LOGINElise Varnier lo perdió todo en una sola noche: su trabajo, su reputación y la última esperanza de pagar la operación de corazón de su hermano menor. Su único error fue descubrir un desfalco millonario dentro de Grupo Lantsov Conrad Lantsov, el CEO más frío de Castelvarre, fue quien firmó su despido Una semana después, él aparece en la puerta del hospital con una oferta imposible: un año de matrimonio falso para asegurar la herencia de su abuelo. A cambio, él pagará la cirugía. La única condición es una cláusula de silencio: ella no podrá hablar jamás de lo que encontró. Elise firma, decidida a usar ese año para probar su inocencia. Pero cuanto más cerca está de la verdad, más claro le queda que el culpable no es Conrad… sino alguien que duerme bajo su mismo techo
View MoreUna semana después, Elise había enviado cuarenta y dos hojas de vida y recibido cero respuestas.
No era casualidad. Una amiga de recursos humanos de otra constructora se lo confesó en voz baja por teléfono: su nombre estaba en una lista. Nadie en el sector quería problemas con los Lantsov. Vendió su portátil. Vendió la cadena de oro que le había dejado su abuela. Pidió un préstamo que le negaron en tres bancos distintos. Había reunido veintitrés mil euros. Le faltaban sesenta y siete mil. Esa tarde, en la sala de espera de cardiología del Hospital San Adrián, miró el número en su libreta hasta que se le volvió borroso —Eli Lukas estaba en la puerta de la habitación, pálido, con la bata del hospital y las medias de fútbol que se negaba a quitarse —Deberías estar acostado —le regañó, levantándose. —Oí a mi mamá hablando con el doctor —Tenía quince años, pero hablaba como un adulto cansado— Si no hay plata, no pasa nada. En serio. No quiero que vendas todo por mí Elise lo abrazó con fuerza. Sintió sus costillas a través de la bata —Escucha, enano. Vas a operarte. Vas a volver a jugar. Y vas a tener que aguantar que vaya a gritarte en cada partido. ¿Entendido? —Eres insoportable —Lo sé. Ahora, a la cama Cuando Lukas volvió a la habitación, Elise se dejó caer en la silla de plástico y escondió la cara entre las manos. No lloró. Se había prometido no llorar en el hospital —Noventa mil euros no deberían ser tan difíciles de conseguir La voz grave la hizo levantar la cabeza de golpe. Conrad Lantsov estaba de pie frente a ella. Traje gris oscuro, abrigo negro, ni una gota de lluvia encima. Totalmente fuera de lugar entre las sillas gastadas y las madres con ojeras. Elise se puso de pie tan rápido que la libreta cayó al suelo —¿Qué hace aquí? ¿Cómo supo…? —Tengo un equipo que sabe todo lo que necesito saber —Se agachó, recogió la libreta y miró la cifra antes de devolvérsela— Veintitrés mil euros. Admirable. Insuficiente —Váyase —Vine a hacerle una propuesta —No me interesa nada que venga de usted —Le interesa esto —Conrad miró alrededor; varias personas los observaban— Hay una cafetería en el primer piso. Diez minutos. Si al terminar sigue queriendo que me vaya, me voy y no vuelve a verme Elise miró hacia la puerta de Lukas. Luego a él —Diez minutos La cafetería olía a café quemado y cruasanes recalentados. Conrad pidió dos cafés que ninguno de los dos tocó —Mi abuelo está enfermo —empezó él, sin rodeos— Le quedan, según los médicos, entre ocho meses y un año. Es dueño del cincuenta y uno por ciento de Grupo Lantsov —No veo qué tiene que ver eso conmigo —Su testamento tiene una condición. Sus acciones pasan a mí solo si estoy casado al momento de su muerte. Si no, se dividen entre la junta directiva y mi primo Elise soltó una risa incrédula —¿Y quiere que le busque esposa? —No. Quiero que usted sea mi esposa El silencio que siguió fue tan largo que la mesera se acercó a preguntar si todo estaba bien. Elise esperó a que se alejara —Usted está loco —Estoy siendo práctico —Conrad sacó un sobre del abrigo y lo puso sobre la mesa— Un año de matrimonio. Vivirá en mi casa, asistirá a los eventos necesarios y convencerá a mi abuelo de que es real. Al terminar, divorcio discreto. A cambio, pago completo de la cirugía de su hermano, su recuperación, y quinientos mil euros al finalizar el contrato Elise sintió que el aire le faltaba —¿Por qué yo? Hay cientos de mujeres que dirían que sí en un segundo —Precisamente por eso —Sus ojos grises se clavaron en ella— Ellas querrían algo más que el contrato. Usted me odia. Eso lo hace más sencillo —Me despidió. Me puso en una lista negra. Alguien amenazó a mi familia el mismo día Por primera vez, algo en la expresión de Conrad cambió —¿Qué amenaza? Ella le mostró el mensaje en el celular. Él lo leyó en silencio. Un músculo se tensó en su mandíbula —¿Se lo mostró a alguien más? —No —Bien. No lo haga —Le devolvió el celular— Hay una cláusula más en el contrato. La más importante Abrió el sobre y pasó las páginas hasta la última. Elise leyó en voz baja: —La parte contratante se compromete a no divulgar, investigar ni comentar ninguna información financiera relacionada con Grupo Lantsov obtenida durante su vínculo laboral… —Levantó la mirada, furiosa— Me está comprando el silencio —Le estoy comprando un año de tranquilidad. A usted y a su familia —Es lo mismo —No, señorita Varnier. No lo es —Se inclinó hacia adelante y bajó la voz— Hay gente que preferiría que usted no existiera. Como mi esposa, nadie se atreverá a tocarla Elise lo miró largamente. No le creía. No podía creerle. Pero en el piso de arriba, su hermano dormía con un corazón que se le estaba rompiendo por dentro. Y en el bolsillo de su chaqueta, la memoria USB pesaba como una piedra. Un año en su casa, pensó. Un año dentro de la familia Lantsov. Un año para encontrar al culpable —Necesito un bolígrafo —dijo Conrad le tendió uno de plata. Ella firmó sin temblar esta vez —La operación de su hermano será el lunes —dijo él, guardando el contrato— La boda, el sábado siguiente —¿Tan rápido? —Mi abuelo no tiene tiempo —Se levantó y se acomodó el abrigo— Y usted tampoco, señorita Varnier. Mañana la recojo a las ocho. Vamos a conocer a la familia Se fue sin despedirse. Elise se quedó mirando su café frío. Acababa de venderse al hombre que más odiaba en el mundo Su celular vibró. Otro número desconocido. Felicidades por el compromiso. Pero los secretos de los Lantsov no se casan con nadieElise leyó la nota once veces antes de desayunar.La leyó sentada en el borde de la cama, con el sol de la mañana entrando de lado por las cortinas. La leyó en el baño, con la puerta cerrada con llave y el grifo abierto para que nadie oyera el papel. La leyó una vez más frente al espejo, mientras se recogía el pelo, buscando entre líneas algo que no estaba escrito.Y otras que debe saber antes de decidir si quiere salir de ella con vida. Luego la dobló en cuatro y la escondió dentro de la funda de la almohada. Después se arrepintió, la sacó y la metió en el bolsillo interior de su abrigo. Si alguien había podido sacar una memoria USB de su maleta, nada en esa habitación era un esconditeBajó a la cocina a las siete y media. Conrad ya se había ido. Sobre la isla de mármol había una taza vacía, todavía tibia, y una servilleta doblada con exactitud militar. Ni una nota. Ni una palabra después de la noche anterior. Elise se sirvió café y se quedó mirando la taza vacía de él. La próxima ve
El coche avanzaba por la carretera de Belmonte Alto como una sombra entre los cipreses. Era un sedán negro, largo y silencioso, de esos que no hacen ruido ni siquiera cuando toman las curvas. Afuera, la niebla se había tragado las colinas. Solo se veían los faros cortando la oscuridad y, de vez en cuando, el reflejo amarillo de algún farol antiguo clavado al borde del camino. Adentro, el silencio era tan espeso que Elise podía oír el leve zumbido de la calefacción. Conrad iba sentado a su izquierda, tan lejos como el asiento trasero lo permitía. Se había quitado la pajarita y desabrochado el primer botón de la camisa. Miraba por la ventana con la mandíbula apretada, la copa de champán todavía en la cabeza y algo más pesado en los hombros. No había dicho una sola palabra desde que salieron del Palacio de Valmira Elise tampoco Tenía el bolso sobre las rodillas y las dos manos encima, como si dentro llevara algo vivo que pudiera escaparse. En cierto modo era así. El celular seguía ahí
Conrad no apareció en el desayuno. Elise lo esperó en la cocina hasta las siete y media, con el celular boca abajo sobre el mármol para no ver más titulares. A las ocho llegó un mensaje de la mujer de la tableta, que resultó llamarse Helga y ser la jefa de comunicaciones de Grupo Lantsov Señorita Varnier: la gala de compromiso de esta noche sigue en pie. Un coche la recogerá a las cinco para peinado y maquillaje. No hable con la prensa. No publique nada. No responda llamadas de números desconocidos Ni una palabra de Conrad. Elise pasó el día encerrada en la habitación de huéspedes, leyendo comentarios que no debería leer. Interesada. Ladrona. Seguro lo tiene atrapado con algo. Alguien había encontrado su perfil de la universidad y una foto de su graduación. Alguien había escrito el nombre de su barrio. A las cuatro, llamó al hospital. Lukas seguía dormido en cuidados intensivos. Su madre no había visto las noticias. Elise rezó para que siguiera así A las cinco, el coche llegó. El P
El lunes amaneció frío en Castelvarre. A las seis y media de la mañana, Elise ya estaba en el Hospital San Adrián, sentada junto a la camilla de Lukas mientras una enfermera le colocaba la vía en el brazo. Su madre, al otro lado, le acariciaba el pelo como cuando era pequeño—Deja de mirarme así —protestó Lukas— Parece que me voy a morir—No digas eso —dijo su madre, con la voz quebrada—Mamá, es una broma. —Lukas miró a Elise— Dile que es una broma—Es una broma muy mala, enano —dijo Elise, y le apretó la mano— Como todas las tuyasLukas sonrió. Luego bajó la voz para que su madre no lo oyera—¿Él va a venir?Elise no tuvo que preguntar a quién se refería. Desde el sábado, Lukas no hablaba de otra cosa. Su hermana, la que se pasaba las noches revisando facturas, se iba a casar con Conrad Lantsov. El de las revistas. El de la torre—Está muy ocupado —mintió—Ah —Lukas desvió la mirada hacia la ventana— ClaroElise sintió una rabia sorda subirle por el pecho. No por ella. Por Lukas. Él






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