Al otro lado.Casa de los Jiménez.Carolina había llegado anoche, pasada la medianoche.Terminó de recibir suero en el hospital después de las once, pero aún se sentía débil y mareada. Sin opción, con cara de sufrimiento, le pidió ayuda a Sebastián.Tenía fiebre.Le habían puesto una inyección, pero no bajaba mucho.Carolina durmió en una habitación de invitados, cubierta con una gruesa manta. Sudaba a mares, su rostro estaba rojo de manera alarmante, pero aún temblaba, con los labios pálidos.Por la mañana, Sebastián fue a verla.—¿Despierta?La cabeza de Carolina pesaba como plomo. Abrió los ojos confusamente.—¿Mm?—Me voy a trabajar. Hay empleadas en casa. Si es necesario, que te lleven al hospital —dijo Sebastián.Los párpados de Carolina pesaban demasiado.—Sí, tranquilo… no me moriré en tu casa.Sebastián guardó un silencio denso, cargado de exasperación.Él, con buena intención, le daba un consejo, ¿y ella qué tonterías decía?Si no quería, pues no.Sebastián se dio la vuelta y
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