INICIAR SESIÓNEran las once y cuarenta de la noche cuando Elise Varnier encontró los treinta millones de euros que no existían. El piso treinta y dos de la Torre Lantsov estaba vacío. Solo quedaba el zumbido del aire acondicionado y la luz azul de su pantalla. Afuera, Castelvarre era un mar de luces amarillas reflejadas en el río Ardán, bajo la lluvia. Revisó la hoja de cálculo por tercera vez. Luego por cuarta. No era un error de digitación. Eran cuarenta y tres transferencias pequeñas, ninguna superior a setecientos mil euros, todas hacia proveedores de construcción que nunca habían entregado un solo ladrillo. Todas aprobadas con la misma firma digital
Elise se quitó los lentes y se frotó los ojos —No puede ser —susurró Su celular vibró sobre el escritorio. Era su mamá —¿Eli? ¿Sigues en la oficina? —Ya casi salgo, ma. ¿Cómo está Lukas? Hubo un silencio demasiado largo al otro lado —El doctor volvió a pasar. Dice que la operación no puede esperar más de un mes. Que la válvula… —La voz de su madre se quebró— La lista de espera pública es de catorce meses, hija. En la clínica privada son noventa mil euros. Sin contar la recuperación Elise cerró los ojos. Noventa mil euros. Ella ganaba dos mil cuatrocientos al mes, y la mitad se iba en el alquiler y las medicinas —Lo voy a conseguir —dijo, con una seguridad que no sentía— Te lo prometo Colgó y volvió a mirar la pantalla. Treinta millones robados. Y su hermano se estaba muriendo por la centésima parte de eso. Por un segundo, solo uno, pensó en lo fácil que sería cerrar el archivo y fingir que nunca lo había visto. Luego conectó una memoria USB y copió todo. No sabía todavía que esa decisión iba a costarle todo lo que tenía A la mañana siguiente envió un correo al director financiero, Nikolai Lantsov, pidiendo una reunión urgente. Adjuntó un resumen, sin nombres. Era el procedimiento correcto. A las nueve y diez, él respondió con una sola línea: Gracias por tu diligencia. Yo me encargo. A las once, su usuario dejó de funcionar. A las once y cuarto, dos guardias de seguridad aparecieron junto a su escritorio —Señorita Varnier, nos acompaña, por favor Las conversaciones del piso se apagaron. Elise sintió decenas de ojos clavados en su espalda mientras caminaba hacia el ascensor. Nadie dijo nada. Nadie la miró a la cara. El ascensor no bajó. Subió. Piso cincuenta. Presidencia. Las puertas se abrieron a una oficina de vidrio y mármol negro, con la ciudad entera a sus pies. Detrás de un escritorio enorme, de espaldas a ella, un hombre miraba las colinas de Belmonte Alto. Elise lo reconoció aunque nunca lo había visto en persona. Todo el mundo en Esmeria conocía esa silueta de las portadas de revista. Conrad Lantsov. Treinta y dos años. El heredero del imperio de construcción más grande del país. El hombre del que decían que no había sonreído desde el funeral de sus padres —Siéntese —dijo sin girarse —Prefiero quedarme de pie Ahora sí se volvió. Tenía los ojos grises, fríos como el mar del norte en invierno. La recorrió con la mirada, despacio, como si estuviera evaluando un terreno antes de comprarlo —Elise Varnier. Contadora junior. Dos años en la empresa. Evaluaciones excelentes. —Dejó caer una carpeta sobre el escritorio— Y desde esta mañana, sospechosa de acceder sin autorización a información financiera confidencial —¿Sospechosa? —Elise sintió que la sangre le subía a la cara— Yo encontré un desfalco. Treinta millones de euros. Lo reporté por el canal correcto —Lo sé —Entonces, ¿por qué me tratan como a una criminal? Conrad rodeó el escritorio. Era más alto de lo que parecía en las fotos. Se detuvo a un metro de ella, lo suficiente para que Elise oliera su perfume, madera y algo amargo —Porque está despedida, señorita Varnier Las palabras cayeron como un golpe en el estómago. —No puede hacer eso —Ya lo hice —Le tendió un documento— Su liquidación. Más de lo que la ley exige. Firme y salga del edificio Elise miró la cifra. Era generosa. Pero no alcanzaba ni para la mitad de la operación de Lukas —Mi hermano necesita una cirugía de corazón —dijo, odiándose por el temblor en su voz— Si me despide, pierdo el seguro médico privado. ¿Lo entiende? Lo va a matar Por un instante, algo cruzó por los ojos de Conrad. Algo que no era frío. Pero desapareció tan rápido que Elise pensó que lo había imaginado —Firme —repitió Ella tomó el bolígrafo. Le temblaba la mano. Firmó. Luego lo miró directo a los ojos —Usted sabe quién robó esa plata —dijo en voz baja— Y lo está protegiendo Conrad no respondió. Solo presionó un botón en su escritorio —Seguridad. La señorita Varnier ya se va Llovía cuando salió al Paseo de Valmira con una caja de cartón entre los brazos. Su planta, una foto de Lukas con la camiseta del Real Castelvarre y una taza rota. Dos años de su vida en una caja. Caminaba hacia la parada del tranvía cuando su celular vibró. Un mensaje de un número desconocido. No vuelva a abrir esos archivos. Por su bien y el de su familia Elise se detuvo en seco. La lluvia le corría por la cara. Levantó la vista hacia la Torre Lantsov. En el piso cincuenta, una sola ventana seguía iluminada. Y tenía la extraña certeza de que alguien la estaba mirandoElise leyó la nota once veces antes de desayunar.La leyó sentada en el borde de la cama, con el sol de la mañana entrando de lado por las cortinas. La leyó en el baño, con la puerta cerrada con llave y el grifo abierto para que nadie oyera el papel. La leyó una vez más frente al espejo, mientras se recogía el pelo, buscando entre líneas algo que no estaba escrito.Y otras que debe saber antes de decidir si quiere salir de ella con vida. Luego la dobló en cuatro y la escondió dentro de la funda de la almohada. Después se arrepintió, la sacó y la metió en el bolsillo interior de su abrigo. Si alguien había podido sacar una memoria USB de su maleta, nada en esa habitación era un esconditeBajó a la cocina a las siete y media. Conrad ya se había ido. Sobre la isla de mármol había una taza vacía, todavía tibia, y una servilleta doblada con exactitud militar. Ni una nota. Ni una palabra después de la noche anterior. Elise se sirvió café y se quedó mirando la taza vacía de él. La próxima ve
El coche avanzaba por la carretera de Belmonte Alto como una sombra entre los cipreses. Era un sedán negro, largo y silencioso, de esos que no hacen ruido ni siquiera cuando toman las curvas. Afuera, la niebla se había tragado las colinas. Solo se veían los faros cortando la oscuridad y, de vez en cuando, el reflejo amarillo de algún farol antiguo clavado al borde del camino. Adentro, el silencio era tan espeso que Elise podía oír el leve zumbido de la calefacción. Conrad iba sentado a su izquierda, tan lejos como el asiento trasero lo permitía. Se había quitado la pajarita y desabrochado el primer botón de la camisa. Miraba por la ventana con la mandíbula apretada, la copa de champán todavía en la cabeza y algo más pesado en los hombros. No había dicho una sola palabra desde que salieron del Palacio de Valmira Elise tampoco Tenía el bolso sobre las rodillas y las dos manos encima, como si dentro llevara algo vivo que pudiera escaparse. En cierto modo era así. El celular seguía ahí
Conrad no apareció en el desayuno. Elise lo esperó en la cocina hasta las siete y media, con el celular boca abajo sobre el mármol para no ver más titulares. A las ocho llegó un mensaje de la mujer de la tableta, que resultó llamarse Helga y ser la jefa de comunicaciones de Grupo Lantsov Señorita Varnier: la gala de compromiso de esta noche sigue en pie. Un coche la recogerá a las cinco para peinado y maquillaje. No hable con la prensa. No publique nada. No responda llamadas de números desconocidos Ni una palabra de Conrad. Elise pasó el día encerrada en la habitación de huéspedes, leyendo comentarios que no debería leer. Interesada. Ladrona. Seguro lo tiene atrapado con algo. Alguien había encontrado su perfil de la universidad y una foto de su graduación. Alguien había escrito el nombre de su barrio. A las cuatro, llamó al hospital. Lukas seguía dormido en cuidados intensivos. Su madre no había visto las noticias. Elise rezó para que siguiera así A las cinco, el coche llegó. El P
El lunes amaneció frío en Castelvarre. A las seis y media de la mañana, Elise ya estaba en el Hospital San Adrián, sentada junto a la camilla de Lukas mientras una enfermera le colocaba la vía en el brazo. Su madre, al otro lado, le acariciaba el pelo como cuando era pequeño—Deja de mirarme así —protestó Lukas— Parece que me voy a morir—No digas eso —dijo su madre, con la voz quebrada—Mamá, es una broma. —Lukas miró a Elise— Dile que es una broma—Es una broma muy mala, enano —dijo Elise, y le apretó la mano— Como todas las tuyasLukas sonrió. Luego bajó la voz para que su madre no lo oyera—¿Él va a venir?Elise no tuvo que preguntar a quién se refería. Desde el sábado, Lukas no hablaba de otra cosa. Su hermana, la que se pasaba las noches revisando facturas, se iba a casar con Conrad Lantsov. El de las revistas. El de la torre—Está muy ocupado —mintió—Ah —Lukas desvió la mirada hacia la ventana— ClaroElise sintió una rabia sorda subirle por el pecho. No por ella. Por Lukas. Él
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló. La lluvia golpeaba los ventanales de la habitación de huéspedes. Abajo, en algún lugar de Villa Aurelia, alguien reía. Probablemente Nikolai. Elise se puso de pie despacio. No pensaba darle el gusto de verla temblar—Eso es mío—¿Tuyo? —Conrad dejó de girar la memoria entre los dedos— Qué curioso. Yo diría que es propiedad de Grupo Lantsov. Información confidencial, copiada sin autorización por una empleada que firmó un acuerdo de confidencialidad el día que entró a la empresa—Una empleada que usted despidió—Tú—¿Qué?—Me tuteas. Es la regla. Incluso cuando quieres arrancarme los ojosElise apretó los puños—Muy bien. Tú me despediste. Tú me pusiste en una lista negra. Y ahora tú entras a mi habitación y revisas mis cosas como un ladrón—No revisé nada —Conrad dejó la memoria sobre la cómoda, lejos de su alcance— La encontré en el pasillo. Junto a la puerta del cuarto de servicio. Alguien la sacó de tu maleta y la dejó caer cuando me
A las ocho en punto, una camioneta negra se detuvo frente al edificio de ladrillo en el barrio de Las Forjas donde Elise vivía con su madre.Los vecinos se asomaron a las ventanas. La señora Ferrer, la del tercer piso, ni siquiera fingió disimular.Elise bajó con su mejor vestido: uno azul oscuro que había comprado para un matrimonio hacía tres años. Conrad la esperaba junto a la puerta trasera. La miró de arriba abajo y frunció el ceño—No va a servir—Buenos días a usted también—Mi familia va a buscar cualquier grieta —Le abrió la puerta— Suba. Tenemos una parada antesLa parada fue una boutique del Paseo de Valmira que todavía no había abierto al público. Abrió solo para ellos. Tres asesoras rodearon a Elise como si fuera un proyecto urgente. Una hora después salió del probador con un vestido color marfil, sencillo, que le caía perfecto. Le habían recogido el cabello y puesto unos aretes pequeños de perla. Conrad levantó la vista del celular. Se quedó quieto un segundo más de lo n







