En los días que siguieron, Liliana no volvió a aparecerse por acá.En cambio, los que antes me habían acusado y me habían mirado feo, de vez en cuando me traían verduras que ellos mismos cultivaban; y cuando bajaba la marea, hasta me invitaban a ir con ellos a marisquear, a sacar mariscos y cositas del mar.Y así, sin prisa, la vida se fue acomodando.Casi sin darme cuenta, empecé a agarrarle cariño a esta isla y lo mío con Ignacio también se volvió cada vez más estable, más tranquilo, como si por fin estuviéramos aprendiendo a vivir juntos.Todo iba mejorando, pero aun así yo sentía algo raro, como si hubiera una piedrita en el zapato. No sabía qué, solo que por dentro me quedaba una incomodidad, una sensación rara.Hasta que un día, yo venía feliz, cargando una bolsa con mariscos recién recogidos, y al llegar a la casa vi a Ignacio afuera, caminando de un lado a otro con el ceño fruncido. Traía algo en la mano, y se le veía la urgencia en la cara.En cuanto me vio, se me vino encima
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