LOGIN— ¿Eres la jefa aquí, doctora? —preguntó David cuando por enésima vez los detuvieron para preguntarle algo a la mujer que empujaba sin ningún esfuerzo la silla de ruedas. Se sentiría un inútil si el dolor del costado y de su brazo no le estuvieran dando tanta lata.
No podía quejarse, pero jamás se ponía enfermo. Y como un ciudadano perfectamente sano había visitado muy pocas veces cualquier hospital. No estaba acostumbrado a que velaran por él. Desde muy pequeño había sido demasiado independiente y le gustaba todo hacerlo por sí mismo.—Soy la jefa del área de cirugía. Así que la respuesta a tu pregunta es un rotundo sí.—Pero ni siquiera llegas a la treintena. ¿Cómo es eso posible? Los médicos se pasan la vida entera estudiando.—Por mi padre. Nunca nos obligó a estudiar nada. Incluso hubiera sido feliz si nos quedábamos en casa como dos inútiles. Pero al elegir una carrera nos exigió ser las mejores. Hay oportunidades que se deben aprovechar y todo se aprende más rápido cuando se es joven y no tienes ninguna responsabilidad, esas fueron sus palabras exactas. Así que hicimos las carreras de dos en dos. Es decir que cuando un estudiante empezaba su primer año, ya íbamos en tercero.—Parece un tirano.—Oh no, esa no es la impresión que quería darte a entender. Siempre nos apoyó. Aún hoy, todavía lo hace. Al fin de cuentas siempre hay cosas nuevas que aprender. Ya llegamos. Puedes acostarte en la camilla por favor. David lo hizo con sumo cuidado. No quería admitir ante nadie, menos aún ante esa mujer tan guapa que estaba hecho un cromo. Que le dolía hasta la vida. Había practicado unos cuantos deportes extremos a lo largo de los años, había tenido sus buenas caídas y aparatosos golpes pero nunca había sentido dolor tan fuerte como ese que estaba subiendo por su brazo y le tenía dormido el hombro. De cualquier forma en que se acomodara veía las estrellas. Quizás era la edad pues siendo más joven no solían tanto los golpes o quizás era la buena vida a la que se había acostumbrado.—Jeff. ¿Tienes todo listo? David no se había percatado de que había alguien más en la habitación hasta que la doctora Cronwell habló. Un gigante rubio asintió sin decir palabras. Y por como miraba a su doctora ahí había algo. No sabía de donde salió el pronombre posesivo pero le gustó. Y a pesar de todo el dolor que estaba sintiendo le dirigió una mala mirada al hombretón al otro lado del cuarto. El escáner duró pocos minutos. Todo estaba en orden. No tenía hemorragia interna ni ninguna costilla rota, ni ningún órgano colapsado, vamos que estaba listo para una conga. Si no tuviera el brazo roto. La buena noticia era que habían sido fracturas limpias por lo que no necesitaba operación.—Que mal, con las ganas que tenía de meterte mano. David no pudo evitar sonreír. Una sonrisa limpia, sincera. Una sonrisa descarada que demostraba porque no le decían Casanova en vano. En una ciudad con tantas personas como Nueva York, la mayoría de las féminas conocían su reputación. Adoró el sonrojo que cruzó las mejillas y el cuello de la doctora al darse cuenta del doble sentido de sus palabras. Y por primera vez desde que había entrado al hospital esa mañana se alegró de haberlo hecho. Como si el destino quisiera darle un empujón.—Puedes meterme mano cuando quieras, sirena —la nombró. Una apodo muy específico para la pelirroja que tenía delante. Pero no era su cabello cobrizo lo que le recordaba a esas leyendas del mar. Eran sus ojos. Ni verdes, ni azules. Una tonalidad intermedia que se asemejaba a las aguas cristalinas del lago Michigan cuando lo visitaba de niño—. Estoy más que dispuesto a hacer realidad tus sueños y fantasías.—No me digas, bombón —Valentina habló bajito. Solo para que él escuchara sus palabras. Lo tocó el brazo con delicadeza y se inclinó un poco. El crac se escuchó en la estancia y el grito que David no pudo contener se oyó hasta en las afueras del hospital. Lo dejó sudando y todo.— ¡Joder! ¡Dios de mi vida! —aulló cuando su respiración dejó de ser frenética y los latidos de su corazón volvieron a ser normales—. A parte de sirena, eres una bruja.—Gracias. Es el primer paciente que en la misma frase me halaga y me insulta. ¿A qué ya no te duele? David entrecerró los ojos solo para comprobar que sentía un dolor sordo. Una leve molestia. No ese dolor sofocante que hacía que le dolieran hasta las pestaña.—Eres buena.—Sí, ahora un yeso y listo. Te pondré el calmante en unos segundos y te prometo que pronto dejarás de acordarte del mundo.— ¿Y por qué no me lo pusiste antes?—Porque me gusta escuchar los gritos —Y ante la expresión de horror no pudo evitar que una carcajada saliera con fuerza. Le estaba devolviendo la moneda. Ahora la pelota estaba en su tejado—. Es broma, David. Estudié Medicina. Una de mis funciones es hacer que los dolores de los pacientes disminuyan, no que aumenten. Pero hay dolores que solo un analgésico bien fuerte los puede calmar y lo que es bueno por un lado, es pésimo por otro, pues el compuesto químico con el que están fabricados va directo al corazón.—Ok. Entiendo. Pero no vuelvas a hacerlo.— ¿Dónde quedó el hombre que quería marcharse de aquí porque decía que solo era un rasguñito?—Lo dejé afuera. Antes de entrar a este cuarto. Podías haberme avisado.—Hay cosas que hay que hacer estilo curita. Mientras más rápido, mejor. Alysa ¿puedes traer tu equipo al cubículo dos? —preguntó por el busca.— ¿Y eso porqué? Ya estoy bien.—No —Valentina negó con su cabeza. El mayor error de muchos. Pensaban que todo había terminado y eso no era más que el inicio—. No quiero que los huesos vuelvan a desplazarse si te muevo de un lado a otro. Y estoy segura que ya no quieres que vuelva a poner mis manitos sobre ti.—No te equivoques, sirena. No será hoy. Quizás mañana tampoco. Pero te prometo que acabarás conmigo acariciándote y deseando más. La doctora sonrió ante sus palabras. El agotamiento estaba haciendo que perdiera fuerzas por momentos y sus ojos se entrecerraban. No sabía cómo ni por qué pues había aprendido a involucrarse lo menos posible con a La personas que atendía pero ese hombre le había recordado el motivo porque había elegido esa especialidad y no se había echado atrás. El motivo del amor que sentía por su profesión. Y también le hacía anhelar ciertas cosas en las que nunca había pensado. Hasta ese momento. La media hora que estuvieron trabajando en él apenas se movió. No obstante, Valentina colocó la bolsa del suero y ella misma lo trasladó a una habitación privada. Revisó su historial y puso el medicamento, las tomas y el horario. No pudo evitar que su mano traviesa le acariciara el cabello y se quedó sorprendida de su sedosidad. No sabía que le pasaba con ese hombre pero cuando salió del ensimismamiento se largó rápidamente de la habitación. No estaba buscando una relación. Con nadie. Y menos con uno de los solteros más codiciados de la sociedad. Evitó ir a su habitación a partir de ahí. Le encargó ese caso a otro especialista. Tres días después cuando le dieron el alta, lo menos que se imaginaba era que él la buscaría. Que preguntaría en todas las alas para saber su paradero. Había pensado que captaría la indirecta. Se equivocó.—Señor Rodríguez —increpó al viejito de ochenta y dos años que revisaba todas las semanas y que estaba más sano que una manzana—. Usted está perfecto. Ya quisiera mi padre tener la fortaleza y salud que usted aparenta y tiene.—Pero es que tú me alegras la vista. Como voy a perderme semejante panorama. — "Y ahí estaba él quid del asunto" pensó Val. Su problema no era del corazón si no de lujuria. Aunque esa coquetería era sana. Lo único que hacía cada vez que la visitaba era pellizcarla una nalga. Su esposa le sonreía para después darle un coscorrón con su bolsito de manos.—No sabía que fueras una cobarde, sirena. Me estás evitando. Valentina alzó la vista para ver al hombre que había poblado sus sueños durante esas noches parado junto a la puerta con un pantalón de pijama.— ¿Ese es tu novio, doctora? —increpó el anciano. No los dejó responder y él mismo continuó hablando—. Pues quiero decirle joven que esa mujer es mía —terminó pellizcándola nuevamente antes de encaminarse a la puerta y despedirse.—No puedo estar más de acuerdo con el señor. Sobre todo cuando tienes un cuerpo digno de soñar.—Esa es tu forma de ligar. ¿Te funciona?—Si te soy sincero es la primera vez que empleo esa táctica. Aunque no se puede negar que tiene un trasero de lo más mono. Y tremenda delantera. Y clase par de piernas.— ¿Qué quieres, David?—Ya que me dieron el alta, que me acompañes a un café. Me lo debes —dijo cuando vio que lo iba a interrumpir—, solo por el hecho de que me causaste un dolor monumental. Entonces ¿qué dices?—Está bien. Tengo quince minutos libres más adelante. Me los puedo tomar ahora. Precede el camino.David se giró con una sonrisa en el rostro. Sonrisa que Valentina no vio. Sonrisa que daba a entender que ya tenía una batalla ganada, que no le faltaba nada para ser el vencedor de la guerra sin saber que la doctora Cronwell era un hueso duro de roer.Bueno pues hasta aquí llegamos. Han sido unos meses intensos. Espero que les haya gustado y que la hayan disfrutado.Que el amor de las gemelas por sus parejas, por su familia, por sus amigos y entre ellas, les recuerden que no hay nada más importante que las personas que te quieren bien y siempre están ahí para ti sin importar si los unen lazos de sangre o no. Gracias por haberme acompañado hasta aquí. De verdad agradezco de todo corazón la oportunidad que me dan al leerme. Gracias a l@s que comentaron. Ojalá un día sean muchos los comentarios que me dejen. Los aprecio mucho.Me demoraré en volver. Pero lo haré (en este año no se asusten jjjjj). Y cuando lo haga les traeré tres novelas. La primera la de Amber. La chica "mala" de "De Londres a San Francisco. Así que den vueltecitas de vez en cuando.Por favor no dejen de recomendar esta historia. Gracias de nuevo. Bendiciones.Un abrazo grande. YilyTM
Meses después Valentina y ella estaban sentadas en la cubierta del barco, rodeadas de capazos de bebés. —Dios mío, por fin —dijo su hermana bebiendo de su té helado. Estaba atardeciendo y los colores pintaban el firmamento, ya no hacía tanto calor. Era agradable la brisa y en el barco se estaba muy bien. —Llevan toda la tarde que cuando no llora uno llora el otro. ¡Dios, necesitaba estas vacaciones! —Hicieron una buena inversión al comprar el yate. —Pues sí. Me encanta la vista. Si mi marido no estuviera tan bueno, le echaría el ojo al tuyo —Valentina la miró con el ceño fruncido para después soltar una carcajada. Ambas gemelas suspiraron. Era cierto que Noah y David en shorts de baño y con el torso al aire era un espectáculo por el que cualquier mujer pagaría un dineral. Estaban recorriendo el Mediterráneo. Sus padres estaban en la otra punta pescando y sus rostros estaban llenos de júbilo.—Es bueno tenerte conmigo, Ria. Y aunque quiero que seas feliz no soportaría que estés e
"Mi querida pelirroja: Recién acabo de leer el diario de tu tía. Si la tuviera delante la estrangularía por todo el daño que te hizo, pero saber que yo fui el causante de tus últimas lágrimas no es trago de muy buen gusto. Mi mayor disgusto es no haberte creído. Haber dudado de la mujer que por mucho que quise negar, amé y seguiré amando por la eternidad. Tengo que arreglar las cosas conmigo mismo. Decidir que hacer porque si de algo puedes estar segura, es que me corto un brazo antes de volver a hacerte daño. No quiero extenderme. Lo más probable es que me demore en volver o que mejor no vuela. Pero siempre contarás conmigo. Los niños y tú recibirán una manutención todos los meses. Espero que seas feliz. No dejes de mandarme fotos. Noah."En la cabeza de Valeria reinó el silencio. Dejó de escuchar las voces a su alrededor. La había dejado. No obstante una frase no dejaba de darle vueltas. "Te amaré por toda la eternidad
—Noah, me voy. No aguanto más. Tu también deberías descansar —Las palabras de Valentina se escucharon bajas. De alguna forma ese día había sido demasiado extenuante para todos—. Le encargué a las enfermeras que me notificarán cualquier cosa. Pero tenemos esperanzas. Venga, vete.Noah miró el reloj con parsimonia. Las once y media de la noche. Se extrañaba que David no hubiera ido a buscar a su cuñada. Las ojeras de Valentina resaltaban en su pálida piel y el cansancio encorvaba sus hombros.—No puedo irme. Sé que no puedo hacer nada, pero en la casa lo único que haría sería dar vueltas en la cama. No te preocupes. Tú también tienes que cuidarte. Ya no eres solo tú. —Disfruta de las sillas. Hasta mañana. Me espera un regañón al llegar a casa. Me parece que tendré que salir de licencia antes si David sigue comportándose como un energúmeno cada vez que según él, hago algo indebido.—Te digo un secreto. Todos somos así. Tenemos un miedo terrible a lo desconocido. Y aunque sabemos que ten
Valeria sonrió ante la foto que coronaba su escritorio. Su familia al completo. En la ceremonia de renovación de votos de su mamá y su papá. Ese día el amor podía respirarse en el aire tan fuerte como las flores que estaban dando el comienzo de la primavera. Había llorado con sollozos y todo. Le había echado la culpa a las hormonas. Pero no podía evitar el júbilo que corría por sus venas al ser partícipe de la felicidad de sus padres.Hacía tres meses ya de esa celebración. Siete desde que se habían vuelto a reencontrar. Desde que no habían vuelto a tener noticias de Bibiana. Jamás ninguna de las dos volvió a referirse a la hermana de su madre como su tía. No merecía ser llamada como tal. Era un error. Un gran error que pertenecía al pasado. Y ahí debía quedarse. Valeria se pasó una mano por su prominente barriga. Tratando de alguna forma de calmar la cantidad de volteretas que estaban haciendo. Fue en vano. Sus pequeños le estaban diciendo que ya era la hora de comer. Que no se ent
La sentencia fue clara. Bibiana Martins, porque no había ningún documento que certificara que se apellidaba Cronwell fue declarada que no estaba en plenas facultades. Su condena fue pasar el resto de su vida en un instintuto de enfermos mentales, en un lugar donde no se hablara ingles y donde siempre estuviera un ojo sobre ella. Fernando Cronwell se encargaría de eso. Como de alguna otra cosilla más. No le iba a volver a hacer daño a su familia. Ni a más de mil kilómetros de distancia se iba a acercar a ellos. —Ganamos, mamá. Ganamos —dijo Valeria emocionada mientras le daba un abrazo a su madre. No iba a permitir que nadie los volviera a lastimar. Aunque por la mirada de su padre supo que élse encargaría de eso. Valentina se acercó a darle un beso en la mejilla. Ella no había podido tener ese tiempo.—Hacemos un buen equipo, pelirroja —advirtió Noah colocando un brazo encima de su mujer y dándole un beso en la cabeza— ¿Lo celebramos?—Sí, claro —respondió a la vez que no dejaba de







