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un amor correspondido
un amor correspondido
Author: sol y estrella

capitulo 1

last update Petsa ng paglalathala: 2021-04-21 03:19:20

Capítulo 1

Un nuevo comienzo

Ya era lunes.

El peor día de la semana, al menos para mí.

Abrí los ojos lentamente y me quedé mirando el techo durante unos segundos. Por un momento deseé volver a cerrar los ojos y fingir que no tenía que levantarme. Pero entonces recordé que tenía que ir al instituto.

Al instituto.

El lugar donde tendría que pasar nuevamente varias horas rodeada de aquellos orangutanes que parecían haber convertido mi vida en su entretenimiento personal.

Suspiré.

Durante años había tenido que soportar comentarios, burlas, miradas y rumores. Siempre encontraban alguna razón para molestarme. Que era rara. Que era demasiado callada. Que me creía superior. Que no era igual que ellos.

Y, aunque durante mucho tiempo aquellas palabras me habían dolido, había aprendido algo importante:

No necesitaba ser igual a los demás para tener valor.

Yo era yo.

Y eso debía ser suficiente.

—Vamos, Rosita —murmuré para mí misma—. Levántate.

Finalmente, aparté las sábanas y me dirigí al baño.

Después de arreglarme, escogí una ropa cómoda y fresca. Hacía bastante calor aquella mañana y no tenía intención de pasar el día incómoda. Me miré brevemente en el espejo mientras acomodaba mi cabello.

No era la chica más popular del instituto.

Tampoco pretendía serlo.

Nunca había entendido por qué algunas personas necesitaban la aprobación de todo el mundo para sentirse importantes. Yo había aprendido a conformarme con mi propia compañía.

Quizás demasiado.

Tomé mis cosas, bajé y me dirigí hacia mi motocicleta azul eléctrico. Era una de las pocas cosas que realmente disfrutaba. Me gustaba sentir el viento en el rostro mientras conducía. Durante esos momentos podía olvidarme de todo.

De las personas.

De los rumores.

De las burlas.

De mi pasado.

Encendí el motor y emprendí el camino hacia el instituto.

---

Cuando llegué, estacioné la motocicleta y respiré profundamente.

El instituto ya estaba lleno de estudiantes.

Grupos de amigos caminaban por los pasillos, algunos conversaban, otros reían y varios estaban pendientes de sus teléfonos.

Yo, como siempre, estaba sola.

En cuanto entré, varias personas voltearon a mirarme.

Era algo habitual.

Ya ni siquiera me sorprendía.

Escuché algunas risas a mis espaldas y después varios murmullos.

—Ahí está.

—Mírala.

—Seguro que hoy viene con su cara de pocos amigos.

Continué caminando como si no hubiera escuchado nada.

No iba a darles el gusto de verme afectada.

Apreté un poco más los libros contra mi pecho y seguí avanzando hacia mi salón.

Mi primera clase era Artes.

Quizás una de las pocas asignaturas que realmente disfrutaba.

Cuando entré al aula, me dirigí directamente al último asiento. Era mi lugar habitual.

Prefería sentarme allí.

Desde el fondo podía observar todo sin llamar demasiado la atención.

Y, sobre todo, podía evitar que los demás se acercaran demasiado a mí.

Dejé mis cosas sobre el pupitre y saqué mi cuaderno.

Poco a poco fueron llegando los demás estudiantes.

El salón comenzó a llenarse de conversaciones y risas.

Yo permanecí en silencio.

Hasta que la puerta se abrió.

El profesor Grullón entró al aula.

Pero no venía solo.

Detrás de él caminaba un chico que nunca había visto antes.

Levanté la mirada.

Y me quedé completamente inmóvil.

Era alto, tenía el cabello oscuro y unos impresionantes ojos azules.

No sé por qué, pero me quedé mirándolo más tiempo del que debería.

Quizás fueron sus ojos.

Quizás fue la seguridad con la que caminaba.

O quizás simplemente llevaba demasiado tiempo sin encontrar algo que despertara mi curiosidad.

De repente, él levantó la mirada.

Nuestros ojos se encontraron.

Me quedé congelada.

Él se dio cuenta de que lo estaba mirando.

Y entonces sonrió.

Una sonrisa tranquila.

Amistosa.

Bonita.

De esas que parecen sinceras.

Sentí que mi rostro comenzaba a calentarse.

Aparté rápidamente la mirada.

No.

No podía hacer eso.

No podía comenzar a confiar en alguien solo porque me había sonreído.

Si él conociera mi pasado...

Si supiera todas las cosas que decían sobre mí...

Probablemente terminaría comportándose igual que todos los demás.

Así que decidí concentrarme en el profesor.

—Buenos días, alumnos —dijo el profesor Grullón mientras dejaba unos papeles sobre su escritorio—. Antes de comenzar la clase quiero presentarles a su nuevo compañero.

Todos comenzaron a mirar al chico.

—Creo que lo mejor será que él mismo se presente.

El chico dio un paso hacia delante.

—Hola —dijo con una sonrisa—. Mi nombre es Pablo Solano. Soy de Puerto Rico y he venido aquí, a República Dominicana, para terminar mis estudios de bachillerato. Espero que podamos llevarnos bien y que pueda hacer muchos amigos.

Algunos estudiantes comenzaron a murmurar.

Yo permanecí en silencio.

Pablo parecía bastante seguro de sí mismo.

—Muy bien —dijo el profesor Grullón—. Puedes sentarte.

El profesor miró alrededor del salón.

Entonces señaló el asiento vacío que estaba junto al mío.

—Siéntate al lado de Rosita.

Sentí que mis ojos se abrían un poco más.

¿En serio?

Pablo miró hacia mí.

Después miró el asiento.

Caminó hasta allí y dejó sus cosas.

—Hola —me susurró.

Lo miré durante unos segundos.

—Hola.

—Soy Pablo.

—Ya lo sé. Acabas de presentarte.

Él soltó una pequeña risa.

—Cierto. Buena observación.

No pude evitar sonreír ligeramente.

El profesor comenzó la clase.

Intenté concentrarme en lo que explicaba, pero era difícil ignorar que Pablo estaba sentado justo a mi lado.

De vez en cuando podía sentir que me miraba.

Y cada vez que volteaba, él me regalaba aquella sonrisa.

No entendía qué quería.

Quizás simplemente era amable.

Quizás.

Durante los primeros minutos no hablamos demasiado. El profesor explicó el tema del día y nos pidió que realizáramos un dibujo siguiendo algunas indicaciones.

Tomé mi lápiz y comencé a trabajar.

Pablo hizo lo mismo.

Pasaron unos minutos.

Entonces escuché su voz.

—¿Siempre te sientas aquí?

Levanté la mirada.

—Sí.

—¿Por qué?

Me encogí de hombros.

—Me gusta estar atrás.

—¿Porque eres tímida?

Fruncí ligeramente el ceño.

—No exactamente.

—Entonces, ¿por qué?

Miré hacia los demás estudiantes.

Algunos estaban hablando entre ellos mientras trabajaban.

Otros nos miraban de reojo.

Era evidente que estaban comentando algo.

Pablo también se dio cuenta.

—¿Por qué están murmurando tanto? —preguntó.

Suspiré.

—Es por mí.

Él me miró confundido.

—¿Por ti?

Asentí.

—Están diciendo mentiras.

Pablo dejó el lápiz sobre el pupitre.

—¿Y ni siquiera te importa lo que digan de ti, Rosita?

Lo miré.

Por alguna razón, aquella pregunta me hizo pensar.

—No me importa.

Hice una pequeña pausa.

—Bueno... quizás antes sí me importaba. Pero aprendí que no puedo vivir intentando demostrarles a los demás quién soy.

Pablo permaneció en silencio.

—Son una sarta de estúpidos —continué—. Solo porque soy un poco más inteligente que ellos, se pasan el tiempo molestándome.

Esperaba que se riera.

Que dijera algo desagradable.

Que comenzara a juzgarme.

Pero no hizo ninguna de esas cosas.

Simplemente sonrió.

—Entonces no voy a preguntarte más sobre eso.

Me sorprendí.

—¿Por qué?

—Porque parece que es algo que no quieres hablar.

Lo miré fijamente.

No estaba acostumbrada a que alguien respetara mis límites.

—Gracias.

—No tienes que agradecerme.

Pablo volvió a tomar su lápiz.

Continuamos trabajando.

Y por primera vez en mucho tiempo, no me sentí incómoda estando junto a otra persona.

---

Cuando terminó la clase, guardé mis cosas.

Pablo se levantó y se colocó la mochila sobre un hombro.

—Rosita.

—¿Sí?

—¿Me puedes ayudar con algo?

—¿Con qué?

—No conozco muy bien el instituto todavía.

—Eso es normal. Acabas de llegar.

—Exactamente.

Sonrió.

—¿Podrías enseñarme dónde está la cafetería?

Lo miré sorprendida.

—¿La cafetería?

—Sí. Necesito comprar mi almuerzo.

—Ah.

Miré mi reloj.

Yo también tenía hambre.

Pablo sonrió.

—Y además...

Hizo una pequeña pausa.

—Te invito.

Lo miré con los ojos entrecerrados.

—¿Me estás invitando a almorzar?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque eres la primera persona que me ha hablado desde que llegué sin mirarme como si fuera un extraterrestre.

No pude evitar reír.

—Eso es porque todavía no te conozco lo suficiente.

—Entonces podemos empezar a conocernos.

Aquellas palabras me dejaron un poco sorprendida.

No sabía qué responder.

Durante años había evitado hacer amigos.

Había aprendido a mantener a las personas alejadas.

Y ahora aparecía un chico nuevo que, en apenas una hora, parecía estar intentando romper todas mis defensas.

—Está bien —respondí finalmente—. Te enseño dónde está la cafetería.

Pablo sonrió.

—Perfecto.

Comenzamos a caminar juntos por el pasillo.

—Entonces te invito a almorzar.

—No.

Se detuvo.

—¿No?

—Yo compro el mío.

—¿Por qué?

—Porque no tienes que pagarme nada.

—Rosita...

—Pablo.

Nos quedamos mirándonos.

Él terminó riéndose.

—Está bien. Cada uno paga lo suyo.

—Exactamente.

Continuamos caminando.

Pero mientras avanzábamos hacia la cafetería, no pude evitar pensar en algo.

Aquel chico no parecía como los demás.

No me había preguntado por qué era tan callada.

No se había burlado de mí.

No había creído los rumores.

Y, sobre todo, no parecía importarle que los demás hablaran.

Quizás solo estaba siendo amable.

Quizás mañana sería diferente.

Quizás terminaría descubriendo que era igual que todos.

No quería ilusionarme.

No quería confiar.

Porque cada vez que había confiado en alguien, había terminado lastimada.

Pero mientras caminaba junto a Pablo Solano por aquellos pasillos, algo dentro de mí comenzó a preguntarse si esta vez podía ser diferente.

Y aunque todavía no lo sabía...

Aquel lunes sería el comienzo de algo que cambiaría mi vida para siempre.

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