Los ojos negros de Héctor permanecieron fijos en ella.Después de un momento de silencio, dijo con voz suave:—Está bien. Te haré caso.Aquella repentina muestra de debilidad dejó a Julieta desconcertada por un instante, pero no sabía si de verdad la había escuchado o si solo la estaba complaciendo de palabra.Mientras hablaba, extendió la mano para abrir la puerta del carro.—Si no tienes nada más, me voy.Héctor volvió a tomarla de la mano de pronto. Julieta volteó a mirarlo. Él extendió el brazo, se inclinó hacia ella y, con fuerza, la levantó en brazos.Julieta se sobresaltó.—¿Qué haces?Héctor la acomodó sobre sus piernas. Frente a su desconcierto, él se mostró especialmente tranquilo. La rodeó con ambos brazos, sujetándola con firmeza contra su pecho. Sus cejas y ojos atractivos llevaban una sonrisa, y su voz sonó baja, sensual.—Quiero abrazarte un rato.Héctor enterró el rostro en su cuello y respiró profundamente, como si codiciara el aroma de su cuerpo.Julieta se tensó
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