INICIAR SESIÓNDurante unos segundos, ninguno de los dos habló. La lluvia golpeaba los ventanales de la habitación de huéspedes. Abajo, en algún lugar de Villa Aurelia, alguien reía. Probablemente Nikolai. Elise se puso de pie despacio. No pensaba darle el gusto de verla temblar
—Eso es mío —¿Tuyo? —Conrad dejó de girar la memoria entre los dedos— Qué curioso. Yo diría que es propiedad de Grupo Lantsov. Información confidencial, copiada sin autorización por una empleada que firmó un acuerdo de confidencialidad el día que entró a la empresa —Una empleada que usted despidió —Tú —¿Qué? —Me tuteas. Es la regla. Incluso cuando quieres arrancarme los ojos Elise apretó los puños —Muy bien. Tú me despediste. Tú me pusiste en una lista negra. Y ahora tú entras a mi habitación y revisas mis cosas como un ladrón —No revisé nada —Conrad dejó la memoria sobre la cómoda, lejos de su alcance— La encontré en el pasillo. Junto a la puerta del cuarto de servicio. Alguien la sacó de tu maleta y la dejó caer cuando me oyó subir. Elise sintió que el estómago se le hundía —Nikolai —No dije eso —No hace falta. Me lo dijo él mismo en el comedor. Sabía de qué color era. Sabía que la había copiado un jueves Algo cambió en la cara de Conrad. Fue apenas una sombra, un músculo que se tensó en la mandíbula. Pero Elise empezaba a entender que en ese hombre todo era así: pequeño, controlado, enterrado bajo capas de hielo —¿Qué más te dijo? —Que yo era un contrato. Y que los contratos se rompen. Conrad soltó una risa corta, sin humor —Eso suena a él —Entonces devuélveme la memoria. Si tu primo ya sabe que existe, lo mínimo que puedo hacer es protegerla —¿Protegerla? —Él dio un paso hacia ella— La escondiste en una media, Elise. Dentro de una maleta que dejaste sin candado en una casa con catorce empleados. No sabes proteger nada —¡Porque nadie me enseñó a vivir entre ladrones! La frase quedó suspendida en el aire. Conrad la miró largamente. Por un momento, Elise pensó que iba a gritarle. En cambio, cuando habló, su voz fue más baja. Más fría —Firmaste una cláusula. La recuerdas, ¿verdad? No divulgar, no investigar, no comentar —Firmé para salvar a mi hermano. No para olvidar lo que vi —Entonces hiciste un mal negocio. Tomó la memoria y se la guardó en el bolsillo interior del saco —Esto se queda conmigo —No tienes derecho —Tengo un contrato firmado ante notario que dice lo contrario —Se dirigió a la puerta y se detuvo con la mano en el pomo— Si quieres romperlo, adelante. Mañana a primera hora llamo al Hospital San Adrián y cancelo el pago de la cirugía. Elise sintió que algo se le rompía por dentro. No lloró. Se negó a llorar delante de él —Eres un monstruo —Sí —Conrad ni siquiera se giró— Pero un monstruo que paga a tiempo. Salió y cerró la puerta sin hacer ruido Elise se quedó de pie en medio de la habitación, respirando con dificultad. Luego tomó un cojín del sillón y lo lanzó con todas sus fuerzas contra la puerta. Rebotó sin hacer ningún daño. Eso la enfureció todavía más No durmió A las seis de la mañana, cuando el cielo sobre Belmonte Alto empezaba a ponerse gris, bajó a la cocina buscando café. La casa estaba en silencio. Solo se oía el tictac de un reloj antiguo en algún pasillo. La cocina era más grande que todo su apartamento en Las Forjas. Mármol blanco, cobre, una ventana que daba a un jardín de cipreses cubiertos de niebla Y Conrad estaba ahí Sentado en la isla central, con una taza de café negro, el celular en una mano y una carpeta abierta frente a él. Ya llevaba camisa y corbata. Como si no durmiera nunca. Como si fuera una máquina. Elise pensó en darse la vuelta. Pero no. No iba a esconderse en una casa donde iba a vivir un año. Cruzó la cocina, abrió tres alacenas hasta encontrar las tazas y se sirvió café de la cafetera sin mirarlo —Buenos días —dijo él, sin levantar la vista —No veo qué tienen de buenos —Excelente. Así practicamos para el matrimonio Elise le dio un sorbo al café. Estaba amargo y fuerte, perfecto. Odió que fuera perfecto. Conrad cerró la carpeta y se la empujó por encima del mármol —Lee esto —¿Qué es? —Las reglas Elise abrió la carpeta. Era un documento de tres páginas, impreso en papel grueso, con el logotipo de Grupo Lantsov en la esquina. Lo leyó en voz alta, cada vez más incrédula —Uno. En público, la pareja se comportará como una pareja enamorada. Se tomarán de la mano, se llamarán por apodos afectuosos y mostrarán afecto físico moderado cuando la situación lo requiera. —Levantó la vista— ¿Afecto físico moderado? —Sigue —Dos. En privado, cada parte respetará el espacio de la otra. Habitaciones separadas. Horarios independientes. Ninguna obligación de conversar —Elise soltó una risa seca— Por fin algo en lo que estamos de acuerdo —Sigue —Tres. Ninguna de las partes tendrá relaciones sentimentales con terceros durante la vigencia del contrato —Lo miró con una ceja levantada— ¿Eso va por ti o por mí? —Por los dos. Un escándalo con un amante y mi abuelo cambia el testamento antes de que termine de leer el periódico —No te preocupes. No tengo tiempo para amantes. Estoy ocupada odiándote —Me alegra que tengas un pasatiempo Elise pasó a la última página. La cuarta regla estaba escrita a mano, con una letra firme y elegante Cuatro. Ella no se acercará al ala este de la casa ni a la oficina de Nikolai Lantsov. La leyó dos veces —¿Por qué? —Porque lo digo yo —Esa no es una razón —Es la única que vas a recibir Elise cerró la carpeta de golpe —Escúchame bien, Conrad Lantsov. Voy a fingir que te amo delante de tu familia. Voy a sonreír en tus fiestas, voy a usar el anillo de tu madre y voy a dejar que me tomes de la mano. Pero no voy a obedecerte como uno de tus empleados. Conrad se levantó. Rodeó la isla con calma, hasta quedar frente a ella. Elise tuvo que levantar la barbilla para sostenerle la mirada —No te estoy pidiendo que me obedezcas —dijo en voz baja— Te estoy pidiendo que sigas viva hasta que termine el año Elise abrió la boca para responder. Pero en ese momento se oyeron pasos en el pasillo. Conrad reaccionó antes que ella. En un solo movimiento le quitó la taza de las manos, la dejó en el mármol y le rodeó la cintura con un brazo. La atrajo hacia él con tanta naturalidad que Elise se quedó sin aire —Sonríe —murmuró contra su sien— Ahora La puerta de la cocina se abrió. Era Camila Lefèvre, en bata de seda, con el pelo rubio perfectamente peinado a pesar de la hora. Se detuvo en seco al verlos —Vaya. Qué madrugadores —Elise no podía dormir —dijo Conrad, y le apartó un mechón de la cara con una ternura tan convincente que a ella se le erizó la piel— Los nervios de la boda Elise lo miró. Él la miró. Y por primera vez, ella entendió el juego. Si él podía mentir así de bien, ella también. Apoyó una mano en su pecho y le sonrió con dulzura —Es que alguien ronca, cariño. Conrad parpadeó. Camila soltó una risita —Yo nunca lo escuché roncar —Será que no te quedabas a dormir lo suficiente —respondió Elise sin dejar de sonreír El silencio que siguió fue tan delicioso que Elise casi lo saboreó. Camila apretó los labios, tomó una botella de agua del refrigerador y salió sin decir nada más. Apenas se cerró la puerta, Elise se soltó del brazo de Conrad como si quemara —Regla número uno cumplida —dijo recuperando su taza— Afecto físico moderado Conrad la miraba con una expresión extraña. No era enfado. Era algo más difícil de leer —Yo no ronco —Eso lo vas a tener que demostrar —dijo ella, y salió de la cocina sin mirar atrás No lo vio, pero por un instante, apenas uno, la comisura de los labios de Conrad Lantsov estuvo a punto de curvarse. Luego volvió a abrir la carpeta, sacó el celular y marcó un número —Quiero cámaras en el pasillo de huéspedes —dijo en voz baja— Hoy mismo. Y que nadie se entere. Ni siquiera ellaElise leyó la nota once veces antes de desayunar.La leyó sentada en el borde de la cama, con el sol de la mañana entrando de lado por las cortinas. La leyó en el baño, con la puerta cerrada con llave y el grifo abierto para que nadie oyera el papel. La leyó una vez más frente al espejo, mientras se recogía el pelo, buscando entre líneas algo que no estaba escrito.Y otras que debe saber antes de decidir si quiere salir de ella con vida. Luego la dobló en cuatro y la escondió dentro de la funda de la almohada. Después se arrepintió, la sacó y la metió en el bolsillo interior de su abrigo. Si alguien había podido sacar una memoria USB de su maleta, nada en esa habitación era un esconditeBajó a la cocina a las siete y media. Conrad ya se había ido. Sobre la isla de mármol había una taza vacía, todavía tibia, y una servilleta doblada con exactitud militar. Ni una nota. Ni una palabra después de la noche anterior. Elise se sirvió café y se quedó mirando la taza vacía de él. La próxima ve
El coche avanzaba por la carretera de Belmonte Alto como una sombra entre los cipreses. Era un sedán negro, largo y silencioso, de esos que no hacen ruido ni siquiera cuando toman las curvas. Afuera, la niebla se había tragado las colinas. Solo se veían los faros cortando la oscuridad y, de vez en cuando, el reflejo amarillo de algún farol antiguo clavado al borde del camino. Adentro, el silencio era tan espeso que Elise podía oír el leve zumbido de la calefacción. Conrad iba sentado a su izquierda, tan lejos como el asiento trasero lo permitía. Se había quitado la pajarita y desabrochado el primer botón de la camisa. Miraba por la ventana con la mandíbula apretada, la copa de champán todavía en la cabeza y algo más pesado en los hombros. No había dicho una sola palabra desde que salieron del Palacio de Valmira Elise tampoco Tenía el bolso sobre las rodillas y las dos manos encima, como si dentro llevara algo vivo que pudiera escaparse. En cierto modo era así. El celular seguía ahí
Conrad no apareció en el desayuno. Elise lo esperó en la cocina hasta las siete y media, con el celular boca abajo sobre el mármol para no ver más titulares. A las ocho llegó un mensaje de la mujer de la tableta, que resultó llamarse Helga y ser la jefa de comunicaciones de Grupo Lantsov Señorita Varnier: la gala de compromiso de esta noche sigue en pie. Un coche la recogerá a las cinco para peinado y maquillaje. No hable con la prensa. No publique nada. No responda llamadas de números desconocidos Ni una palabra de Conrad. Elise pasó el día encerrada en la habitación de huéspedes, leyendo comentarios que no debería leer. Interesada. Ladrona. Seguro lo tiene atrapado con algo. Alguien había encontrado su perfil de la universidad y una foto de su graduación. Alguien había escrito el nombre de su barrio. A las cuatro, llamó al hospital. Lukas seguía dormido en cuidados intensivos. Su madre no había visto las noticias. Elise rezó para que siguiera así A las cinco, el coche llegó. El P
El lunes amaneció frío en Castelvarre. A las seis y media de la mañana, Elise ya estaba en el Hospital San Adrián, sentada junto a la camilla de Lukas mientras una enfermera le colocaba la vía en el brazo. Su madre, al otro lado, le acariciaba el pelo como cuando era pequeño—Deja de mirarme así —protestó Lukas— Parece que me voy a morir—No digas eso —dijo su madre, con la voz quebrada—Mamá, es una broma. —Lukas miró a Elise— Dile que es una broma—Es una broma muy mala, enano —dijo Elise, y le apretó la mano— Como todas las tuyasLukas sonrió. Luego bajó la voz para que su madre no lo oyera—¿Él va a venir?Elise no tuvo que preguntar a quién se refería. Desde el sábado, Lukas no hablaba de otra cosa. Su hermana, la que se pasaba las noches revisando facturas, se iba a casar con Conrad Lantsov. El de las revistas. El de la torre—Está muy ocupado —mintió—Ah —Lukas desvió la mirada hacia la ventana— ClaroElise sintió una rabia sorda subirle por el pecho. No por ella. Por Lukas. Él
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló. La lluvia golpeaba los ventanales de la habitación de huéspedes. Abajo, en algún lugar de Villa Aurelia, alguien reía. Probablemente Nikolai. Elise se puso de pie despacio. No pensaba darle el gusto de verla temblar—Eso es mío—¿Tuyo? —Conrad dejó de girar la memoria entre los dedos— Qué curioso. Yo diría que es propiedad de Grupo Lantsov. Información confidencial, copiada sin autorización por una empleada que firmó un acuerdo de confidencialidad el día que entró a la empresa—Una empleada que usted despidió—Tú—¿Qué?—Me tuteas. Es la regla. Incluso cuando quieres arrancarme los ojosElise apretó los puños—Muy bien. Tú me despediste. Tú me pusiste en una lista negra. Y ahora tú entras a mi habitación y revisas mis cosas como un ladrón—No revisé nada —Conrad dejó la memoria sobre la cómoda, lejos de su alcance— La encontré en el pasillo. Junto a la puerta del cuarto de servicio. Alguien la sacó de tu maleta y la dejó caer cuando me
A las ocho en punto, una camioneta negra se detuvo frente al edificio de ladrillo en el barrio de Las Forjas donde Elise vivía con su madre.Los vecinos se asomaron a las ventanas. La señora Ferrer, la del tercer piso, ni siquiera fingió disimular.Elise bajó con su mejor vestido: uno azul oscuro que había comprado para un matrimonio hacía tres años. Conrad la esperaba junto a la puerta trasera. La miró de arriba abajo y frunció el ceño—No va a servir—Buenos días a usted también—Mi familia va a buscar cualquier grieta —Le abrió la puerta— Suba. Tenemos una parada antesLa parada fue una boutique del Paseo de Valmira que todavía no había abierto al público. Abrió solo para ellos. Tres asesoras rodearon a Elise como si fuera un proyecto urgente. Una hora después salió del probador con un vestido color marfil, sencillo, que le caía perfecto. Le habían recogido el cabello y puesto unos aretes pequeños de perla. Conrad levantó la vista del celular. Se quedó quieto un segundo más de lo n







