Llegado aquí, el señor Ruiz, el más vociferante, soltó una risa fría: —Si tienen valor, se hacen su propio camino.—Como no pueden, mejor calladitos. Si hay que aguantar, aguantas; si hay que tragar, tragas.Apenas terminó, el señor Ramírez, a su lado, asintió con arrogancia: —Tiene razón, señor Ruiz. Claridad total.—Marcos, no creas que el divorcio asusta a la señora Vega. Un hombre como tú, ninguna mujer exitosa le da una segunda mirada.—Te aconsejo que le pidas perdón a la señora Vega, y te resignes a ser un mantenido. Si no, cuando ella sí te deje, ni siquiera tendrás oportunidad de arrepentirte.Aparte de ellos, la señora Flores, la única mujer entre los tres, fue la más venenosa:—Marcos, acepto que tienes algo de atractivo. Pero no seas tan ingenuo de creer que con solo un rostro bonito mantendrás a una mujer exitosa.—Un hombre como tú, a mi lado, ni siquiera entraría en mi radar.—Hoy no faltan hombres guapos. Y entre tantos, los hay mucho más dóciles y comprensivos que tú.
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