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¡Suegrito! Me atoré en la lavadora
¡Suegrito! Me atoré en la lavadora
Author: Mangonel

Capítulo 1

Author: Mangonel
Cuando lavaba la ropa con el trasero levantado, me embistieron por atrás y terminé metida en la lavadora.

Mi trasero carnoso quedó expuesto afuera, sujetado por sus manos fuertes. No podía ni moverme.

Su mano enorme me acariciaba por detrás como quería. Empecé a ponerme bien caliente y el placer hizo que hasta las piernas me temblaran. Volteé a ver quién me estaba haciendo esto, y me di cuenta de que era ni más ni menos que mi suegro.

***

Esos días mi esposo estaba en un viaje de trabajo y yo aproveché para juntar toda la ropa sucia de la casa y lavarla. Me agaché y dejé el trasero levantado, para ir acomodando un montón de ropa dentro de la lavadora de carga frontal.

Sentí una fuerte embestida por detrás y todo mi torso quedó adentro de la lavadora. No pude moverme; solo asomaba parte de mi gran y jugoso trasero.

Como estaba en casa, solo traía puesto un camisón holgado, y mis bragas blancas apenas se notaban bajo la tela.

¿Quién diablos fue?

Por la cabeza me pasaron mil ideas, pero al final no logré adivinar. Me estaba quemando la curiosidad.

No me imaginé que el que estaba detrás se atreviera a tanto: me tomó la cinturita con ambas manos y sus manos ásperas me recorrieron de arriba a abajo, dejando mi cuerpo extremadamente sensible. Había pasado mucho tiempo desde que me tocaran de esa manera.

Sacudí el cuerpo con todas mis fuerzas, queriendo espantar esa mano, pero esa persona de atrás se me pegó todavía más. Pegó su entrepierna contra mi intimidad.

—¡Suéltame! —Apoyé las manos contra la lavadora y meneé el trasero para zafarme, pero no había manera de salir.

Sentí cómo aquello, que se me pegaba a través de la ropa, se iba poniendo más y más grande, restregándose sin parar ahí abajo, dejándome una fuerte comezón. Sentí un calor que me subía por el vientre y, sin querer, empecé a humedecerme.

Noté que la cosa iba mal y, de prisa, hice fuerza para retroceder y salir de la lavadora.

Lo que no esperé fue que, justo en ese movimiento, di directo con la entrepierna del hombre. Esa cosa enorme se le había soltado de la ropa en algún momento y, separada apenas por la telita de mi ropa interior, estaba a punto de dispararse.

Mi retroceso lo agarró por sorpresa y, como si lo estuviera esperando, empujó hacia adelante con fuerza.

—Mmm... no... —Esa sensación me hizo perder la fuerza de voluntad y las piernas me empezaron a temblar, sin que pudiera controlarlo.

Me metí más adentro de la lavadora con desesperación, queriendo huir de él. Cada centímetro que yo avanzaba, él lo recuperaba con otra embestida, hasta que ya no tuve adónde ir.

—¿Qué estás haciendo...? Ah, ah, detente, por favor... —supliqué, asustada, pero la voz me iba cambiando a un tono más dulce sin que pudiera controlarla.

El hombre se animó todavía más con eso; me embistió duro y casi me dejó colgando en el aire.

—¿Cómo se te ocurre andar con tan poca ropa en la casa? Pauli, déjame ayudarte.

¿¡Qué!? ¡Mi suegro era el que estaba detrás!

Se me pusieron las orejas rojas y todo el cuerpo me ardía de un modo insoportable.

Entonces me acordé de cuando recién entré a esta familia, mi suegro estaba en shorts; unos shorts que no alcanzaban a tapar su tremendo paquete... Y también, seguido encontraba mis medias, que dejaba en el baño, manchadas de quién sabe qué.

¿Sería que... mi suegro se las llevaba?

El que tenía detrás pasaba de los cincuenta, pero su cuerpo no le pedía nada a un muchacho de veinte. Estaba fuertísimo, bien duro, y me estaba dando un placer como nunca antes lo había sentido.

Esa maldita calentura amenazaba con quemarme el último rastro de razón; me aferré con uñas y dientes a mi límite, y, abrumada por la impotencia, le rogué que parara.

Aguanté con todo lo que tenía la comezón del cuerpo.

—No, no, déjame salir ya... ¡ay! —supliqué con desesperación, pero, en una de sus embestidas, no pude controlar lo que en realidad quería y se me escapó un gemido que me dejó muerta de vergüenza.

Mi suegro apartó la cadera y mis pies por fin tocaron el suelo. Apenas iba a respirar tranquila, cuando me apretó con ambos brazos.

Otra vez empecé a sentir mucho calor; me sobaba con descaro, y eso me picaba y me consumía a la vez.

De pronto, me levantó el camisón.

—Pauli, ¿por qué tienes el calzón tan mojado? Déjame te lo reviso, ¿qué te parece?

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