Se apresuró a seguir hablando. Sin importarle la dignidad, pronunció cada palabra con la voz tensa:—Camila, sé que ahora no soy nada, pero de verdad tengo claro lo que siento. ¡Sin ti, no puedo seguir viviendo! Te lo ruego, no me trates así, perdóname esta vez, ¿sí?En realidad, no fue Camila quien quiso detenerse, sino que Gabriel se detuvo de repente.Mientras todos los presentes fruncían el ceño, conmovidos por Alejandro, Camila ni siquiera prestó atención a lo que él decía.Solo notó que la mirada de Gabriel se desvió hacia el estante lateral.—Esta gelatina también es de un sabor nuevo.—Ah, es cierto.Gabriel tomó la gelatina con naturalidad, se la entregó a Camila y posó su tierna mirada sobre ella.—Camila, ¿qué hago entonces?—¿De qué hablas?La mirada de Camila parpadeó, creyendo que Gabriel seguía celoso.—Te gustan tanto los dulces que, si no te los terminas, seguro te acompañaré a comerlos. Cuando llegue ese momento, si engordo y dejo de gustarte, ¿qué hago entonces?La v
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