Ahí abajo ya no paraba de gotear, la comezón se me había metido hasta los huesos, necesitaba con urgencia que mi suegro me satisficiera. Lo solté de la boca, con ganas de llorar y sin saber qué hacer.—Ya basta... ¿qué más quieres hacer?Apenas dije eso, mi suegro me alzó en vilo. Pasó las manos por debajo de mis muslos, las rodeó por detrás y me sujetó con fuerza. Me cargó por la cintura de un solo tirón, como si no pesara nada.Mi suegro se había pasado la vida en la albañilería y ahora ponía todo su peso encima de mí.Aquello, con su tremendo tamaño, me embestía hasta lo más profundo. Yo iba en sus brazos, con todo el peso del cuerpo cayendo justo ahí. Cada vez se hundía más, hasta que, a pesar del calzón, se metió. La comezón me recorría el cuerpo entero, a punto de reventarme por dentro.Vi cómo mi suegro agarró el calzón por una orilla y, sin ningún esfuerzo, lo rompió en pedazos.A mí se me heló la sangre; acepté que mi suegro iba a violarme. Le rodeé el cuello con los brazos mi
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