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Morí traicionada, renací para destruirlo

Morí traicionada, renací para destruirlo

Oleh:  Lágrima de PapelTamat
Bahasa: Spanish
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El mismo día que me tocó dar a luz, la alumna de mi esposo —embarazada y con el orgullo atravesado— decidió largarse sola a escalar la Cordillera de los Andes. Mientras él se la pasaba buscándola sin dormir, como un desesperado, yo estaba en el hospital, desangrándome en un parto complicado que me mandó directo a terapia intensiva. Cuando por fin abrí los ojos, lo primero que vi fue al médico entregándole a mi esposo el parte donde decía que mi vida estaba en riesgo... y él, en vez de acercarse a darme un poco de consuelo, me aventó en la cara los papeles del divorcio. —Camila es mi mejor estudiante —me soltó, serio—. No me voy a quedar de brazos cruzados viendo cómo hace semejante locura. Tú vas a ser mamá, te toca aguantar. En esa vida no firmé. Apenas salí de la sala de partos, me fui directo a la universidad a denunciarlo por la relación que tenía con su alumna. A ella la terminaron sacando del posgrado, y la presión fue tan fuerte que un día se cortó la garganta delante de mí. Cuando él llegó, ya no había nada que hacer: dos vidas se habían ido de golpe. Él no dijo una sola palabra, organizó el entierro y después me trató como si nada hubiera pasado. Yo, ingenua, pensé que por fin la vida iba a darme un respiro. Pero el día que nuestra hija cumplió un año, él le pisó al acelerador y el carro en el que íbamos se fue directo al precipicio. Ese mismo día... se cumplía un año de la muerte de su alumna. Cuando volví a abrir los ojos, estaba otra vez en la sala de partos, justo en el momento en que casi se me iba la vida.

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Bab 1

Capítulo 1

—¡Si no firmas, no vas a salir viva de aquí!

Seguí la voz y ahí estaba, frente a mí: sin importarle los intentos del médico por detenerlo, me arrancó el respirador y me gritó con rabia.

Esa mirada desquiciada era la misma con la que, en la otra vida, pisó el acelerador y me mandó directo a la muerte.

Una escena tan familiar... imposible de borrar de mi cabeza.

En aquella vida me aferré al orgullo hasta el último respiro.

Con las pocas fuerzas que me quedaban hice pedazos el acuerdo de divorcio.

Aguanté lo suficiente para salir de la sala de partos y denunciarlo en la universidad.

Y esa decisión fue la que me condenó a vivir arrepentida para siempre.

—Firmo —murmuré al fin.

Me incorporé con esfuerzo y tomé los papeles que Alberto me tendía.

Bajo su mirada desconfiada, garabateé mi firma temblorosa.

Me arrancó el documento de las manos, lo revisó una y otra vez y, con voz amenazante, me soltó:

—¡Andrea! Más te vale no hacer ninguna tontería. Por lo que fuimos, voy a mandar a alguien que te cuide en el posparto, yo me hago cargo de los gastos. Pero fuera de eso...

Me aventó el respirador encima.

—¡De mí no vas a sacar ni un centavo!

Y se fue con los papeles, sin mirar atrás.

Tenía veinticinco años cuando, contra el consejo de mi director, dejé el foro académico para casarme con Alberto, que en ese entonces no tenía ni un centavo.

Después de la boda, gracias a mis notas sobresalientes y mi talento excepcional conseguí un puesto en la universidad sin mayor dificultad.

En mis ratos libres llegué a publicar decenas de artículos con su nombre.

Durante cinco años de matrimonio lo recomendé como profesor asociado y lo ayudé a levantarlo todo, desde cero.

Tantos años a su lado, tanto que entregué... y al final lo único que recibí fue que me pagaran el posparto.

Al recordarlo, no pude evitar soltar una risa amarga.

Después de que él se fue, me trasladaron de terapia intensiva a una sala común. La enfermera me dejó a mi hija en brazos.

Cuando sentí su manita aferrada a mi dedo, entendí que esta vez yo misma iba a cambiar nuestro destino.

Esa noche, el viento azotaba las ventanas y no me dejaba pegar un ojo.

Estaba segura de haber cerrado todo. Y de pronto, un escalofrío me despertó de golpe.

Con el cuerpo dolorido me arrastré hasta la cuna... y estaba vacía.

Antes de dormirme, mi hija seguía allí, dormida como un ángel.

—¿Andrea, qué estás buscando?

Me volteé de inmediato hacia la ventana.

Había una mujer embarazada, con la bata del hospital, y en las manos llevaba algo, lista para sacarlo por la ventana.

La miré bien y sentí que el corazón se me iba al suelo: lo que tenía en las manos era mi hija.
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