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¡Nuestro Alfa es una Hembra!
¡Nuestro Alfa es una Hembra!
Author: Bagel

Capítulo 1

Author: Bagel
—¡Alfa Raven, el Consejo ha emitido una citación formal! ¡Se le acusa de presunta violación y abuso de autoridad! ¡El presidente del Alto Consejo exige su presencia de inmediato! —gritó un Ejecutor con un megáfono.

El auto de los Ejecutores se detuvo de golpe frente a mí en el estacionamiento subterráneo de la sede del Grupo Blackstone. Yo acababa de salir de mi caótica reunión con la junta directiva. El café que llevaba en la mano aún humeaba. El Ejecutor se acercó y me estrelló el documento contra el pecho.

Bajé la vista hacia el papel de bordes dorados y solté una risa ahogada. La acusación era un chiste de mal gusto.

¿Yo? ¿Raven? ¿Una loba Alfa de sangre pura, violando a una Omega y dejándola preñada?

Hace diez años, asesinaron a mi padre durante las negociaciones para fusionar dos manadas, lo que me obligó a tomar un rumbo distinto para sobrevivir. A la mañana siguiente del funeral, me corté el cabello, que me llegaba a la cintura, me puse un traje a la medida, ajusté sus mancuernillas en mis puños y tomé el control de mi territorio con mano de hierro.

En tres meses, purgué a todos los traidores. En un año, tripliqué el valor de las acciones del Grupo Blackstone.

Desde entonces, mantuve una apariencia impecable y andrógina. Mi aroma de hembra resultaba indetectable para cualquier lobo, sin importar su rango, gracias a un poderoso hechizo de ocultamiento forjado por las brujas. Con el tiempo, la manada entera se creyó el cuento de que su líder era un Alfa macho.

Jamás me molesté en aclarar el malentendido. Para mí, el género era una etiqueta sin importancia y, en nuestro mundo salvaje, una herramienta política muy útil. En cuanto a encontrar un compañero destinado, eso nunca estuvo en mis planes. Me importaban un carajo los chismes que esparcían los demás sobre eso.

Pero jamás imaginé que esa indiferencia terminaría convirtiéndose en una daga forjada en mi contra, lista para atravesarme el corazón.

Era lo más ridículo que pude imaginarme en ese momento.

Yo misma construí el conglomerado Blackstone desde los cimientos hasta convertirlo en un imperio corporativo de primer nivel. Los lobos de élite de todo el país se mataban por una oportunidad para trabajar con nosotros.

Selena Vance fue una de ese grupo. Era una Omega que la Intendencia de la Manada había contratado dos meses atrás como mi asistente junior. Su currículum era perfecto y su rostro era una belleza, pero su ambición olía mal a kilómetros de distancia.

En su segunda semana, empezó a llevarme café a la oficina sin que se lo pidiera. Para la cuarta, rompió «por accidente» el tacón de su zapato frente a la puerta de mi despacho mientras hacíamos horas extras. Aprovechaba cualquier mínima excusa para quedarse a solas conmigo.

Le seguí el juego en silencio y observé sus patéticos intentos, hasta el día en que irrumpió en mi oficina e intentó desabrocharme la camisa.

Tras despedirla y echarla del edificio en ese instante, la loba inició una transmisión en vivo a través de Wolf-Tok. Frente a la cámara, apareció con el cabello revuelto y los ojos rojos e hinchados. Exhibió unos supuestos moretones que se le veían en los brazos.

—El Alfa de Blackstone... me acorraló contra el ventanal de su oficina... Me marcó en mi glándula... le supliqué que se detuviera... dijo que yo era suya y de nadie más... —sollozó frente a su audiencia.

Apretó la impresión de una ecografía contra su pecho. Con la voz temblorosa, narró la supuesta violación que yo había cometido de aquella noche y afirmó que yo la había dejado preñada.

—Ya llevo a su cachorro en mi vientre, pero él me despojó de toda mi dignidad y ahora se niega a cubrir mis gastos en el centro de sanación —lloró como si fuera el fin del mundo.

Sus descripciones del asalto sexual tenían un realismo perturbador. En menos de veinticuatro horas, el escándalo estalló y se volvió viral en todos lados. Leí diversos comentarios despreciables mientras deslizaba mi feed de Wolf-Tok:

«¿Cómo es posible que un Alfa así siga con vida? ¿Acaso el Consejo está ciego?».

«¡Los violadores no merecen estar vivos!».

«¡Ejecuten a Raven! ¡Hagan esto viral! ¡Que toda la nación se entere!».

«¡La era del privilegio Alfa debe terminar! ¡Los Omegas no somos juguetes!».

En la Sala del Consejo, el presidente mostró muy poco interés al principio por un escándalo mediático. Bostezó desde su asiento en el estrado y ordenó con un ademán de desprecio:

—Sigan el procedimiento. Asígnenle un abogado del Consejo a la acusadora.

Pero el internet interpretó esa simple orden administrativa como un respaldo directo de la máxima autoridad hacia la Omega agraviada. Esa noche, Selena publicó una foto en Wolf-Gram donde posaba junto al abogado que le habían asignado. «Gracias, Consejo. Se hará justicia», escribió en la descripción.

La publicación se compartió más de un millón de veces. Con ese nivel de atención, nadie en nuestro mundo dudaría de sus mentiras. Los justicieros de internet ya habían dictado mi sentencia de muerte.

Incluso los miembros de mi junta directiva, esos a los que mantuve nadando en riqueza con salarios exorbitantes, empezaron a exigir mi cabeza. Mi teléfono no dejó de sonar en toda la noche. A la mañana siguiente, la junta del Grupo Blackstone me arrinconó en una reunión de emergencia.

Esos Ancianos cobardes arrastraron mi nombre por el piso sin molestarse en revisar una sola prueba ni pedir las grabaciones de las cámaras de seguridad. Golpearon la mesa de caoba con furia y exigieron a gritos mi renuncia como directora general y Alfa de la manada.

De los doce Ancianos de mi manada presentes en la sala, ni uno solo abrió la boca en mi defensa. Yo misma los salvé de la bancarrota años atrás, firmé contratos multimillonarios para enriquecer a sus familias y garanticé la seguridad de sus territorios. Pero ahora me daban la espalda y permanecieron sentados como doce estatuas de piedra.

—Marcus... —Me froté el puente de la nariz con cansancio y clavé la vista en el lobo frente a mí—. Tú me viste crecer. ¿De verdad ni siquiera te vas a molestar en revisar los videos de seguridad de mi despacho o en exigir un informe del Gremio de Sanadores que sea real? ¿Me vas a condenar al basarte solo en la palabra de una asistente?

La expresión de Marcus vaciló. Tras un largo silencio, se puso de pie y esquivó mi mirada. Aunque su tono escondía un rastro de culpa, sonó firme y despectivo.

—¿Pruebas? Todo internet está inundado con las fotografías de sus heridas, Raven. Y el vientre de esa Omega no miente... —se justificó el Anciano.

Bajé la vista hacia la pantalla de mi teléfono. Selena acababa de publicar otra actualización. Esta vez, adjuntó un supuesto «informe de lesiones del centro de sanación».

Tuve que morderme el interior de la mejilla para no reírme en ese momento. Las fotos eran estúpidas. Por la forma, el color y el tamaño de los hematomas, cualquier lobo con cerebro podía deducir que ella misma se había pellizcado la piel para marcársela.

«¡El tirano de Blackstone no es ninguna deidad, porque a puerta cerrada es un pervertido endemoniado que solo piensa en aparearse!», leí en el texto que acompañaba las fotos. «No solo me marcó el loco ese. Me obligó a abrir las piernas y a inclinarme sobre su escritorio. ¡Me amenazó con arrojarme a los renegados en los distritos rojos del subterráneo si me atrevía a resistirme!».

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