Al caer la tarde, el ambiente íntimo de la habitación se fue desvaneciendo de a poco. Claudio tenía a Serafina abrazada con fuerza y levantó la cara para darle un beso en la frente; ella ya se había quedado dormida, vencida por el cansancio. Claudio no se había quedado satisfecho del todo, pero cuando pensó en las heridas que ella se hizo la noche anterior en la arena, no se atrevió a exigirle mucho. Cuando vio el moretón grande en el hombro izquierdo, se puso furioso; ese maldito Aulus…Después miró la mano de Serafina, que todavía estaba vendada con el pañuelo de Paula, y se regañó a sí mismo. ¿Por qué diablos estaba compitiendo con mujeres? Serafina lo había dicho: le gustaban los hombres. No, para ser exactos, solo le gustaba él, así que, con esa seguridad, sonrió satisfecho. Se agachó y le dio un beso en los labios, y luego otro… hasta que la despertó. Ella le dio un empujoncito, todavía medio dormida.—¿No has dormido?Él había pasado toda la noche anterior sin descansar, después
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