INICIAR SESIÓNCapítulo 2
Una inesperada compañía La cafetería estaba mucho más llena de lo que esperaba. Apenas entramos, pude escuchar el ruido de las conversaciones, las risas y el movimiento constante de los estudiantes. Algunos estaban sentados en grupos alrededor de las mesas, mientras otros esperaban en la fila para comprar su almuerzo. Pablo se quedó parado a mi lado, observándolo todo. —Vaya —dijo—. Definitivamente hay más gente de la que esperaba. —Te dije que la cafetería estaba aquí. —Sí, pero no pensé que prácticamente todo el instituto estaría aquí al mismo tiempo. Sonreí ligeramente. —Es la hora del almuerzo. ¿Qué esperabas? —No sé. Algo más tranquilo. —Entonces escogiste el lugar equivocado. Pablo soltó una pequeña carcajada. Me sorprendió lo fácil que era hacerlo reír. Nos colocamos en la fila. Yo miré hacia el menú mientras él observaba las diferentes opciones. —¿Qué vas a pedir? —preguntó. —Todavía no lo sé. —¿Siempre eres así? —¿Así cómo? —Tan indecisa. Lo miré con una expresión seria. —No soy indecisa. —Acabas de decir que no sabes qué vas a pedir. —Eso no significa que sea indecisa. Pablo comenzó a reír. —Está bien, está bien. No discutiré contigo el primer día. —Mejor. Seguimos avanzando poco a poco. —Entonces, Rosita... —¿Sí? —¿Por qué te llaman así? —¿Cómo? —Rosita. Me quedé pensativa durante unos segundos. —Es un apodo que me puso mi madre cuando era pequeña. —¿Y te gusta? —Sí. —Te queda. —¿Por qué? —No sé. Simplemente te queda. Bajé la mirada. No sabía por qué aquel comentario me había puesto nerviosa. Era una tontería. Solo había dicho que mi apodo me quedaba bien. Nada más. —¿Y a ti cómo te dicen? —pregunté para cambiar de tema. —Pablo. —¿Nadie te tiene un apodo? —Algunos amigos me dicen Pablito. Lo miré. —¿Pablito? —Sí. —No parece que te guste mucho. —Porque no me gusta. Sonreí. —Entonces no te llamaré así. —Gracias. —De nada, Pablito. Él abrió los ojos sorprendido. —¿Acabas de...? Me eché a reír. —Solo estaba bromeando. —Ya veo cómo eres. —¿Cómo soy? —Un poco traviesa. Negué con la cabeza mientras intentaba ocultar una sonrisa. Hacía mucho tiempo que no tenía una conversación así con alguien. Una conversación sencilla. Sin insultos. Sin burlas. Sin tener que pensar cuidadosamente cada palabra antes de decirla. Cuando finalmente llegamos al mostrador, compré mi almuerzo y me aparté para esperar a Pablo. Él compró el suyo y nos dirigimos hacia una de las mesas. Miré alrededor. Todas estaban ocupadas. Bueno, casi todas. Había una mesa en una esquina con dos asientos libres. Señalé hacia ella. —Podemos sentarnos ahí. —Perfecto. Caminamos hasta la mesa. Me senté primero y Pablo tomó el asiento frente a mí. Durante unos segundos ninguno dijo nada. Yo comencé a comer mientras él observaba su comida. —¿Qué? —pregunté. —Nada. —Me estás mirando. —Lo sé. Fruncí el ceño. —¿Por qué? —Estoy intentando descubrir algo. —¿Qué cosa? Pablo apoyó los brazos sobre la mesa. —Cómo puedes estar tan tranquila después de que medio instituto parece estar hablando de ti. Suspiré. Otra vez ese tema. —Ya te dije que no me importa. —No parece que no te importe. Dejé el tenedor sobre el plato. —¿Qué quieres decir? —Que cuando mencioné lo que estaban diciendo, cambiaste inmediatamente tu expresión. Me quedé callada. Había notado demasiado. —No quiero hablar de eso. Pablo asintió. —Está bien. No insistió. Y eso me gustó. Quizás por primera vez alguien había entendido que no quería hablar de algo sin intentar obligarme. Continuamos comiendo. Después de unos minutos, Pablo comenzó a hablar de Puerto Rico. Me contó sobre el lugar donde vivía, sus amigos, algunas de las cosas que hacía antes de venir a República Dominicana y lo extraño que le parecía estar en un instituto nuevo. Yo lo escuchaba atentamente. —¿Extrañas Puerto Rico? —pregunté. —Muchísimo. —Entonces, ¿por qué viniste? —Mi familia tuvo que mudarse por trabajo. —Ah. —Al principio no quería venir. —¿Y ahora? Pablo miró alrededor de la cafetería. —Todavía no lo sé. Luego me miró. —Aunque creo que quizás no esté tan mal. Sentí algo extraño en el pecho. Aparté la mirada. —Te acostumbrarás. —Eso espero. Terminamos de comer y nos levantamos. —Gracias por enseñarme dónde estaba la cafetería —dijo. —No fue nada. —Para mí sí. —Solo caminé contigo por un pasillo. —Pero si no fuera por ti, probablemente habría terminado perdido. Me reí. —Eso sí te lo creo. Pablo sonrió. Mientras salíamos de la cafetería, escuché unas voces detrás de nosotros. —Miren quién consiguió novio. Sentí que mi cuerpo se tensaba. No tuve que mirar para saber quiénes eran. Las mismas personas de siempre. —¿Rosita ya consiguió novio? —Qué rápido. —Seguro que él todavía no sabe cómo es ella. Pablo se detuvo. Yo seguí caminando. —No les hagas caso —dije. —Pero... —Déjalo. —Están hablando de ti. —Siempre hablan de mí. Me detuve y lo miré. —Si reaccionas cada vez que dicen algo, nunca van a parar. Pablo guardó silencio. —Vamos. Continuamos caminando. Pero esta vez podía sentir que estaba molesto. —No entiendo cómo puedes soportarlo —dijo. —Uno se acostumbra. —No deberías tener que acostumbrarte. Aquella frase me hizo detenerme. Lo miré. Pablo parecía hablar completamente en serio. No sabía qué responder. Porque en el fondo sabía que tenía razón. No debería haber tenido que acostumbrarme. Pero cuando llevas demasiado tiempo viviendo de una determinada manera, empiezas a pensar que es normal. --- La siguiente clase era Matemáticas. Pablo y yo entramos juntos al salón. Varias personas nos miraron. Algunas comenzaron a murmurar. Yo fingí no escucharlas. Nos sentamos en nuestros respectivos lugares. Pablo quedó a mi lado nuevamente. —¿Qué clase toca ahora? —preguntó. —Matemáticas. Su rostro cambió inmediatamente. —No. Me reí. —¿Qué? —No me gustan las Matemáticas. —Entonces estamos igual. —¿Tú tampoco eres buena? —No dije eso. —Entonces sí eres buena. —Digamos que sobrevivo. Pablo soltó una risa. El profesor entró y comenzó la clase. Intenté concentrarme, pero después de unos minutos escuché la voz de Pablo. —Rosita. Lo ignoré. —Rosita. Seguí escribiendo. —Rosita... Lo miré. —¿Qué? —No entiendo esto. Miré su cuaderno. —¿Qué parte? Me señaló el ejercicio. Lo observé. —Ah, esto es fácil. —¿Fácil? —Sí. —Para ti. —Déjame explicarte. Tomé su lápiz y comencé a explicarle el procedimiento. Pablo me observaba atentamente. —¿Entendiste? —Más o menos. —Te lo vuelvo a explicar. —Gracias. Después de unos minutos, finalmente consiguió resolverlo. —¡Lo hice! Me reí. —Sí. No era tan difícil. —Para ti. —Bueno, ahora ya sabes hacerlo. —Supongo que tendré que pedirte ayuda más seguido. —No abuses. —No prometo nada. Negué con la cabeza. Por alguna razón, estar junto a él hacía que las clases fueran mucho más agradables. Y eso me preocupaba. Porque comenzaba a acostumbrarme a su compañía. Y yo sabía que acostumbrarse a alguien podía ser peligroso. --- Al terminar las clases, recogí mis cosas y me dirigí hacia la salida. Pablo salió detrás de mí. —Rosita. Me giré. —¿Sí? —¿Te vas en autobús? —No. —¿Caminando? —Tampoco. Señalé hacia el estacionamiento. —Tengo una motocicleta. Pablo abrió los ojos. —¿Esa azul? —Sí. —Es bonita. —Gracias. —¿Tú la conduces? —Obviamente. —Nunca había conocido a una chica que tuviera una motocicleta. —Pues ahora conoces a una. Pablo sonrió. —Supongo que eres más interesante de lo que aparentas. —¿Y qué se supone que aparento? —Una chica seria que quiere estar sola. —Quizás porque quiero estar sola. —¿De verdad? Me quedé callada. Pablo me observó durante unos segundos. —Creo que no. Fruncí el ceño. —¿Y tú qué sabes? —Nada. Sonrió. —Solo es una impresión. Me coloqué el casco. —Nos vemos mañana. —Espera. —¿Qué? —¿Mañana también te vas a sentar conmigo en Artes? Lo miré. No esperaba esa pregunta. —Si el profesor me vuelve a poner ahí. —Espero que lo haga. Sentí una pequeña sonrisa aparecer en mis labios. —Adiós, Pablo. —Adiós, Rosita. Encendí la motocicleta y salí del estacionamiento. Mientras conducía de regreso a casa, no pude dejar de pensar en aquel día. Había empezado como cualquier otro lunes. Pensé que tendría que soportar las mismas burlas de siempre. Pensé que sería otro día aburrido. Pero entonces había aparecido Pablo. Un chico nuevo. Un desconocido. Alguien que apenas llevaba unas horas en mi vida y que, sin saber nada de mi historia, había conseguido hacerme sonreír más de una vez. No sabía qué significaba aquello. Tampoco quería averiguarlo. Porque había aprendido algo hacía mucho tiempo: Las personas podían entrar en tu vida con una sonrisa... y salir dejando una herida. Por eso, mientras conducía hacia casa, decidí que mantendría los pies sobre la tierra. Pablo podía ser amable. Podía ser divertido. Podía parecer diferente. Pero todavía no confiaba en él. Al menos, eso era lo que intentaba convencerme. Porque muy dentro de mí, en ese pequeño lugar que había mantenido cerrado durante años, algo comenzaba a cambiar. Y yo todavía no estaba preparada para admitirlo.Capítulo 1 Mi mejor amigo Hay personas que llegan a nuestra vida sin que las estemos buscando. Algunas se quedan solamente unos meses. Otras permanecen durante años. Y existen aquellas que terminan convirtiéndose en una parte tan importante de nosotros que resulta imposible imaginar cómo era nuestra vida antes de conocerlas. Para mí, esa persona era él. Mi mejor amigo. Su nombre era Adrián. Y durante mucho tiempo pensé que tenerlo a mi lado era lo mejor que podía haberme pasado. No sabía que también sería la persona que conseguiría romperme el corazón. Pero antes de llegar a esa parte de la historia, tengo que contar cómo comenzó todo. Mi nombre es Marian Estefanía. Tenía una vida bastante normal. Estudiaba, hacía mis tareas, discutía con mi familia de vez en cuando y pasaba muchísimo tiempo con mi mejor amigo. No era la chica más popular del instituto. Tampoco me interesaba serlo. Prefería sentarme tranquilamente, escuchar música, leer cuando tenía tiempo y hablar con
un amor no correspondido Un amor no correspondido Existen amores imposibles. Amores prohibidos. Amores que llegan en el momento equivocado. Y también existen esos amores que parecen ser exactamente lo que siempre soñaste… hasta que descubres que nada era como imaginabas. Mi nombre es Marian Estefanía, y durante mucho tiempo creí que algún día encontraría a mi media naranja, a esa persona que conseguiría hacerme sentir mariposas en el estómago, que me haría perder la razón y que se convertiría en mi alma gemela. Pensé que cuando llegara el amor verdadero lo reconocería inmediatamente. Y, de cierta manera, lo reconocí. El problema era que la persona de la que me enamoré jamás podría corresponderme de la manera que yo quería. Era mi mejor amigo. Mi confidente. La persona con la que podía hablar durante horas, reírme de cualquier tontería y contarle absolutamente todo. Y sí… Era gay. ¿En serio? ¿Estás pensando exactamente lo que estás escuchando? Sí. Me enamoré perdidamen
Epílogo — Y nuestra historia continuó Habían pasado varios años desde aquel primer día en que Pablo entró al salón de clases. A veces me parecía increíble pensar que todo había comenzado de una manera tan sencilla. Una clase de Arte. Un asiento vacío. Un chico nuevo. Una sonrisa. Y una conversación que ninguno de los dos imaginaba que terminaría cambiándonos la vida. Ahora estaba sentada junto a la ventana de mi habitación, mirando unas fotografías que había guardado durante años. Sonreí al encontrar una de nosotros dos. Éramos más jóvenes. Yo tenía el cabello diferente y una expresión tímida. Pablo estaba a mi lado, sonriendo como siempre. Debajo de la fotografía había escrito una fecha. Nuestro primer día juntos. Pasé los dedos sobre la imagen. —No puedo creer que haya pasado tanto tiempo. —¿Qué haces? Escuché la voz de Pablo detrás de mí. Me giré. —Estoy viendo nuestras fotos. Se acercó y miró la fotografía. —Oh, Dios. Se rio. —Mira mi cabello. —Estaba bonit
Capítulo 23 — Nuestro amor El tiempo había pasado más rápido de lo que imaginaba. Parecía que había sido ayer cuando Pablo entró por primera vez al salón. El chico nuevo. El de los ojos azules. El que se sentó a mi lado. Nunca habría imaginado que aquella persona terminaría convirtiéndose en alguien tan importante para mí. Ahora caminábamos juntos por los pasillos del instituto como si siempre hubiéramos sido así. Pablo tomaba mi mano. Yo sonreía. Y ya no me preocupaba lo que los demás pensaran. Un día, durante el recreo, nos sentamos bajo nuestro árbol. —¿En qué piensas? —preguntó Pablo. —En nosotros. —¿Eso es bueno? —Sí. Sonrió. —¿Qué pensabas? —En cómo empezó todo. —Yo también me acuerdo. —Yo estaba sentada al fondo del salón. —Y yo era el estudiante nuevo. —Y me miraste. —Porque tú me estabas mirando primero. Abrí los ojos. —¡No es cierto! —Sí lo es. —Mentiroso. Se rio. —Me acuerdo perfectamente. Yo también sonreí. —Nunca pensé que íbamos a terminar a
Capítulo 22 — Una decisión importante El lunes comenzó con una noticia que nadie esperaba. La profesora entró al salón con una carpeta en las manos. —Chicos, necesito informarles algo. Todos dejamos de hablar. —Durante las próximas semanas tendremos varios trabajos y actividades especiales. Algunos de ustedes tendrán que trabajar en parejas. Pablo me miró inmediatamente. —Nosotros juntos. Sonreí. —Obviamente. La profesora comenzó a repartir los grupos. Cuando llegó a nuestro nombre, nos miró. —Rosita y Pablo, ustedes trabajarán juntos. Pablo levantó discretamente el pulgar. —Perfecto. Yo sonreí. Pensé que sería fácil. Pero no lo fue. --- El trabajo consistía en preparar una presentación bastante grande. Pablo quería hacerla de una manera. Yo quería hacerla de otra. —Creo que deberíamos hacerlo así —dije. —Pero creo que así quedaría mejor. —No. —Sí. —Pablo. —Rosita. Nos miramos. —Está bien —dije—. Hazlo como quieras. Él frunció el ceño. —No quiero que haga
Capítulo 21 — Un lugar en su mundo El viernes, durante el recreo, Pablo estaba más sonriente de lo normal. Lo miré con curiosidad. —¿Qué te pasa? —Nada. —Tienes cara de que estás planeando algo. —¿Yo? —Sí, tú. Pablo soltó una pequeña risa. —Bueno... quizás. —¿Qué hiciste? —Nada malo. —Eso dicen todos antes de hacer algo. —Rosita, tranquila. Tomó mi mano. —Quiero preguntarte algo. —Dime. —¿Te gustaría conocer a mi familia? Me quedé completamente quieta. —¿A tu familia? —Sí. —¿Este fin de semana? —Si quieres. Mi corazón comenzó a latir más rápido. —¿Estás seguro? —Claro. —¿Y ellos saben que voy? —Sí. —¿Y qué les dijiste? —Que eres mi novia. —Eso ya lo sé. —También les dije que eres tímida. —¡Pablo! Se rio. —Y que eres buena conmigo. Eso me hizo sonreír. —¿De verdad quieres que los conozca? —Sí. Pensé unos segundos. La idea me ponía nerviosa, pero también me hacía ilusión. —Está bien. Pablo sonrió. —¿En serio? —Sí. —Entonces mañana. —¿Mañana?







