—Señor Andrés —dijo Laia, en un intento por resistirse—, esto no es muy apropiado.—¿Qué tiene de inapropiado? Tómalo como una forma de pagarme, no querrás deberme un favor, ¿verdad?Al decir esto, Andrés caminó hacia el sofá y se recostó boca abajo. La curva de su espalda baja se hundió, creando una imagen que invitaba a dejar volar la imaginación.La actitud del hombre, dándolo todo por sentado y tan seguro de tenerla bajo su control, hizo que Laia se sintiera frustrada.Se quedó inmóvil en su lugar, con la mente trabajando a toda velocidad para encontrar una forma de escapar.Andrés esperó unos segundos sin sentir ningún movimiento y giró la cabeza para mirarla de reojo y decirle:—Tranquila, ya te dije que no te tocaré, y así será. Incluso si quisieras ser mi mujer, me parecería demasiado problemático.Al escuchar esas palabras, Laia por fin movió las piernas y se acercó a Andrés.Flexionó un poco las manos, respiró hondo, extendió los brazos y le presionó la espalda baja.—¡Ah!An
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