El mismo día que me tocó dar a luz, la alumna de mi esposo —embarazada y con el orgullo atravesado— decidió largarse sola a escalar la Cordillera de los Andes. Mientras él se la pasaba buscándola sin dormir, como un desesperado, yo estaba en el hospital, desangrándome en un parto complicado que me mandó directo a terapia intensiva. Cuando por fin abrí los ojos, lo primero que vi fue al médico entregándole a mi esposo el parte donde decía que mi vida estaba en riesgo... y él, en vez de acercarse a darme un poco de consuelo, me aventó en la cara los papeles del divorcio. —Camila es mi mejor estudiante —me soltó, serio—. No me voy a quedar de brazos cruzados viendo cómo hace semejante locura. Tú vas a ser mamá, te toca aguantar. En esa vida no firmé. Apenas salí de la sala de partos, me fui directo a la universidad a denunciarlo por la relación que tenía con su alumna. A ella la terminaron sacando del posgrado, y la presión fue tan fuerte que un día se cortó la garganta delante de mí. Cuando él llegó, ya no había nada que hacer: dos vidas se habían ido de golpe. Él no dijo una sola palabra, organizó el entierro y después me trató como si nada hubiera pasado. Yo, ingenua, pensé que por fin la vida iba a darme un respiro. Pero el día que nuestra hija cumplió un año, él le pisó al acelerador y el carro en el que íbamos se fue directo al precipicio. Ese mismo día... se cumplía un año de la muerte de su alumna. Cuando volví a abrir los ojos, estaba otra vez en la sala de partos, justo en el momento en que casi se me iba la vida.
Lihat lebih banyakPara ese entonces, yo ya había alcanzado logros importantes en Araluna.Con el paso de los años publiqué artículos con mi propio nombre y poco a poco empecé a hacerme un lugar en la comunidad académica.Llegaron los premios, las invitaciones para dar conferencias en distintas ciudades, y mi nombre empezó a sonar con respeto en los círculos científicos.Mientras tanto, Valeria había crecido lo suficiente para entrar al jardín de niños.Una tarde, como cualquier otra, Ernesto y yo fuimos a buscarla a la salida.Pero al llegar a la puerta del jardín, lo vimos: Alberto.Habían pasado tantos años que por un instante dudé si era él.Ernesto reaccionó enseguida: me colocó detrás de su hombro, junto con Valeria, y levantó la mano en un gesto claro de advertencia para que Alberto no intentara acercarse.Él se quedó quieto. Guardó la distancia y solo nos miró desde lejos, sin atreverse a dar un paso más.Tras un largo silencio, Alberto extendió un sobre hacia Ernesto.—No vengo a incomodarlos. S
En la grabación, tomada en la penumbra de una habitación de hospital, se veía a una mujer con bata de paciente entrando a escondidas.Muchos la reconocieron de inmediato: era la misma "influencer víctima" que llevaba semanas conmoviendo a todos.Camila se acercaba a la cuna, tomaba a mi hija en brazos y se dirigía hacia la ventana.En la cama, la mujer despertaba sobresaltada y se apresuraba a rogarle que devolviera a la bebé.Camila, en lugar de ceder, soltaba una carcajada mordaz:—¿De verdad crees que por darle una hija a Alberto vas a ganarte su amor? ¡Ni lo sueñes! Él me prometió que, en cuanto nazca mi hijo, va a dejarte para siempre y se va a casar conmigo.Las imágenes mostraban a una Camila dura, desbordada de arrogancia, totalmente distinta a la joven frágil que vendía lástima en las redes.Poco después, empezaron a circular también fotos íntimas de ella con Alberto, sin censura y de carácter explícito. El abogado defensor de Alberto se aferró a esas imágenes: argumentó que
Un año después de mi llegada a Araluna, Gustavo también se mudó allá.Él fue quien me trajo noticias de Alberto.Durante esos meses me había volcado por completo en mis experimentos, sin querer saber nada del mundo exterior. Y desde que le entregué a Gustavo todas las pruebas, no volví a tocar el tema.Me contó que, después de mi partida, en nuestro país estalló una ola de investigaciones a raíz del caso de Alberto. Con el tiempo, cada vez más estudiantes comenzaron a alzar la voz y a contar sus propias experiencias.Quedó al descubierto que el acoso sexual era un secreto a voces, un peso que muchas mujeres habían cargado en silencio durante años.En medio de ese movimiento, Camila apareció presentándose como una víctima más.Abrió una cuenta en redes y comenzó a contar su historia:"¡Él era mi profesor! Usaba mis calificaciones para obligarme. Si no me dejaba tocar por él, me amenazaba con expulsarme. No tuve opción...""Incluso me obligó a quedar embarazada."En los videos aparecía
Mientras tanto, ya había aterrizado en Araluna. Después de tantas horas de vuelo, mi hija se portó de maravilla: no lloró ni se quejó, y me dio un respiro enorme que agradecí con el alma.Al salir por la puerta de llegadas, saqué del sobre que me había dado Gustavo la tarjeta local y la coloqué en el celular.Allí, esperándome, estaban Milena y su hijo Ernesto.Ernesto me lleva ocho años y, desde la muerte de mis padres, fue quien más tiempo estuvo a mi lado, acompañándome en mis silencios y desvelos.Milena me acarició la cara, deteniéndose en la herida de mi frente.—Has pasado por tanto, mi niña... Si tus padres vieran esto desde arriba, se les partiría el alma —dijo bajito, con cariño.Crecí en la residencia del personal de la Academia, justo al lado de los Santos.Cuando tenía apenas cinco años, mis padres fallecieron en un accidente de investigación.Creí que me había quedado sola en el mundo.Pero los vecinos me arroparon con cariño, y la familia Santos terminó por abrirme las
Alberto iba manejando a toda prisa, con las palabras del rector dándole vueltas una y otra vez en la cabeza.¿Andrea en el extranjero? ¿Un proyecto internacional?Jamás se lo había mencionado.Llamó una y otra vez, pero nadie le respondía al otro lado.Cuando por fin llegó a la casa que habían compartido, tecleó sin pensarlo la antigua clave de la cerradura... y la pantalla solo devolvió un mensaje: error.Lo intentó de nuevo, con más fuerza. Error otra vez.Entonces lo recordó: hacía ya tiempo que la había cambiado por la fecha de cumpleaños suya y de Camila.Con las manos temblorosas, tecleó la clave y, por fin, la puerta se abrió.Adentro, todo parecía congelado en el tiempo, como si Andrea se hubiera marchado apenas ayer.En la sala aún quedaban huellas de aquella pelea: los restos del espejo desparramados en el suelo, manchados con gotas de sangre seca.—¡Andrea! ¡Andrea! —gritó, su voz rebotando contra las paredes vacías.No hubo respuesta.Desesperado, subió corriendo a la habit
Cuando Alberto salió del hospital ya caía la tarde. Estaba por subir al auto cuando le entró una llamada de la universidad: lo habían nombrado profesor titular.En esos cinco años, Andrea había tejido para él una red interminable de contactos. Antes de quedar embarazada siempre lo acompañaba a cenas y recepciones. A veces bebía más de la cuenta para abrirle camino y terminaba internada. Todo ese esfuerzo, todas esas relaciones que había cuidado una por una, tenían un solo fin: el día en que llegara la evaluación para profesor titular.Ahora, al fin, Alberto había alcanzado ese puesto.Manejó a toda prisa hasta la universidad, donde lo recibieron con abrazos y felicitaciones.Las palabras le entraban por un oído y le salían por el otro. En su cabeza no había lugar para nada más que Andrea.Quería verla, contarle la noticia.¿Y si al saberlo ella se animaba un poco?Tal vez esa era la oportunidad de hacer caso a los médicos y quedarse más tiempo con ella.Después de saludar a la mayoría
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