especialmente cuando uno terminaba olvidándose de sí m
El cielo permanecía cubierto por nubes grises cuando Marco regresó a los viñedos después del funeral de Élodie. Aún llevaba el traje negro que eligió para despedirla y sentía el cuerpo agotado, aunque el cansancio más profundo no provenía de la falta de sueño, sino del vacío que le dejó la partida de aquella mujer que formó parte de su vida muy poco tiempo. Todavía podía escuchar el llanto de Julien, recordar el rostro deshecho de Catherine y sentir el peso de los abrazos que recibió sin encontrar palabras para responder. Todos lloraron a Élodie por razones distintas, pero Marco guardaba un recuerdo de los últimos dias de paseo: ella se marchó después de cumplir un sueño que él le prometió cuando supo que el tiempo se le agotaba. Le dio un anillo, una ceremonia junto al mar y un recuerdo hermoso para llevarse consigo, pero ni siquiera eso le parecía suficiente. Quería que hubiera vivido más, que hubiera tenido la oportunidad de conocer a alguien que la amara como ella merecía, que pud
Un mes después…La madrugada envolvía los viñedos en un silencio profundo. La casa dormía y, en la habitación de Élodie, apenas se escuchaba su respiración, cada vez más débil. Durante las últimas semanas, su familia aprendió a reconocer los cambios en su estado, las horas de cansancio y los momentos en los que una sonrisa bastaba para tranquilizarlos. Sin embargo, aquella noche transcurrió sin sobresaltos, sin llamadas desesperadas ni manos aferradas a las suyas. Élodie se marchó en silencio, mientras todos descansaban, tal como lo deseaba. No quiso que sus seres queridos presenciaran su último suspiro ni que sus miradas llenas de angustia fueran lo último que viera. Partió llevándose consigo un trozo de cada uno, pero dejó en aquella habitación el eco de su voz, la dulzura de sus palabras y una sonrisa que permanecería grabada en la memoria de quienes la amaron.Cuando comenzó a clarear, Marco despertó en el sillón junto a la cama. Llevaba tantas noches acompañando a su amiga y espo







