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Capítulo 2

Author: Lucía Tormentas
Su cinturita, antes tensa, se aflojó y, con un casi imperceptible “mmm…”, volvió a desplomarse contra mi pecho.

A través de las dos delgadas capas de tela, sentí el aire caliente que exhalaba por la boca soplándome el bajo abdomen, una cosquilla suavecita.

Aquel gemidito que apenas existía fue un estímulo enorme y empujó a mi mano derecha a seguir bajando, hasta cubrir toda su nalguita y rozar casi la parte más íntima de su cuerpo.

Apreté con fuerza, los nudillos se me hundieron en la carne suave.

La sensación que vino después me dejó asombrado. Por encima de la falda ya se notaba lo lleno y firme del trasero de Bianca.

Ahora, el calor de su piel y esa ligera tensión en la respuesta ya no me permitían detenerme. A Bianca se le alteró el ritmo de la respiración, los ojos vidriosos y mordiéndose el labio.

—Ya no me toques, ¿sí?

Me incliné sobre ella y le susurré.

—Un ratito más.

—¿Entonces vas a seguir viendo el video o no?

Metí el celular en el cajón del pupitre y lo apoyé en el soporte. Luego ella reclinó el torso de lado sobre mis piernas.

—Tú ve lo tuyo, yo toco lo mío. No nos estorbamos.

Esta vez, para no alterarla, dejé de tocar sus zonas sensibles y me concentré en explorar lo que sí me dejaba disfrutar.

Tal vez por ser estudiante de danza, el traserito de Bianca no era abundante en carne; se veía más bien delgado, y con una sola mano podía cubrirle media nalga.

Aun así, esas nalguitas tiernas, aunque pequeñas, eran de un tacto excelente: suaves y lisas, como masa firme y elástica, blanditas al palparlas y con consistencia al amasarlas. Cuanta más fuerza ponía para apoderarme de ellas, más me las devolvían en rebote.

Después de juguetear con ellas unos minutos, ya no me bastaba. Aquel instante de calor por debajo de la mesa seguía atormentándome. Estuve un rato debatiéndome entre la razón y la lujuria, y al final decidí arriesgarme.

Tomada la decisión, le desabroché el sostén, metí la mano izquierda por el cuello de la blusa y empecé a deslizar la derecha despacio hacia esa zona aún más íntima entre sus piernas.

No alcancé a llegar al destino: me sujetó la mano otra vez.

—Los pechos y el trasero están bien… ahí no…

Pasaron unos segundos y, como queriendo justificarse, añadió:

—Ya lavé todos mis calzones, estos son los únicos limpios que me quedan. Si me los ensucio, voy a estar incómoda.

Me acerqué a su oreja.

—Entonces no los uses.

Bianca me dio un golpecito en el brazo, con todos sus trucos seductores. En ese momento sonó el timbre de salida.

Saqué la mano despacio, y antes de sacarla no se me olvidó amasarla un poquito, lo que me ganó otra mirada de fastidio de Bianca.

Cuando volvió del baño y se sentó a mi lado, giró la cabeza sin atreverse a mirarme.

—Ve a desahogarte primero, yo te espero aquí.

Apenas terminó, me puso en la mano un trozo de tela rosa. Lo recibí sin dudar, sintiendo ese tacto familiar. Aunque ya me imaginaba lo que era, igual salí del salón, busqué un rincón sin gente y lo abrí para ver.

En efecto, eran unos calzones; seguramente los que Bianca traía puestos hacía un momento.

Me los metí al bolsillo y, justo con el timbre de entrada, regresé al salón.

—¿Por qué tan rápido?

Bianca, que parecía no acostumbrarse a la frescura debajo de la falda, agarraba el dobladillo, lo apretaba y lo soltaba, y me preguntó:

—¿Te masturbaste con mis calzones?

Negué con la cabeza.

—Si son los únicos limpios que tenías y te los ensucio, ¿qué te vas a poner?

—¿Y no te incomoda aguantarte?

A Bianca se le sonrojó un poco la carita preciosa. Separó apenas las piernas, deslizó el trasero un poquito hacia adelante, con aire tímido.

—Entonces… ¿todavía me vas a tocar ahí? Pero suavecito, ¿sí?… Soy virgen… es mi primera vez con esto…

¿Y aún era virgen?

¡Con razón era tan sensible!

Algo se me agitó por dentro. Volteé a observar el salón.

Solo había tres o cuatro alumnos viendo con atención el video de repaso; los demás, unos en el celular, otros dormidos. Nadie estaba pendiente del movimiento en ese rincón.

Le hice una seña para que se pusiera entre mis piernas.

Saqué el celular otra vez, elegí un video y se lo puse para que lo viera.

—Las mujeres no necesitan dejar de ser vírgenes. Hay otras formas de satisfacer a un hombre.

—Qué malo eres…

Bianca vio las imágenes del video y se sonrojó entera de la vergüenza.

—Yo… es la primera vez… no me regañes… si sientes un poquito… mis dientes.

—Pruébalo y verás. Abre la boca…

Apenas terminé, abrí el cierre de mi pantalón y le empujé la cabeza hacia abajo…
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