LOGINCuando renací, con los recuerdos de mi vida pasada bien presentes, lo primero que hice con mi prima Ofelia Pérez fue cambiarnos de novio. En mi vida pasada, Ofelia y yo nos casamos el mismo día. Ella, tan dulce y tranquilita, acabó casada con el comandante naval Ignacio Ramírez, frío y distante. Pero un día, Ignacio, por irse a celebrar el cumple de su amiga de la infancia, Liliana Flores, se le pasó su aniversario de bodas. Ofelia solo quería una explicación. Él, en cambio, soltó: —No tengo por qué sentirme culpable. Y desde ese día, se quedaron en la ley del hielo… por cincuenta años seguidos. Yo, con mi carácter explosivo, me casé con un contador de una fábrica de maquinaria, Fernando Aguilar. Él era calladito. Y aun así, todo el día me reclamaba que yo hablaba demasiado fuerte, que no sabía arreglarme, que no sabía "comportarme". Lo nuestro era pelear sin parar. No pasaban ni tres días sin un pleito… y a veces ni tres horas. Hasta que terminamos peleando tan feo que él mejor ni regresaba a casa. No llegamos ni al año de casados y ya estábamos divorciados. Y cuando volví a abrir los ojos, Ofelia y yo habíamos regresado al mismo día: el día de la boda…
View MoreNi siquiera alcancé a poner mi mejor cara cuando, desde la sala, me cayó un grito que parecía latigazo:—¡De rodillas!Hice puchero, pensando "bueno, lo que viene, viene", y ya iba a arrodillarme cuando Ignacio se me adelantó y se hincó primero. Frente a mi papá, mi mamá y mi abuelo, se puso serio, bien derechito, y habló con una sinceridad que hasta a mí me desarmó un poquito.—Fue mi culpa. Debí venir antes a explicar las cosas y a pedir perdón. Si quieren regañar o castigar a alguien, que sea a mí; no digo ni una palabra. Nada más que Beatriz está delicada, y su parte también la cargo yo.Mi abuelo seguía con el rostro duro, sin mostrar nada.Pero mi mamá ya estaba sonriendo tanto que hasta se le juntaron las arrugas, como si le hubieran servido el postre favorito. Si no fuera porque el abuelo estaba ahí, te juro que mi mamá ya habría ido a levantar a Ignacio y a sentarlo como si fuera rey.—No se enoje, abuelo —me apuré a decir—. Viene un bebé en camino; deme tantita oportunidad. Y
Apenas dijo eso, a Claudio se le fue la sangre de la cara. Empezó a sudar como loco, se le dibujó el pánico en la cara, y de inmediato se le fue encima a Liliana y la agarró del brazo, queriendo callarla a la fuerza.Desde donde yo estaba, vi clarito la mirada que le lanzó: pura amenaza, puro "cállate o te va a ir peor".—Ni se te ocurra decir tonterías —le soltó entre dientes—. No vas a venir a meterme en esto solo porque quieres ayudar a Ignacio y te conviene delatarme. Yo tengo esposa e hijos, ¿me oyes? Si tú te metes conmigo, ¿qué pasa con tu nombre? ¿Tu reputación? ¿Todavía te importa o ya no?Con eso, Liliana parpadeó, la cabeza le dio un vuelco, y cambió de rumbo en un segundo. Se le llenaron los ojos de lágrimas, giró la cara hacia Rafael y Ignacio, y se puso en modo víctima, con voz temblorosa.—Ignacio, perdón. Todo lo hice porque me dan celos que Beatriz haya logrado casarse contigo. Y lo de hace rato también fue porque ella se enojó por todos los recuerdos bonitos que tenem
Esta isla es chiquita, no hay mucha gente, y ellos dos ni siquiera parecían intentar esconderse; así que lo de Liliana y Claudio se corrió la voz rapidísimo.Pero ni Ignacio ni yo somos chismosos. Él se la pasaba metido en el cuartel, entre entrenamientos y misiones; y yo, la verdad, no quería quedarme toda la vida "de adorno", como si mi único trabajo fuera respirar.Lo hablé con Ignacio, movimos cosas y saqué adelante el plan de cooperación con el ejército.Mi idea era montar una planta de procesamiento de alimentos en la isla: usar el coco y los productos del mar como materia prima. Así el ejército tenía un ingreso extra, y los isleños también podían ganarse algo más, algo fijo, algo decente.Yo venía motivadísima, con el pecho inflado, lista para hacerlo en grande. Y justo al empezar, me cayó el primer golpe.Una tormenta, un tifón de esos que no perdonan, y por poco mi esfuerzo se me iba directo al fondo del mar.Cuando vi la fábrica hecha pedazos, con láminas dobladas, cosas tira
En los días que siguieron, Liliana no volvió a aparecerse por acá.En cambio, los que antes me habían acusado y me habían mirado feo, de vez en cuando me traían verduras que ellos mismos cultivaban; y cuando bajaba la marea, hasta me invitaban a ir con ellos a marisquear, a sacar mariscos y cositas del mar.Y así, sin prisa, la vida se fue acomodando.Casi sin darme cuenta, empecé a agarrarle cariño a esta isla y lo mío con Ignacio también se volvió cada vez más estable, más tranquilo, como si por fin estuviéramos aprendiendo a vivir juntos.Todo iba mejorando, pero aun así yo sentía algo raro, como si hubiera una piedrita en el zapato. No sabía qué, solo que por dentro me quedaba una incomodidad, una sensación rara.Hasta que un día, yo venía feliz, cargando una bolsa con mariscos recién recogidos, y al llegar a la casa vi a Ignacio afuera, caminando de un lado a otro con el ceño fruncido. Traía algo en la mano, y se le veía la urgencia en la cara.En cuanto me vio, se me vino encima












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