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Capítulo 4

Author: Limon
Elisa ya tenía preparada una excusa y respondió con voz tranquila:

—Tengo pensado regresar a trabajar. La ropa que tenía no era muy formal, así que me deshice de ella para renovar mi guardarropa. No te molestará que gaste dinero, ¿verdad?

Al escuchar su explicación, la expresión de Nicolás se relajó un poco.

—Por supuesto que no. Compra lo que quieras y cambia lo que no te guste sin dudarlo.

Él sabía que Elisa siempre había sido muy prudente con el dinero.

En el pasado, rara vez gastaba todo el dinero que él le daba para sus gastos personales.

Era la primera vez que derrochaba así y tiraba tantas cosas.

Pero, al fin y al cabo, esa ropa y esos bolsos ya tenían varios años, así que si quería tirarlos, que los tirara.

Probablemente, después de tirarlos, ella misma se arrepentiría y no volvería a gastar dinero a lo tonto en el futuro.

Elisa no tenía ánimos de seguir hablando con Nicolás. Regresó a su escritorio, dispuesta a continuar revisando los documentos de los productos que le había enviado Antonio.

Antes, cada vez que Nicolás regresaba de un viaje de negocios, Elisa se volvía muy cariñosa, lo abrazaba y le contaba un sinfín de cosas.

Pero ahora, Elisa se mostraba distante, como si no hubiera extrañado para nada su regreso.

Nicolás, por el contrario, sintió una repentina curiosidad y atracción.

La actitud de Elisa le hizo recordar la época en la que apenas comenzaba a cortejarla.

En aquel entonces, ella también lo trataba con esa misma frialdad.

A pesar de ser una chica tan joven, tenía un carácter frío y terco, muy diferente a las herederas de familias ricas que él había conocido. Eso fue lo que de pronto despertó su interés.

Mientras más la perseguía, más lo evitaba ella.

Y mientras más lo evitaba, más se obsesionaba él.

Después, cuando por fin logró conquistarla, ambos compartieron una etapa de noviazgo muy dulce.

No sabía en qué momento empezó a sentir que, en su relación con ella, faltaba algo.

La aparición de Noa le hizo entender que su relación con Elisa era demasiado estable, le faltaba un poco de emoción.

Ahora, al ver a Elisa actuar como cuando recién se conocieron, no pudo evitar las ganas de provocarla.

Esa era, probablemente, la peor naturaleza de los hombres, mientras más los ignoras, más se interesan por ti.

Se acercó con la intención de abrazar a Elisa.

Elisa sintió su cercanía y su cuerpo se tensó de golpe.

Cuando lo amaba, deseaba estar cerca de él en todo momento.

Sin embargo, desde el instante en que descubrió su infidelidad y traición, el amor que sentía por él había muerto.

Su presencia y su aroma solo le causaban repulsión.

Evadió a Nicolás por instinto y cambió de tema:

—Nicolás, quiero comprar un auto para que me sea más fácil ir a trabajar.

Nicolás aceptó sin dudarlo:

—No hay problema, elige el que quieras, yo lo pago.

Se inclinó con la intención de besarla.

Pero Elisa lo detuvo con la mano en los labios.

Al ver que la duda comenzaba a asomar en los ojos de él, ella reprimió su rechazo y fingió un tono de reproche cariñoso:

—Nicolás, ¿ya lo olvidaste? Todavía estoy resfriada. Acabas de regresar de tu viaje y seguro tienes muchas cosas que atender en la empresa. No sería bueno que te contagiara. Acabo de tomar la medicina y tengo algo de sueño, quiero dormir ya.

Nicolás pensó que, si se contagiaba, podría transmitírselo a Noa, lo cual sin duda sería perjudicial para el bebé que esperaba. Así que descartó la idea de intimar con ella.

Le acarició el cabello a Elisa y habló con su habitual tono tierno:

—De acuerdo, descansa bien. Saldré un momento a devolver una llamada.

Al ver que salía de la habitación, Elisa apretó los labios.

Lo siguió en silencio, sin hacer el menor ruido.

Nicolás entró a la habitación de Noa.

La puerta no quedó bien cerrada, por lo que Elisa, de pie afuera, pudo escuchar claramente las voces en el interior.

—Nicolás, ¿ya le diste las pastillas para dormir a Elisa? Si no se ha dormido, tendremos que controlarnos un poco. No sería bueno que nos descubriera.

—Tomó medicina para el resfriado, supongo que ya debe estar dormida por el sueño que da. Hoy no es necesario darle las pastillas para dormir.

Desde la habitación llegó el suave roce de la ropa cayendo al suelo.

Elisa, con el celular en la mano, grabó un video de ambos besándose a través de la rendija de la puerta. Tenía las palmas heladas.

Jamás imaginó que, las veces anteriores que Nicolás había llevado a Noa a la casa, le había estado dando pastillas para dormir a escondidas solo para poder engañarla con la chica.

Al terminar de grabar el video, regresó a su habitación con pasos sigilosos. Sacó el frasco de vitamina C del cajón, lo abrió, sacó una pastilla y la disolvió en un vaso de agua tibia.

Luego, sacó un frasco de yodo y vertió un poco en el vaso.

Al haber estudiado farmacia, sabía perfectamente cómo diferenciar ambos medicamentos.

Si el frasco realmente contuviera vitamina C, el yodo marrón añadido al vaso perdería su color rápidamente.

Sin embargo, el agua en el vaso no mostró ninguna reacción química.

Por lo tanto, esas pastillas no eran vitamina C en absoluto.

Recordó los dolores de cabeza, la somnolencia y la tristeza constante que había estado experimentando sin motivo aparente. Había creído que eran síntomas de la ansiedad provocada por su incapacidad para concebir.

Ahora comprendía que todo aquello no era más que los efectos secundarios del consumo prolongado de pastillas para dormir.

¡Y el culpable de todo eso era Nicolás!

De pronto, sintió un escalofrío de terror retrospectivo.

Durante las últimas dos semanas, como Nicolás había estado de viaje, él no le había recordado tomar sus vitaminas y ella no había consumido las pastillas para dormir. De lo contrario, le habrían causado un daño terrible al bebé en su vientre.

Al pensar en eso, el odio que sentía por Nicolás se hizo aún más profundo.

¡No solo había traicionado su matrimonio y sus sentimientos, sino que también había dañado su cuerpo sin el menor escrúpulo!

Elisa se acarició el vientre y se sintió embargada por una profunda tristeza.

Si en el futuro su bebé llegaba a enterarse de que tenía un padre tan cruel, prefería que ese niño nunca naciera.

Sacó su celular, dispuesta a sacar una cita para programar la cirugía de aborto, cuando de repente sonó el timbre de una llamada.

Era su abuela.

Después de la muerte de su padre, su madre se había vuelto a casar, así que ella había sido criada por sus abuelos, a quienes amaba con locura.

Durante sus años universitarios, su abuelo falleció, y su tía se llevó a su abuela a vivir con ella a Villa del Río.

Tras graduarse, ella también se quedó a trabajar en Villa del Río, con la intención de tener más tiempo para cuidar de su abuela. Pero después de casarse con Nicolás, había estado tan ocupada intentando quedar embarazada, y con tan mal aspecto, que no se atrevía a preocupar a la anciana, por lo que sus visitas se habían vuelto cada vez más escasas.

Al pensar en ello, se sintió inmensamente culpable con su abuela.

—Elisa, mañana es el cumpleaños de tu tía. Si tú y Nicolás tienen tiempo, vengan juntos.

Aunque no deseaba tener ningún contacto más con Nicolás, con tal de darle tranquilidad a su abuela, no le quedó más remedio que aceptar.

A la mañana siguiente, al levantarse, vio que Nicolás y Noa ya estaban completamente arreglados y sentados a la mesa del comedor esperándola.

Al verla, Nicolás sonrió y dijo:

—Ya despertaste. Te estábamos esperando para desayunar. ¿Sigue mejorando tu resfriado?

Elisa soltó un murmullo inexpresivo y se sentó frente a él.

El desayuno era abundante y exquisito.

Aprovechando la oportunidad, Noa comentó:

—Todo esto lo preparó Nicolás. Se levantó muy temprano para hacer un desayuno tan grande. Elisa, de verdad envidio que hayas encontrado a un esposo tan maravilloso como él.

Elisa miró la mesa, que estaba llena de huevos enrollados, sopa y pescado asado.

Eran platillos que ellos jamás comían habitualmente en el desayuno.

Por lo tanto, la respuesta a para quién había cocinado Nicolás era más que obvia.

Miró a Nicolás y le preguntó:

—Recuerdo que antes solo sabías cocinar fideos. ¿Cuándo aprendiste a preparar desayunos tan elaborados?

Nicolás tosió para aclarar su garganta y se excusó:

—Son productos precocidos, no me tomó mucho esfuerzo. Cómetelo rápido, frío ya no sabrá bien.

Elisa no tenía apetito. Tomó un sorbo de sopa, dejó la cuchara y le habló sobre la cena en casa de su tía.

Tras escucharla, Nicolás asintió y respondió:

—Hace mucho tiempo que no te acompaño a visitar a tu abuela y a tu tía. Precisamente hoy estoy libre, iremos juntos.

Después de desayunar, Elisa volvió a la habitación a cambiarse y se preparó para salir con Nicolás.

A sus espaldas, Noa les dijo con una sonrisa radiante:

—Los esperaré aquí en casa. Aprovecharé para ayudar a recoger un poco.

Nicolás le advirtió de inmediato:

—No te esfuerces en nada. Mira la televisión, busca algo para picar y, si te da hambre, pídele al asistente Velasco que te traiga el almuerzo.

Noa asintió, con el rostro lleno de inocencia:

—Comeré bien, no te preocupes por mí. Anda, acompaña a Elisa.

A pesar de todo, Nicolás no se quedó tranquilo y le dio un montón de recomendaciones más.

Sin esperar a que Nicolás terminara, Elisa se adelantó, subió al auto y se sentó en el asiento del copiloto. Allí, vio un diario.

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