Mientras tanto, ya había aterrizado en Araluna. Después de tantas horas de vuelo, mi hija se portó de maravilla: no lloró ni se quejó, y me dio un respiro enorme que agradecí con el alma.Al salir por la puerta de llegadas, saqué del sobre que me había dado Gustavo la tarjeta local y la coloqué en el celular.Allí, esperándome, estaban Milena y su hijo Ernesto.Ernesto me lleva ocho años y, desde la muerte de mis padres, fue quien más tiempo estuvo a mi lado, acompañándome en mis silencios y desvelos.Milena me acarició la cara, deteniéndose en la herida de mi frente.—Has pasado por tanto, mi niña... Si tus padres vieran esto desde arriba, se les partiría el alma —dijo bajito, con cariño.Crecí en la residencia del personal de la Academia, justo al lado de los Santos.Cuando tenía apenas cinco años, mis padres fallecieron en un accidente de investigación.Creí que me había quedado sola en el mundo.Pero los vecinos me arroparon con cariño, y la familia Santos terminó por abrirme las
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