INICIAR SESIÓNEdward Vanderbilt, un CEO admirado por algunos y temido por otros, codiciaba un heredero más que a su propia esposa. Frío, distante y entregado a su amante, nunca tuvo intención de construir un hogar con Anya. Para él, su matrimonio solo era un acuerdo. Anya aceptó las condiciones; sería la esposa perfecta y daría un heredero a los Vanderbilt, pero en su primera noche juntos, fue abusada y marcada para Siempre. Así que huyó. Justo cuando está a punto de pedir el divorcio, la vida le juega otra mala carta: está embarazada. Para proteger a sus hijos y a ella misma, desaparece y encuentra refugio en el único hombre que siempre la cuidó; Alan Ashford, su mejor amigo de la infancia, quien la ha amado en secreto por años. Pero el pasado siempre regresa y justo cuando Anya da a luz, Edward la encuentra. Ciego de furia, la golpea. Pero todo cambia cuando el CEO ve la marca de nacimiento de los trillizos y se da cuenta de que son sus hijos. Ahora hará lo imposible por recuperarlos. Por recuperarla. Sin embargo, algunas heridas nunca sanan, algunos errores nunca se olvidan y hay matrimonios que nunca deberían haber existido.
Ver másHabían pasado cinco años desde aquel día. Al final, los rumores en la prensa, se esfumaron cuando Anya declaró públicamente.“Es cierto que no estaba preparada para tener hijos cuando mi esposo cambió mis pastillas anticonceptivas por placebos, pero lo perdoné porque lo amo y es el padre de mis hijos” Una verdad oculta entre la mentira para hacerlo más convincente.La prensa desistió al escuchar eso, porque creyeron haber confundido aquel audio y la noticia no era tan jugosa si el afamado CEO no había abusado de su esposa.Edward no estaba de acuerdo, pero finalmente fue decisión de Anya. Así que solo tuvo que aceptarlo.Ahora, cinco años después Anya, con una peineta rosa sujetando su cabello, trenzaba con delicadeza el dorado cabello de Elara, cuyos ojos azules brillaban más que su vestido azul pálido.—Mamá, quiero trencitas como las de la princesa que vimos en la tele. —Pidió Elara, girando la cabeza con impaciencia.—Te haré las trenzas más bonitas que hayas visto. —Respondió Any
A través de los cristales.Stella bajó del jet con pasos cuidadosos, tenía a los niños en el fular y lo último que quería era caer de allí.Cuando bajó del jet, el sonido de sus tacones resonó sobre el pavimento, como si cada paso fuera una cuenta regresiva hacia ellos.Anya la observó acercarse sin moverse y sin siquiera pestañear.Sólo se quedó allí, temblando, con los brazos abiertos sin siquiera darse cuenta.Stella se detuvo frente a ella y sin decir palabra, sin mirar a nadie más, soltó el fular. Los niños comenzaron a moverse, somnolientos, ajenos al caos que los rodeaba.—Tómalos. —Susurró Stella.Anya los tomó rápido, como si temiera que se arrepintiera en Isabel le ayudó a acomodarse el fular, mientras ella y Stella sujetaban a los niños.Tan pronto estuvo hecho Anya los abrazó con fuerza, escondiendo el rostro entre ellos, no podía hablar, no podía pensar, su cerebro parecía concentrado en crear lágrimas de la nada.—Lo siento, Anya. —Susurró Stella—. No quería lastimarte
Edward fue el primero en dar un paso al frente. Anya lo miró levantar la mano, con la mirada fija en el jet, mientras sus guardias estaban atento a sus órdenes.El silencio abrumador contuvo el aire, mientras una nube negra pareció oscurecer todo.La tensión era palpable y el aura de Edward amenazaba con asesinar tanto a Alan cómo a Stella.Sin embargo, antes de que cualquier orden saliera de labios de Edward, Anya lo sostuvo del brazo.—¡Edward! —Dijo en un grito ahogado, mientras temblaba, como si ese único gesto fuera todo lo que tenía para detener una tragedia.Él la miró con los ojos entrecerrados y aunque mo respondió, tampoco avanzó.Anya soltó su brazo y corrió hacia Alan, esquivando el vacío entre ambos ejércitos como si el pavimento fuera un campo de minas.—Por favor… —Jadeó frente a él, con lágrimas brotando a borbotones—. Esto no tiene que acabar así. Te lo suplico, termina con esto. Deja ir a mis bebés.Alan ladeó el rostro con sus manos en los bolsillos, como si no ente
Dos semanas atrás...Alan no sabía por qué había ido. No tenía respuestas, ni argumentos, ni excusas que le permitieran darle sentido a lo que estaba a punto de hacer.Pero estaba allí, parado frente al mismo edificio donde una vez pensó que nunca regresaría.Un edificio viejo, de pintura desgastada, con las escaleras rotas desde hace tanto tiempo que hasta el polvo parecía parte de la arquitectura.El mismo edificio donde vivía Stella.Tocó la puerta, una vez, luego otra. Y después cinco veces más.Suspiró profundamente, no sabía porqué había creído que ella seguiría allí, había estado en el hospital, luchando por su vida las últimas dos semanas, además había visto a Isabel en el hospital después del accidente, era evidente que la llevaría a otro lugar.—Stella. —Murmuró sin entender sus propias emociones ¿Por qué se sentía tan triste?Esperanzado, esperó por alguna señal de Stella, algo, lo que fuera que le hiciera creer que ella estaba allí.Sin embargo, en aquel pasillo con lo


















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