En otros tiempos, Mercedes le habría dicho: “Niño tonto, soy la abuela de Olivia, ¿no soy tu abuela también?” En aquel entonces, aunque sabía que el matrimonio de esos dos tenía problemas, siempre pensó que el cariño se contagiaba. Creía que, tarde o temprano, Adrián se daría cuenta y que, si ella lo trataba con amor, él terminaría queriendo a Olivia de la misma forma. Pero ahora era obvio que Olivia no estaba bien. Aunque la chica intentara disimularlo, Mercedes la conocía mejor que nadie; la había criado con todo su amor, así que no podía engañarla. Por eso, ya no le nacía decirle esas palabras.La abuela suspiró, pero él interrumpió esas ideas mientras acomodaba los platos limpios en la alacena.—Abuelita, luego compramos un lavavajillas para instalarlo aquí.Salió de sus pensamientos y sonrió.—No te preocupes, hijo, no es necesaria tanta molestia.—No es ninguna molestia. Aunque después se mude con nosotros a la casa nueva, la remodelación va para largo —añadió—. Ya no tengo a mi
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