—¡Señor Sánchez!—¡Fue mi error! Fui un idiota, me lo merezco todo, soy una basura, debería morir... ¡se lo suplico!Mientras lo arrastraban, Javier, tal vez imaginando su destino, de pronto sacó fuerzas de donde no tenía.De algún modo, logró zafarse de los guardias que lo sujetaban. Se arrastró hacia mí como pudo, se desplomó de rodillas a mis pies y, entre mocos y lágrimas, comenzó a darse bofetadas con todas sus fuerzas.¡Paf! ¡Paf, paf!Javier no se guardó nada. En pocos golpes, ya tenía la boca ensangrentada y el labio partido.Con las heridas de ayer aún frescas, y estas nuevas, su aspecto era de una miseria absoluta.—¡Señor Sánchez, déjeme ir! ¡Se lo ruego!Pero ni aun así se atrevió a detenerse. Siguió abofeteándose la cara, presa del pánico.En ese momento, Pedro, ya impaciente, lanzó un grito helado: —¿En qué están? ¡Sáquenlo de aquí, que no le estorbe al señor Sánchez!Bajo la orden, los ocho hombres se abalanzaron para arrastrar a Javier.Él seguía llorando y gimiendo por
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