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Capítulo 5

Author: Limon
Lo tomó y lo abrió. Reconoció la letra de Noa.

Decía:

"Lista de 100 deseos con mi amado Nicolás"

"2 de marzo, es mi cumpleaños. Quiero ir al Norte a ver las auroras boreales con Nicolás y que nos besemos durante diez minutos."

"20 de mayo, quiero que Nicolás me regale una noche de fuegos artificiales en el Puerto de Vik y me pida matrimonio."

"14 de julio, Día de los Novios. Deseo saltar en paracaídas con Nicolás en Nova Zalmir. Llevaré un vestido de novia y saltaremos desde quince mil pies de altura, para que él nunca pueda olvidar este día."

Al terminar de leer la lista de los cien deseos, las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Elisa.

Durante los días que Nicolás se suponía que estaba en sus viajes de negocios, en realidad había estado cumpliendo todos esos sueños junto a Noa.

Después de casarse, él rara vez le preparaba sorpresas o tenía detalles románticos con ella.

Incluso dejó de regalarle flores.

Cuando veía en las redes sociales cómo otras parejas presumían su romance, él fruncía el ceño y decía: "Elisa, nosotros somos diferentes a ellos. No necesitamos todo ese romanticismo para demostrar lo que sentimos. Un amor sereno y duradero es lo que mejor nos va."

Pero la verdad era que él no había olvidado cómo ser romántico.

Simplemente, reservaba todo ese romanticismo para otra mujer.

Metió el diario de nuevo en la guantera y se secó las lágrimas con un pañuelo de papel.

Cuando Nicolás subió al auto y notó el enrojecimiento en sus ojos, le preguntó con preocupación:

—Elisa, ¿qué te pasa? ¿Estabas llorando?

Elisa reprimió la tormenta de emociones que se agitaba en su interior y forzó una sonrisa:

—No es nada, solo se me metió algo en el ojo.

Nicolás asintió, sin insistir en el tema, y encendió el motor.

Después de conducir un rato, el celular de Nicolás empezó a sonar.

Al contestar, escuchó la voz del administrador del condominio.

—Señor Nicolás, detectamos que la alarma de humo de su residencia se activó. Acudimos de inmediato para revisar, pero nadie respondió al timbre. ¿Podría confirmarnos si usted y su familia salieron?

El corazón de Nicolás dio un vuelco.

Noa todavía estaba en casa.

Se apresuró a orillarse y, volteando a ver a Elisa, le dijo:

—Lo siento, Elisa. La alarma de humo de la casa se activó y Noa está sola. Tengo que regresar a revisar. Ve tú primero a casa de Alicia. Si todo está bien, te alcanzo más tarde.

Antes de que Elisa pudiera decir una palabra, Nicolás le desabrochó el cinturón de seguridad y la hizo bajar del auto.

El vehículo se alejó a toda velocidad, dejándola sola en medio de la calle vacía.

Elisa dejó escapar una risa amarga.

En la casa no usaban fuego abierto para cocinar y todos los electrodomésticos eran de la más alta gama, nunca habían presentado fallas.

¿De verdad Noa había provocado que la alarma se activara? ¿Acaso no lo hizo a propósito para obligarlo a regresar?

En el pasado, sin importar la urgencia de la situación, él jamás la habría bajado del auto y dejado abandonada.

Pero ahora, por Noa, estaba dispuesto a romper sus propias reglas.

En ese instante, comprendió por fin lo cruel que podía ser él con ella cuando su corazón pertenecía a otra.

Miró a su alrededor. Esperó diez minutos y no pasó ni un solo taxi.

Como Alicia y su tío Ernesto Sánchez trabajaban todo el día, solo habían podido comprar una casa en una zona apartada de la ciudad, donde era muy difícil conseguir transporte.

Sin otra opción, no tuvo más remedio que caminar hasta la casa de Alicia.

Después de cuarenta minutos de caminata, por fin llegó al complejo residencial.

Se secó el sudor de la frente y tocó el timbre.

De repente, escuchó los gritos furiosos de un hombre desde el interior, acompañados por el llanto agudo de una mujer.

El corazón de Elisa se encogió, temiendo por su abuela y Alicia. Justo cuando iba a tocar a la puerta, esta se abrió de golpe.

Ernesto salió con el rostro encendido de ira, pasó junto a ella sin dirigirle la palabra y se alejó a paso apresurado.

Elisa entró rápidamente y encontró a Alicia llorando en el sofá. Su abuela estaba de pie a su lado, con los ojos enrojecidos, abrazando a su prima Rebeca.

La casa era un desastre.

Para evitar que la anciana o la niña se lastimaran, Elisa no tuvo más remedio que limpiar el suelo primero y luego preparó el almuerzo para todas.

Después de comer, Rebeca acompañó a Alicia a tomar una siesta.

La abuela tomó la mano de Elisa y le murmuró en voz baja:

—Todo esto es culpa de Alicia, por ser tan independiente y testaruda. Siempre está ocupada en el hospital y casi no pasa tiempo en casa, por eso Ernesto buscó consuelo en otra mujer. Ahora Alicia dice que quiere divorciarse y dejarlo sin un centavo. Él se niega y por eso ella armó este escándalo. Ay, ¿para qué hace tanto alboroto? Si él está dispuesto a volver, que sigan con su vida y ya... Alicia no entiende que, con una hija a cuestas, ningún hombre la querrá.

Al escucharla, Elisa no pudo ocultar su desacuerdo.

—Abuela, el que cometió el error fue Ernesto, y si Alicia quiere divorciarse, ¿por qué lo defiendes a él?

La abuela le apretó la mano y la reprendió con tono impaciente:

—¿Divorciarse? ¿Crees que es tan fácil? Rebeca sigue estudiando y la escuela cuesta más de dos mil dólares el semestre. ¿Crees que el sueldo de Alicia alcanza para pagarlo sola? Aún no terminan de pagar el crédito de la casa, ¿acaso no necesita que Ernesto le ayude a pagarlo?

—Incluso si eso es cierto, él fue quien traicionó su matrimonio primero. Si Alicia sigue con él, ¿cuánto sufrimiento le espera? Es mejor acabar con esto de una vez por todas.

—Todos los hombres son infieles. Alicia solo tuvo una hija y se negó a darle un varón. ¿Y así cómo van a tener familia si no hay quien herede el apellido? Además, Alicia me trajo a vivir con ella para que yo la cuidara, mientras su suegra se quedó en el pueblo. Es normal que Ernesto esté molesto. A fin de cuentas, la culpa también es mía, debería regresar al campo.

Al pensar en su hijo mayor, que había fallecido tan joven, los ojos de la abuela se llenaron de lágrimas otra vez.

Si su hijo estuviera vivo, no tendría que preocuparse por su vejez, y no sentiría que era una carga viviendo en la casa de su hija.

Elisa sabía que su abuela había sido educada con ideas anticuadas y, aunque a menudo era inútil intentar convencerla de lo contrario, no podía evitar intentarlo:

—Abuela, los hijos y las hijas son iguales, ambos pueden cuidar a sus padres en la vejez. Además, la suegra de Alicia se negó a venir a cuidar a Rebeca y por eso tú viniste a ayudar. Ahora tú te encargas de las tareas del hogar, llevas y traes a Rebeca de la escuela, haces mucho por esta familia. ¿Acaso no es justo que Alicia y Ernesto te sean agradecidos? Si la suegra de Alicia hiciera lo mismo que tú, la relación entre ellas no sería tan distante.

—¡Niña, qué cosas dices! —exclamó la abuela, tratando de hacerla entrar en razón—. Elisa, no aprendas de la terquedad de Alicia. Las mujeres casadas deben ser dulces y sumisas. El matrimonio de Alicia es un ejemplo de lo que no debes hacer. Tienes que cuidar bien de tu hogar y darle un hijo a Nicolás lo antes posible. No sigas el ejemplo de esas jóvenes inmaduras que no quieren tener hijos. Solo con un hijo asegurarás la estabilidad de tu familia y lograrás que tu esposo se enfoque en ti y en el niño.

Elisa sintió un nudo en la garganta.

Tenía la intención de contarle a su abuela lo que estaba pasando con Nicolás, pero al ver su actitud frente al problema de Alicia, no supo cómo abordar el tema.

Por la noche, cuando Elisa regresó, encontró a Nicolás y a Noa sentados en el sofá, charlando animadamente mientras comían fideos instantáneos.

Antes, Nicolás odiaba los fideos instantáneos, decía que eran comida chatarra.

Pero, al parecer, sus gustos también habían cambiado desde que estaba con Noa.

Al ver a Elisa, Nicolás recordó la promesa que le había hecho y se apresuró a disculparse:

—Lo siento, Elisa. Como Noa se torció el tobillo, me quedé cuidándola y olvidé por completo ir a la casa de Alicia.

Elisa estaba demasiado cansada como para seguir viendo su actuación y se dio la vuelta para entrar a la habitación principal.

De pronto, Nicolás la tomó del brazo y le dijo:

—Hoy Noa estaba quemando unas fotos y, por accidente, incendió las cortinas del cuarto de invitados. Menos mal que llegué a tiempo, o habría sido un desastre mayor. Ahora el cuarto de invitados no se puede usar, y como ella se lastimó el pie, la única habitación disponible en la planta baja es la principal. ¿Qué te parece si nosotros dormimos en el segundo piso y le dejamos la habitación a ella?

Ese día, al regresar y encontrar a Noa llorando mientras quemaba fotos de ambos en su habitación, sintió una punzada en el corazón.

Sabía que las mujeres embarazadas eran más sensibles emocionalmente, y un gran sentimiento de culpa lo embargó. Por eso decidió quedarse con ella, olvidando por completo su compromiso con Elisa.

Elisa volteó a ver a Noa y pensó que era el colmo de la desfachatez.

No solo se había instalado en su casa, sino que ahora pretendía quedarse con la habitación principal.

Con tono sarcástico, le respondió a Nicolás:

—Ya que le estás cediendo la habitación principal, ¿por qué no te cedo a ti también?

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