Pero aun así iba a hacerlo, para obligarme a ceder y agachar la cabeza.El celular vibró; era un nuevo mensaje de Héctor: “Si reconoces tu error ahora, todavía estás a tiempo.”No respondí, dejé el celular a un lado y me fui a alistar.A él se le había olvidado: el proyecto Victoria lo había impulsado yo sola, y el socio no reconocía a la empresa, solo a mí.***Después de alistarme, bajé a desayunar. Cuando regresé, descubrí que todas mis cosas habían sido tiradas fuera de la oficina.Mi vaso y los documentos estaban tirados por ahí, y el acuerdo de divorcio ya firmado lo habían rasgado en dos. Lo único que había sobrevivido era la foto de nuestra boda, colocada con cuidado en el balcón.Violeta, radiante, estaba sentada en mi asiento, con una sonrisa provocadora en la cara:—Ay, perdón, Georgina. Héctor me regaló esta oficina. A partir de ahora, tú te sentarás allá.Señaló, altiva, un cuartucho lleno de cachivaches junto al baño, con el techo goteando.No me molesté en contestarle y
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