INICIAR SESIÓNA las ocho en punto, una camioneta negra se detuvo frente al edificio de ladrillo en el barrio de Las Forjas donde Elise vivía con su madre.
Los vecinos se asomaron a las ventanas. La señora Ferrer, la del tercer piso, ni siquiera fingió disimular. Elise bajó con su mejor vestido: uno azul oscuro que había comprado para un matrimonio hacía tres años. Conrad la esperaba junto a la puerta trasera. La miró de arriba abajo y frunció el ceño —No va a servir —Buenos días a usted también —Mi familia va a buscar cualquier grieta —Le abrió la puerta— Suba. Tenemos una parada antes La parada fue una boutique del Paseo de Valmira que todavía no había abierto al público. Abrió solo para ellos. Tres asesoras rodearon a Elise como si fuera un proyecto urgente. Una hora después salió del probador con un vestido color marfil, sencillo, que le caía perfecto. Le habían recogido el cabello y puesto unos aretes pequeños de perla. Conrad levantó la vista del celular. Se quedó quieto un segundo más de lo necesario —¿Y ahora qué? —preguntó ella, cruzando los brazos— ¿Tampoco sirve? —Sirve —Se aclaró la garganta y guardó el celular— Falta alg Sacó una caja de terciopelo del bolsillo interior del saco. Dentro había un anillo antiguo, con una esmeralda rodeada de diamantes diminutos —Era de mi madre —dijo, sin mirarla— Mi abuelo lo va a reconocer. Si no lo lleva, no se va a creer nada Elise dudó. Luego extendió la mano. Él le deslizó el anillo en el dedo. Sus dedos estaban sorprendentemente tibios —Algunas reglas antes de llegar —dijo, soltándola de inmediato— Nos conocimos hace seis meses, en un evento de la fundación de la empresa. Fue discreto porque usted trabajaba para mí. La despedimos para evitar conflictos de interés —Qué romántico —Y me tutea. Nadie le va a creer que somos pareja si me sigue diciendo "usted" Elise lo miró con los ojos entrecerrados —Está bien. Tú eres insoportable Por primera vez, la comisura de los labios de Conrad se movió. No llegó a ser una sonrisa. Pero casi. Villa Aurelia, la casa de los Lantsov, estaba en las colinas de Belmonte Alto, al final de un camino privado bordeado de cipreses. Era una mansión de piedra y vidrio que parecía flotar sobre las nubes. En el comedor, la mesa era tan larga que había espacio para veinte personas. Solo había cinco. En la cabecera, un anciano delgado en silla de ruedas, con una manta sobre las piernas y los mismos ojos grises de Conrad. Don Viktor Lantsov. A su derecha, un hombre de unos treinta y cinco años, atractivo, con una sonrisa fácil y un reloj que costaba más que el apartamento de Elise Ella lo reconoció al instante y sintió que el piso se movía bajo sus pies. Nikolai Lantsov. El director financiero. El hombre al que le había enviado el informe —Vaya, vaya —dijo Nikolai, levantándose con los brazos abiertos— Así que esta es la misteriosa prometida. Elise, ¿cierto? Creo que ya nos conocemos —Por correo —respondió ella con una voz que no supo de dónde sacó —Es verdad. Siempre tan diligente. —La sonrisa no le llegó a los ojos— Primo, no sabía que te gustaban las contadoras —Ahora lo sabes —dijo Conrad, y puso una mano en la espalda baja de Elise. Ella sintió el calor a través de la tela Junto a Nikolai estaba una mujer rubia de vestido rojo, elegante hasta el último detalle. Miraba a Elise como quien encuentra una mancha en un mantel blanco. —Camila Lefèvre —se presentó, sin levantarse— La exprometida de Conrad. Supongo que no te habló de mí —Me habló lo necesario —respondió Elise con una sonrisa dulce Camila apretó la copa —Acércate, muchacha La voz de don Viktor era débil, pero llenó el comedor. Elise caminó hasta la cabecera. El anciano tomó su mano y miró el anillo durante un largo rato —El anillo de Anastasia —murmuró. Luego levantó la vista hacia su nieto— Nunca se lo diste a Camila. Camila se puso pálida —Nunca fue el momento —dijo Conrad Don Viktor volvió a mirar a Elise. Sus ojos eran agudos, inteligentes, mucho más vivos que su cuerpo —¿Lo amas? La pregunta la tomó por sorpresa. Sintió todas las miradas sobre ella. Sintió a Conrad tensarse a su lado. Pensó en Lukas. En la operación del lunes. En la memoria USB escondida dentro de una media en su maleta —Todavía estoy aprendiendo a conocerlo —dijo con honestidad— Pero no pienso irme El anciano la observó un momento más. Luego, para asombro de todos, soltó una carcajada ronca —Por fin una que no miente. —Le palmeó la mano— Siéntate a mi izquierda, Elise. Quiero conocerte La cena fue un campo minado. Camila hizo preguntas sobre su familia, su universidad pública, su barrio, cada una con veneno disimulado. Elise respondió a todas sin bajar la cabeza. Nikolai, en cambio, fue encantador. Demasiado encantador. Al final del postre, don Viktor pidió que lo llevaran a descansar. Conrad lo acompañó. Camila salió a la terraza a hacer una llamada. Elise se quedó sola en el comedor con Nikolai. Él rodeó la mesa despacio, con la copa de vino en la mano, y se sentó en la silla junto a ella —Tengo que admitirlo —dijo en voz baja— Es una jugada brillante. Despedida el martes, comprometida con el CEO al lunes siguiente. Ni yo lo habría pensado —No sé de qué habla —Claro que sí —Se inclinó hacia ella. Olía a vino caro— Te voy a dar un consejo gratis, cuñadita. Mi primo es muy bueno protegiendo lo que le pertenece. Pero tú no le perteneces. Eres un contrato. Y los contratos… se rompen Elise sintió un escalofrío, pero no apartó la mirada —¿Es una amenaza? —Es una observación —Nikolai sonrió y se levantó— Ah, y otra cosa. Esos archivos que copiaste la noche del jueves… la memoria USB azul, ¿no? —Se acomodó los gemelos—. Yo que tú revisaría la maleta. Esta casa tiene muchos empleados. Y las cosas se pierden con facilidad Salió del comedor silbando. Elise se quedó inmóvil. Luego se levantó de un salto y corrió escaleras arriba, hacia la habitación de huéspedes donde habían dejado sus cosas. Abrió la maleta. Sacó la ropa. Encontró la media. Estaba vacía —¿Buscas esto? Elise se dio la vuelta Conrad estaba apoyado en el marco de la puerta. Entre sus dedos, girando lentamente, sostenía una memoria USB azul. Y la expresión en su rostro era la de un hombre que acababa de descubrir que su esposa le había mentido desde el primer díaElise leyó la nota once veces antes de desayunar.La leyó sentada en el borde de la cama, con el sol de la mañana entrando de lado por las cortinas. La leyó en el baño, con la puerta cerrada con llave y el grifo abierto para que nadie oyera el papel. La leyó una vez más frente al espejo, mientras se recogía el pelo, buscando entre líneas algo que no estaba escrito.Y otras que debe saber antes de decidir si quiere salir de ella con vida. Luego la dobló en cuatro y la escondió dentro de la funda de la almohada. Después se arrepintió, la sacó y la metió en el bolsillo interior de su abrigo. Si alguien había podido sacar una memoria USB de su maleta, nada en esa habitación era un esconditeBajó a la cocina a las siete y media. Conrad ya se había ido. Sobre la isla de mármol había una taza vacía, todavía tibia, y una servilleta doblada con exactitud militar. Ni una nota. Ni una palabra después de la noche anterior. Elise se sirvió café y se quedó mirando la taza vacía de él. La próxima ve
El coche avanzaba por la carretera de Belmonte Alto como una sombra entre los cipreses. Era un sedán negro, largo y silencioso, de esos que no hacen ruido ni siquiera cuando toman las curvas. Afuera, la niebla se había tragado las colinas. Solo se veían los faros cortando la oscuridad y, de vez en cuando, el reflejo amarillo de algún farol antiguo clavado al borde del camino. Adentro, el silencio era tan espeso que Elise podía oír el leve zumbido de la calefacción. Conrad iba sentado a su izquierda, tan lejos como el asiento trasero lo permitía. Se había quitado la pajarita y desabrochado el primer botón de la camisa. Miraba por la ventana con la mandíbula apretada, la copa de champán todavía en la cabeza y algo más pesado en los hombros. No había dicho una sola palabra desde que salieron del Palacio de Valmira Elise tampoco Tenía el bolso sobre las rodillas y las dos manos encima, como si dentro llevara algo vivo que pudiera escaparse. En cierto modo era así. El celular seguía ahí
Conrad no apareció en el desayuno. Elise lo esperó en la cocina hasta las siete y media, con el celular boca abajo sobre el mármol para no ver más titulares. A las ocho llegó un mensaje de la mujer de la tableta, que resultó llamarse Helga y ser la jefa de comunicaciones de Grupo Lantsov Señorita Varnier: la gala de compromiso de esta noche sigue en pie. Un coche la recogerá a las cinco para peinado y maquillaje. No hable con la prensa. No publique nada. No responda llamadas de números desconocidos Ni una palabra de Conrad. Elise pasó el día encerrada en la habitación de huéspedes, leyendo comentarios que no debería leer. Interesada. Ladrona. Seguro lo tiene atrapado con algo. Alguien había encontrado su perfil de la universidad y una foto de su graduación. Alguien había escrito el nombre de su barrio. A las cuatro, llamó al hospital. Lukas seguía dormido en cuidados intensivos. Su madre no había visto las noticias. Elise rezó para que siguiera así A las cinco, el coche llegó. El P
El lunes amaneció frío en Castelvarre. A las seis y media de la mañana, Elise ya estaba en el Hospital San Adrián, sentada junto a la camilla de Lukas mientras una enfermera le colocaba la vía en el brazo. Su madre, al otro lado, le acariciaba el pelo como cuando era pequeño—Deja de mirarme así —protestó Lukas— Parece que me voy a morir—No digas eso —dijo su madre, con la voz quebrada—Mamá, es una broma. —Lukas miró a Elise— Dile que es una broma—Es una broma muy mala, enano —dijo Elise, y le apretó la mano— Como todas las tuyasLukas sonrió. Luego bajó la voz para que su madre no lo oyera—¿Él va a venir?Elise no tuvo que preguntar a quién se refería. Desde el sábado, Lukas no hablaba de otra cosa. Su hermana, la que se pasaba las noches revisando facturas, se iba a casar con Conrad Lantsov. El de las revistas. El de la torre—Está muy ocupado —mintió—Ah —Lukas desvió la mirada hacia la ventana— ClaroElise sintió una rabia sorda subirle por el pecho. No por ella. Por Lukas. Él
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló. La lluvia golpeaba los ventanales de la habitación de huéspedes. Abajo, en algún lugar de Villa Aurelia, alguien reía. Probablemente Nikolai. Elise se puso de pie despacio. No pensaba darle el gusto de verla temblar—Eso es mío—¿Tuyo? —Conrad dejó de girar la memoria entre los dedos— Qué curioso. Yo diría que es propiedad de Grupo Lantsov. Información confidencial, copiada sin autorización por una empleada que firmó un acuerdo de confidencialidad el día que entró a la empresa—Una empleada que usted despidió—Tú—¿Qué?—Me tuteas. Es la regla. Incluso cuando quieres arrancarme los ojosElise apretó los puños—Muy bien. Tú me despediste. Tú me pusiste en una lista negra. Y ahora tú entras a mi habitación y revisas mis cosas como un ladrón—No revisé nada —Conrad dejó la memoria sobre la cómoda, lejos de su alcance— La encontré en el pasillo. Junto a la puerta del cuarto de servicio. Alguien la sacó de tu maleta y la dejó caer cuando me
A las ocho en punto, una camioneta negra se detuvo frente al edificio de ladrillo en el barrio de Las Forjas donde Elise vivía con su madre.Los vecinos se asomaron a las ventanas. La señora Ferrer, la del tercer piso, ni siquiera fingió disimular.Elise bajó con su mejor vestido: uno azul oscuro que había comprado para un matrimonio hacía tres años. Conrad la esperaba junto a la puerta trasera. La miró de arriba abajo y frunció el ceño—No va a servir—Buenos días a usted también—Mi familia va a buscar cualquier grieta —Le abrió la puerta— Suba. Tenemos una parada antesLa parada fue una boutique del Paseo de Valmira que todavía no había abierto al público. Abrió solo para ellos. Tres asesoras rodearon a Elise como si fuera un proyecto urgente. Una hora después salió del probador con un vestido color marfil, sencillo, que le caía perfecto. Le habían recogido el cabello y puesto unos aretes pequeños de perla. Conrad levantó la vista del celular. Se quedó quieto un segundo más de lo n







